La vocación de todo hombre y mujer, alabar a Dios; según el Papa

Incluso cuando no ha descubierto la revelación, aclara

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CIUDAD DEL VATICANO, 9 octubre 2002 (ZENIT.org).- La vida de todo hombre y mujer, incluso cuando no ha descubierto la revelación, tiene por vocación convertirse en una alabanza a Dios, afirmó Juan Pablo II este miércoles al encontrarse con unos 16 mil peregrinos de 26 países.



El pontífice dedicó la audiencia general número 36 de este año, celebrada en la plaza de San Pedro del Vaticano, a meditar en el Salmo 66, un canto de acción de gracias, «breve y esencial», que interpela a toda la humanidad, a pesar de que fue escrito en la época sucesiva al destierro del pueblo de Israel en Babilonia (después del año 538 a.c.).

El cántico invita a todas las naciones «a asociarse a la alabanza que Israel eleva en el templo de Sión» y repite por ello la antífona que le hace famoso: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben».

Continuando con la serie de reflexiones sobre los cánticos del Antiguo Testamento comenzada el año pasado, el pontífice explicó que «Incluso los que no pertenecen a la comunidad escogida por Dios reciben de Él una vocación: están llamados a conocer el "camino" revelado a Israel».

«El "camino" es el plan divino de salvación, el reino de luz y de paz, en cuya actuación quedan asociados también los paganos, a quienes se les invita a escuchar la voz de Yahvé», explicó el Papa citando el pasaje bíblico.

Este es el mayor bien al que puede aspirar todo hombre y mujer la bendición de Dios, aclaró.

Un deseo que, como recordó el mismo obispo de Roma, quedó magistralmente recogido en la famosa bendición enseñada, en nombre de Dios, por Moisés y Aarón: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 24-26).

Según el Salmista, aclaró el Santo Padre, «esta bendición sobre Israel será como una semilla de gracia y de salvación que será enterrada en el mundo entero y en la historia, dispuesta a germinar y a convertirse en un árbol frondoso».

Esta promesa de bendición, concluyó el Papa, citando a pensadores de los primeros siglos de la Iglsia, encontró su culminación en Cristo.