Laico en el tercer milenio: en primera fila del testimonio

Intervención de Guzmán Carriquiry en el Congreso del laicado católico

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ROMA, 30 nov (ZENIT.org).- «¿Cómo serán los laicos del tercer milenio?». Esta es la pregunta a la que ha respondido Guzmán Carriquiry, subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos, al intervenir en la jornada conclusiva del Congreso mundial del laicado católico.



Carriquiry, que es precisamente un laico con un cargo de alta responsabilidad en la Santa Sede, refería una generalización histórica que en ocasiones se escucha en ambientes católicos. Esta tesis distinguiría entre «Un primer milenio predominantemente monacal, un segundo milenio sobre todo clerical y un tercer milenio tendencialmente laical». «¡Sugestivo pero totalmente excesivo», responde Carriquiry quien rechazó como método la idea de soñar despierto.

Su ponencia se convirtió, de este modo, en un análisis de las premisas que permiten entrever la manera en que tendrá lugar el testimonio cristiano en el tercer milenio.

Constató, ante todo, que hemos entrado en una nueva era post-industrial, «era de la información». En esta encrucijada el Jubileo constituye, sin duda, un momento «providencial de testimonio y anuncio del Verbo que se hizo carne 2000 años ha».

La radiografía del laicado católico trazada por este intelectual uruguayo fue también muy realista. Por una parte, los laicos constituyen más del 95% del pueblo de Dios, más de mil millones de personas que constituyen el 17% de la población mundial. Ahora bien, con un «generoso promedio» del 10% de cumplimiento de la misa dominical.

En este contexto, en el que «el bautismo ha quedado sepultado por una capa de olvido», el futuro de los laicos, «no puede ser el de una minoría "asimilada" y por eso insignificante, sino portadora de la sal y la luz del mundo en vasijas de barro».

Sumergido en una «cultura mundana», el cristianismo corre el riesgo de ser confinado en «tres modalidades de reducción». La concepción del cristianismo como simple «preferencia religiosa irracional, confinada entre las muy variadas e intercambiables ofertas "espirituales" que abundan en los escaparates de la sociedad de consumo y del espectáculo».

En segundo lugar, la reducción «selectivamente moralista, como si el cristianismo fuese sólo símbolo de compasión por los semejantes o un edificante voluntariado social».

Y, por último, la reducción «clerical», «preocupada sobre todo por el poder, en que agendas y estilos eclesiásticos quedan modelados por la presión mediática».

Para superar estas visiones parciales del cristianismo, los laicos tendrán que vivir «apasionadamente en el mundo, sin ser del mundo, dentro de un mundo regido por un universalismo del poder, por un imperio que no parece tener una capital ni responsables visibles, pero que determina profundamente la vida de las personas y de los pueblos», «creando zonas de bienestar y de hambre, de paz y de guerra, de vida y muerte».

La respuesta está, por tanto, en que el laico sea lo que es, «christifideles» (fiel a Cristo). En otras palabras, que viva su propio bautismo.

Ha dos grandes motivos de esperanza, «la presencia del mismo Jesús» y la convicción de que «el corazón del hombre está hecho para la verdad, para la justicia, para la felicidad, para la belleza». Una experiencia confirmada «por los dos millones de jóvenes Tor Vergata», que «piden, anhelan, esperan mucho más». Y esa respuesta a su búsqueda es Jesucristo.

Conscientes de esta verdad, Carriquiry considera que los laicos católicos deben «abrir caminos alEvangelio en todas las fronteras del mundo, dilatando la caridad en la "polis", anunciando y realizando la buena nueva de dignidad de la persona humana, inculturando ese Evangelio como "fuerza de libertad y mensaje de liberación"».

«Estaremos en primera fila en la custodia de la vida, dignidad y libertad de la persona, allí donde está amenazada a ser tratada como "partícula de la naturaleza" o "elemento anónimo de la ciudad humana», añadió. Un compromiso que no puede tolerar «indiferencia alguna ante situaciones de injusticia, de violencia y de miseria que sufren crecientes sectores humanos».

En conclusión, Carriquiry reconoce que «no hay recetas fáciles», pero Cristo es la «piedra angular para toda construcción auténticamente humana». Esta es «la esperanza en el tercer milenio»