La última homilía de Benedicto XVI aclaró más que miles de títulos de periódicos

Gratitud a todos: La Iglesia no es de nadie, pertenece a Cristo

Roma, (Zenit.org) H. Sergio Mora | 6174 hits

Ante la inmensa multitud reunida en la plaza de San Pedro, Benedicto XVI hizo una homilía en la que con la tranquilidad y dulzura que le caracteriza abordó diversos temas de espiritualidad y puntualizó también algunos conceptos. Útiles en vista de una serie de voces que medios de comunicación pusieron en circulación sobre presuntas intrigas y luchas de poder, como si el cónclave fuera algo similar a una campaña electoral.

Benedicto XVI en sus palabras agradeció diversos elementos positivos que tuvo en su pontificado: “Sobretodo a ustedes, queridos hermanos cardenales; vuestra sabiduría, vuestros consejos, vuestra amistad me han sido preciosos. Mis colaboradores a partir del secretario de Estado que me ha acompañado con fidelidad durante estos años, la Secretaría de Estado y la Curia Romana, como todos aquellos que en los varios sectores dan sus servicios a la Santa Sede”.

Agradeció también a los “tantos rostros que no aparecen, que se quedan en la sombra, pero justamente en el silencio, en la dedicación cotidiana, con espíritu de fe y humildad fueron para mi un apoyo seguro y confiable”.

Recordó a los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede, “que hace presente la gran familia de naciones”, dijo. Y a los periodistas “que trabajan para una buena comunicación, a quienes agradezco su importante servicio”.

Un pontificado en el que el papa afrontó diversos escándalos. “Existieron también momentos en los cuales las aguas estaban agitadas y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir. Pero siempre he sabido que en esa barca estaba el Señor y que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya y no la deja hundir. Es Él que la conduce, seguramente también a través de los hombres que ha elegido, porque así lo ha querido”. “Mi corazón está colmado de gratitud porque nunca ha faltado a la Iglesia su luz”.

Y añadió: “El Señor verdaderamente me ha guiado y ha estado cerca de mí. He podido percibir cotidianamente su presencia".

Y al ver la plaza de San Pedro llena de fieles entusiastas Benedicto XVI indicó: “Aquí se puede tocar con la mano lo que es la Iglesia --no una organización, no una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos”.

“Un papa no está solo –dijo-- cuando guía la barca de Pedro, incluso si es su primera responsabilidad. Yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino. El Señor me ha puesto al lado a tantas personas que con generosidad, y amor a Dios y a la Iglesia, me ayudaron y estuvieron cerca de mí”.

Dije antes que una gran cantidad de gente que ama el Señor, ama también al sucesor de san Pedro y tiene un alto aprecio por él; y que el papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas de todo el mundo”.

Sobre los motivos de la renuncia reiteró: "En estos últimos meses he sentido que mis fuerzas han disminuido, y he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me ilumine con su luz para hacerme tomar la decisión más justa, no para mi bien, sino para el bien de la Iglesia. He realizado este paso con plena conciencia de su gran gravedad y también novedad, pero también con una profunda serenidad de ánimo”.

“Amar a la Iglesia --concluyó sobre el tema- significa también tener el coraje de hacer elecciones difíciles, sufridas y poniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no a nosotros mismos”.

“No regreso a la vida privada –precisó-- ni a una vida de viajes, reuniones, recepciones, conferencias, etc. No abandono la cruz, sino que permanezco de un modo nuevo ante el Señor Crucificado. No llevo ya la potestad del oficio en el gobierno de la Iglesia, sino en el servicio de la oración”.

“¡Queridos amigos y amigas! Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, y especialmente en los tiempos difíciles. Nunca perdamos esta visión de fe, que es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo”.

E invitó a todos “a renovar la firme confianza en el Señor, a confiarse como niños en los brazos del Dios, con la seguridad de que aquellos brazos nos sostienen siempre y son lo que nos permite caminar cada día mismo cuando estamos cansados”.