La vida del cristiano es una vida vivida en Cristo

Reflexión sobre la Semana Santa del arzobispo de la Plata, Héctor Aguer

La Plata, (Zenit.org) Redacción | 1903 hits

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, Argentina, dedicó su reflexión televisiva semanal en el programa “Claves para un Mundo Mejor” (América TV), para compartir reflexiones explicativas del verdadero sentido de este momento religioso excepcional del año.

Publicamos a continuación la reflexión del arzobispo:

Estamos una vez más, como todos los años, en las puertas de la Semana Santa. ¿Qué vamos a celebrar en estos días? Me parece importante comprender que cuando hablamos de Semana Santa quizás estamos fragmentando una realidad que debe enfocarse con un sentido de unidad. 

¿Qué quiero decir con esto? Que la Semana Santa evoca los últimos días de la vida terrena del Señor, que culminan en su muerte en la Cruz y en su Resurrección. Pero quizás esa fragmentación, día por día –Lunes Santo, Martes Santo, Miércoles Santo, Jueves Santo, y así- quizás nos confunde acerca de cual es el objeto de esta celebración, a saber,  la Pascua del Señor. Entonces, tengamos en cuenta la unidad del misterio que vamos a celebrar, que ya se advierte en esta especie de prólogo, de proemio, de preludio que es el Domingo de Ramos.

En el Domingo de Ramos recordamos el ingreso triunfal de Jesús en Jerusalén, con la bendición de los ramos, la entrada solemne o la procesión, evocando aquel ingreso de Jesús, cuando fue aclamado como Mesías que venía a traer el Reino de Dios. Pero, en seguida, cambia el tono de la celebración porque la Misa es una Misa de la Pasión, en la que se lee completo el relato de la Pasión del Señor. Es el único domingo del año en que se proclama en el Evangelio la Pasión del Señor, que termina con la mención de su sepultura. 

Hay dos fases en el Domingo de Ramos: por un lado la gloria, que es una gloria, al parecer, inmadura, prematura, efímera. Tiene que pasar por la Cruz para hacerse verdadera gloria de Pascua. El Domingo de Ramos es una síntesis de toda la celebración del misterio pascual: por un lado la gloria que nos anticipa la gloria de Pascua. Por eso en la Edad Media a ese domingo se lo llamaba Pascua Florida, porque junto con los ramos se repartían flores y  en la  esperanza de la Pascua verdadera se celebraba esta anticipación pero luego viene la Misa de la Pasión que nos está recordando que a la gloria de la Resurrección, Cristo entró a través de la muerte y que ese es el camino que nos ha abierto a nosotros.

 Es también a través de las dificultades, de los trabajos, de los dolores, incluso a través de las posibles tragedias de esta vida como nosotros nos encaminamos a la felicidad verdadera, a compartir la gloria de Cristo.

Avanzando en la Semana Santa vemos que el núcleo de la celebración anual de la Pascua está en el triduo pascual, que empieza en la tarde del Jueves Santo. Todavía hasta la mañana del Jueves Santo podemos decir que estamos en tiempo de Cuaresma y recién a la tarde de ese día empieza el Triduo Pascual con el recuerdo de la Cena del Señor, la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio. 

La primera jornada del triduo pascual es el Viernes Santo, que está todo él centrado en la contemplación de la Cruz, en la muerte de Jesús en la Cruz y en el significado de salvación que tiene la Cruz para nosotros. De ser un sangriento patíbulo la cruz se ha convertido en el árbol de la vida, porque quien estuvo clavado allí, mediante ese sacrificio de su muerte, nos ha conquistado el perdón de los pecados y la vida eterna.

La segunda jornada del Triduo es muy misteriosa; es el Sábado Santo, un día en que, desde el punto de vista litúrgico reina un gran silencio, porque es el día en que Dios estuvo muerto. Notemos bien lo que estamos diciendo: Dios estuvo muerto. Si decimos que Dios se hizo hombre en Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre, podemos decir que Dios estuvo muerto en Jesús. Es el día del gran silencio, en que tenemos que acercarnos, en la medida en que lo podamos, a meditar en lo que Dios llegó a hacer por nosotros al enviar a su Hijo en carne mortal, asumir  la muerte humana para abrirnos camino, a través de la muerte hacia la gloria, hacia la Pascua, hacia la Resurrección.

Culminando el silencio del Sábado Santo, a la noche, entre el sábado y el domingo, porque tiene que ser una celebración nocturna, tenemos la Vigilia Pascual. Vigilia implica estar despiertos, quedarse alerta, estar esperando para celebrar la Resurrección del Señor, que ocurrió en la noche. En la noche brota la luz. El santo día de Pascua prolonga esa alegría que comienza en la noche pero se extiende en la jornada de ese domingo por excelencia, el día que hizo el Señor.

Esto es lo que celebramos en Semana Santa: la Pascua, el paso, el tránsito del Señor, a través de la muerte, hacia la vida. Él fue solo para llevarnos a nosotros consigo;  de allí viene la alegría Pascual: el hecho de que la vida del cristiano, a pesar de todas las dificultades, es una vida  vivida en Cristo Resucitado, de quien nos viene la gracia, la luz, la fortaleza para transformar las penalidades de esta vida y dar testimonio de Él, para trabajar sinceramente para mejorar este mundo.

Esta es la vocación del cristiano. Si bien cada vez que celebramos la Eucaristía , en la misa de todos los días estamos celebrando la Pascua, una vez al año, la representamos de esta manera, mediante esas celebraciones solemnes, para que sensiblemente este hecho, este acontecimiento fundamental de la historia de la humanidad nos impresione de tal manera que comprendamos mejor lo que significa ser cristiano, es decir existir en el Misterio Pascual del Señor, con todas las consecuencias que eso tiene sobre nuestra vida y sobre las de los demás.