La Virgen del Monte Carmelo y la familia cristiana

La presencia de Marí­a dentro del ámbito doméstico ofrece vida plena y fortalece los lazos familiares

Roma, (Zenit.org) Osvaldo Rinaldi | 923 hits

El 16 de julio la liturgia nos propone la meditación sobre la beata Virgen María del Monte Carmelo. Una devoción muy sentida en la orden de los carmelitas, que asume un valor salvífico para la Iglesia universal.

El Monte Carmelo es un lugar del que se habla en el Antiguo Testamento, y en particular en el  Libro Primero de los Reyes, cuando el profeta Elías vence el desafío contra los sacerdotes de Baal, manifestando la grandeza de Dios respecto a las divinidades paganas veneradas en esos lugares. La tradición cuenta que a esas tierras se trasladó una comunidad monástica cristiana, que se hacía llamar herederos de los discípulos del profeta Elías y que seguía la regla de san Basilio.

En 1154 se produjo un punto de inflexión cuando el noble francés Bertoldo, junto con su primo, el patriarca de Antioquia, Aimerio de Limoges, decide reunir a los monjes en vida cenobítica y edificó una iglesia en medio de sus celdas, dedicándola a la Virgen María. A esta comunidad constituida así, se decidió darle el nombre de Hermanos de Santa María del Monte Carmelo. La difusión de esta orden tiene lugar en 1235, cuando los frailes, a causa de la invasión de los sarracenos, tuvieron que dejar esos terrenos de Tierra Santa para establecerse en Europa.

El 16 de julio de 1251, la Virgen María con el niño entre sus brazos y rodeada de ángeles se aparece al primer padre general de la orden, el beato Simone Stock, a quien dio el escapulario con la promesa de la salvación del infierno para aquellos que lo llevaran y la liberación de las penas del Purgatorio el sábado siguiente a su muerte.

Esta devoción asume un valor salvífico también en nuestro tiempo, porque llama a toda la Iglesia a un sincero y constante camino de conversión y de purificación. Y en particular, la familia cristiana es invitada a tomar ejemplo de vida de estas comunidades cristianas que vivían bajo la mirada y la protección de María.

La Virgen María tiene su predilección en habitar en las familias, que es el lugar privilegiado de su misión de madre y hermana en la fe en Cristo Jesús. Hoy asistimos al triste fenómeno de las familias que parecen incapaces de mantener a salvo sus lazos: maridos y mujeres que se separan, hijos rebeldes contra padres demasiado laxos en la educación, madres y padres ausentes de la vida familiar afectados por una profunda insatisfacción sobre el sentido de la vida. Todas estas situaciones tienen origen en el alejamiento de la vida de fe. Una unión profunda con Dios refuerza los lazos familiares y hace firmes las relaciones entre padres e hijos.

María llama silenciosamente a la puerta de la casa de cada familia porque quiere llevar esa vida plena que ha recibido de su Hijo. María es aquella que quiere ser invocada para donar la gracia de la unidad y de la armonía a todas las familias del mundo.

María es aquella que, si es invitada en nuestra casa a través de la oración familiar, intercede a nuestro favor también sin pedirle nada, porque Ella, como madre, examina el corazón de cada hijo y no necesita de nuestras palabras para intervenir en nuestra ayuda.

María es aquella que delante del desaliento y la desesperación que surgen por la falta de trabajo, por las dificultades de transmitir la fe a los hijos, por las continuas incomprensiones entre marido y mujer, dona su consolación materna para aliviar todas las fatigas y las preocupaciones del vivir cotidiano.

María quiere transformar nuestras familias en un jardín (la palabra Carmelo significa precisamente jardín) para respirar en nuestras relaciones domésticas ese aire de pureza del compartir, para contemplar la belleza de los frutos de vida cristiana surgidos en cada miembro de la familia, para disfrutar los brotes de virtudes maduradas en las relaciones entre padres e hijos.

María desea transplantar el espíritu de la vida cenobítica dentro de la familia cristiana. Es verdad, los monjes tienen más tiempo para rezar, a diferencia de los padres que están atareados con el trabajo y de los hijos dedicados a los compromisos escolares. Encontrar espacios para rezar juntos, contarse la experiencia vivida durante el día a la luz de la Palabra de Dios, dedicar tiempo y energía al miembro de la familia que más necesita de nuestra ayuda, son los rasgos esenciales de la comunidad cristiana. Y María, del alto de su ser Reina del cielo junto a su Hijo, permanece siempre cercana a la familia para continuar su incansable e interminable trabajo de Madre que quiere llevar a cada hijo hasta Jesús. María, llevando a todos hacia su Hijo, crea unidad, desata los nudos de nuestra incredulidad y conforta los corazones de aquellos que han perdido la alegría de vivir la familia como vocación a la santidad.

La beata Virgen María del Monte Carmelo invita a todas las familias a poner sobre sus hombros el escapulario de la confianza y de la esperanza, un escapulario tejido con sentimientos de misericordia y de alegría, para reconocer en cada miembro de la familia  un don de Dios, a condición de acogerlo con los mismos sentimientos que animan los lazos de amor entre María y Jesús. Solo así ese escapulario no es solo algo para llevar, sino que se convierte en una gracia de amor para pedir y un compromiso de fidelidad para vivir.