La teología de la liberación según Juan Pablo II

Llama a dar un impulso radical a la solidaridad tras el Jubileo

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CIUDAD DEL VATICANO, 10 enero 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II ha exigido que el Jubileo recién concluido no se quede en ritos vacíos, sino que sirva para que los cristianos den un nuevo impulso a su compromiso ineludible a favor de la justicia, que bien pude concretarse en gestos como el de la reducción de la deuda de países pobres.



El pontífice evocó las palabras más duras del Antiguo y del Nuevo Testamento, en su tradicional encuentro de los miércoles con los peregrinos, para dejar claro que Dios rechaza «un culto aislado de la vida, una liturgia separada de la justicia, una oración apartada del compromiso cotidiano, una fe desnuda de las obras».

La sala de las audiencias generales del Vaticano era testigo de que el año santo ha terminado. En la segunda audiencia general del año 2001, el número de los peregrinos había descendido de manera considerable --no había más que tres mil-- dando al encuentro un carácter de sencillez e intimidad.

La voz del Papa repasó así pasajes de elocuencia vibrante, como el del profeta Amós, quien muestra a Dios «apartando su mirada para no aceptar ritos, fiestas, ayunos, música, súplicas, cuando en las afueras del santuario se vende al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias y se pisotea, como su fuese polvo, la cabeza de los pobres».

El apóstol del cristianismo, Pablo, no era menos tajante, añadió el pontífice. «Frente a una comunidad lacerada por divisiones e injusticias, como la de Corinto, llega a exigir la suspensión de la participación en la Eucaristía, invitando a los cristianos a examinar antes su propia conciencia para no ser reos del cuerpo y de la sangre del Señor», recordó.

Ahora bien, «el compromiso por la justicia, la lucha contra toda opresión, la tutela de la dignidad de la persona no son para el cristiano expresiones de filantropía motivada únicamente por la pertenencia a la familia humana», añadió el Santo Padre. «Se trata, más bien, de decisiones y de actos que tienen un alma profundamente religiosa, son auténticos sacrificios en los que Dios se complace».

Y citó a uno de los padres de la Iglesia más sugestivos cuando preguntaba: «¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo?». San Juan Crisóstomo respondía: «No lo abandones si se encuentra desnudo. No le rindas honores aquí, en el templo, para después descuidarlo ahí afuera, donde sufre a causa del frío y la desnudez».

El obispo de Roma recordó que el Jubileo, desde sus orígenes bíblicos ilustrados en el Levítico, tenía a la justicia en el centro. Era el año de la liberación de los esclavos y de la restitución de las tierras expropiadas o perdidas.

«En las modernas coordinadas históricas –añadió-- el regreso a las tierras perdidas podría expresarse, como lo he propuesto en varias ocasiones, con la condonación total o al menos con la reducción de la deuda internacional de los países pobres».

Ésta es por tanto la «liberación» que propuso el pontífice al final del Jubileo. No es una liberación basada en la violencia ni en la lucha de clases, sino en la «solidaridad de los pobres entre sí, solidaridad con los pobres, a la que están llamados los ricos, solidaridad de los trabajadores con los trabajadores».

Pues, «en el ocaso de la vida de todo hombre y al final de la historia de la humanidad, el juicio de Dios será precisamente sobre el amor, sobre la práctica de la justicia, sobre la acogida de los pobres».

«Vivido así –concluyó Juan Pablo II--, el Jubileo que acaba de terminar, continuará produciendo abundantes frutos de justicia, de libertad y de amor».