La visión del amor de Benedicto XVI

Algunas reflexiones sobre «Deus Caritas Est»

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ROMA, sábado, 24 junio 2006 (ZENIT.org).- Las muchas facetas de la caridad cristiana están siendo explorado en una serie de artículos en el periódico semioficial del Vaticano, L’Osservatore Romano. Esta serie consiste en reflexiones sobre la encíclica de Benedicto XVI, «Deus Caritas Est».



El cardenal Renato Martino, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, abrió la serie el 10 de mayo. «La verdad une a las personas porque las libera de opiniones individuales», escribía. «El amor une a los hombres porque les hace superar los egoísmos individuales». El cristianismo anuncia que «la Verdad es el Amor», añadía el cardenal.

Esto lleva a la conclusión de que el cristianismo es la religión de la comunidad, y de la unidad de la raza humana. Éste, afirmaba el cardenal Martino, es el mensaje central de la encíclica.

Al aceptar el mensaje de que Dios es amor, las personas tienen una base común sobre la que construir para superar las diferencias y salir de sí mismos. El amor de Dios no sólo nos revela nuestra propia dignidad, escribía el cardenal, sino que también nos ayuda a comprender que otros poseen la misma dignidad.

«La sociedad humana», indicaba el cardenal, «no nace de la ‘lucha mutua por el reconocimiento’, sino de la experiencia de ser amados, que nos permite amar a los demás».

La caridad, de hecho, es la principal aportación que la Iglesia hace a la comunidad humana, afirmaba el cardenal. El matrimonio y la familia, las relaciones entre naciones y la lucha contra la pobreza son sólo algunas de las áreas que ilumina la caridad.

Valor clave
El 13 de mayo, Mons. Giampaolo Crepaldi, secretario del Pontificio Consejo Justicia y Paz, exploraba las relaciones entre la doctrina social de la Iglesia y la caridad. Es de suma importancia, observaba, que la primera encíclica social, «Rerum Novarum», terminara con un himno a la caridad.

Según Mons. Crepaldi, toda la doctrina social de la Iglesia «puede y debe verse como la expresión del amor cristiano». Esto es verdad incluso para toda la moralidad cristiana, que tienen su centro en la caridad. En este sentido, explicaba, se debería concebir la caridad no sólo como un añadido, sino más bien como algo que impregna el conjunto de la vida cristiana.

La caridad también tiene un importante papel que jugar en relación con la justicia. La caridad no suplanta a la justicia, sino que la pule. «El amor», comentaba el secretario del pontificio consejo, «no se yuxtapone a la justicia, sino que hace que respire mejor y, al hacerlo, permite a la justicia ser ella misma sin incurrir en el riesgo de suplantarla».

El 24 de mayo tomó el relevo en los comentarios a la encíclica uno de los obispos auxiliares de Roma, Mons. Rino Fisichella. La verdad del amor cristiano, sostenía, es un desafío a la actual tendencia hacia el relativismo.

Benedicto XVI observa en su encíclica que el amor de Dios por nosotros nos presenta cuestiones fundamentales sobre quién es Él y quienes somos nosotros, escribía Mons. Fisichella. La sociedad moderna, sin embargo, corre el riesgo de equivocarse sobre la naturaleza del amor, con graves consecuencias sobre la forma de llevar nuestras vidas. Uno de los riesgos es reducir el amor sólo a su nivel emotivo. Pero el amor, apunta la encíclica, no sólo consiste en sentimientos, que van y vienen.

Otro error es considerar el amor sólo como una pasión – eros. Con esta postura, el amor se convierte en un escape del ejercicio de la responsabilidad y se hunde al nivel de los instintos. El amor contiene elementos de sentimientos y de pasión, explicaba Mons. Fisichella, pero esto son sólo parte de una etapa inicial.

El error del relativismo
Tras estos dos conceptos equivocados de amor subyace un error aún más insidioso: el relativismo. Esta actitud se suele ocultar bajo la forma de expresar respeto por los demás, con términos como «tolerancia», «diálogo» y «libertad». El relativismo, de hecho, puede mimar el mismo concepto de verdad. En lugar de ayudar a quien lo propone a alcanzar una comprensión coherente de sí mismo y del mundo, lo deja en un continuo estado de duda.

Aunque no trata explícitamente el tema del relativismo, «Deus Caritas Est» argumenta en contra de los errores contenido en dicha ideología, comentaba Mons. Fisichella. La encíclica afirma la unidad de la persona humana, por ejemplo, una unidad de cuerpo y espíritu que no reduce el amor a una mera expresión física.

El cristianismo también revela otra dimensión del amor, en el sacrificio de Cristo en la cruz. En este acto el amor se convierte en la expresión de la libertad de dar la vida unos por otros. La libertad, por tanto, no es el resultado de algún derecho que busca imponerse sobre los demás y sobre la sociedad. Por el contrario, la libertad sólo alcanza su plena realización cuando renuncia a sus propios derechos, y da expresión al ofrecimiento de amor frente a las necesidades de los demás.

Pero sólo es posible esta donación hecha en amor si evitamos caer en el error del egoísmo, observaba Mons. Fisichella. Y podemos evitar el egoísmo desde el momento en que comprendemos la verdad sobre nosotros mismos y sobre los demás.

La plaza pública
Volviendo a la cuestión de las relaciones de la Iglesia con el orden político, el cardenal Angelo Scola reflexionaba sobre el papel de la caridad en la construcción de un orden social justo. En su comentario publicado el 7 de junio, el Patriarca de Venecia indicaba que los países desarrollados pueden sufrir la tentación de pensar que pueden construir organizaciones y sistemas de gobierno tan perfectos que las personas no necesiten preocuparse ya de su propia moralidad personal.

Sin embargo, el Papa advierte en su encíclica que «no hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor» (No. 28). La política, siendo una actividad humana, necesita purificarse por medio de un encuentro con Cristo. De ahí que la Iglesia tenga un papel que jugar al mantener una actividad política, pero sin intentar ocupar el lugar del estado.

Este papel se revela de diversas formas: a través de la enseñanza; a través del trabajo y el ejemplo de los cristianos en sus vidas diarias; y a través de las organizaciones de caridad de la Iglesia.

Mons. Paul Cordes, presidente del Pontificio Consejo «Cor Unum» explicaba, en un artículo publicado el 14 de junio, que la caridad también tiene su parte en la tarea de la evangelización.

La contemplación de las implicaciones del hecho de que «Dios es amor» nos lleva al corazón de nuestra fe, y nos revela la verdad y la belleza del Todopoderoso, comentaba Mons. Cordes. A este punto, no podemos escapar de la necesidad de comunicar el mensaje divino a los demás. Y el contenido de este mensaje convierte al mensajero en un apóstol.

Todos los cristianos, observaba Mons. Cordes, tienen la obligación de ayudar a los demás y de propagar el mensaje evangélico. Y aunque es vital ofrecer ayuda material, la mayor necesidad que tiene la humanidad es espiritual. Las raíces más profundas de la miseria y el sufrimiento residen en nuestra separación de Dios y en la necesidad que tenemos de ser perdonados y de ser amados.

Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a dar testimonio del amor que Jesús tiene por cada uno, comentaba Mons. Cordes. De esta forma, toda labor de caridad trae consigo un mensaje de fe. De hecho, la fe no puede permanecer sin ser transmitida en buenas obras. La fe es el cimiento de los actos de caridad.