Las «armas» del cristiano, según el Papa: la oración, el ayuno y la penitencia

En la misa del rito de imposición de las cenizas

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ROMA, miércoles, 1 marzo 2006 (ZENIT.org).- La oración, el ayuno y la penitencia son las armas del cristiano contra el odio, explicó Benedicto XVI en la tarde de este miércoles de inicio de Cuaresma, durante la celebración eucarística con la que se celebró el rito de imposición de las cenizas.



La Cuaresma, dijo, nos recuerda «que la existencia cristiana es un combate sin pausa, en el que se utilizan las “armas” de la oración, del ayuno y de la penitencia».

«Luchar contra el mal, contra toda forma de egoísmo y de odio, y morir a sí mismos para vivir en Dios es el camino ascético que todo discípulo de Cristo está llamado a recorrer con humildad y paciencia, con generosidad y perseverancia», explicó el Papa durante la homilía.

Como es tradición, la misa vespertina del Miércoles de Ceniza tuvo lugar en la Basílica de Santa Sabina, en el monte Aventino de Roma, con la participación de cardenales, arzobispos y obispos, monjes benedictinos, padres dominicos, y fieles.

Poco antes, en la cercana iglesia de San Anselmo, había tenido lugar un momento de oración, tras el cual tuvo lugar la procesión penitencial hasta Santa Sabina.

El cardenal Jozef Tomko, prefecto emérito de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, impuso la ceniza a Benedicto XVI y luego el Papa lo hizo a los presentes.

«El dócil seguimiento del divino Maestro hace a los cristianos testigos y apóstoles de paz --añadió el pontífice en la homilía --. Podemos decir que esta actitud interior nos ayuda a subrayar mejor también cuál debe ser la respuesta cristiana a la violencia que amenaza a la paz en el mundo».

«No es ciertamente la venganza, el odio, y menos aún la fuga en un falso espiritualismo --continuó diciendo--. La respuesta de quien sigue a Cristo es más bien la de recorrer el camino que escogió Aquél que, ante los males de su tiempo y de todos los tiempos, abrazó con decisión la Cruz, siguiendo la senda más largo pero eficaz del amor».

«Siguiendo sus huellas y unidos a Él, todos tenemos que comprometernos por oponernos al mal con el bien, a la mentira con la verdad, al odio con el amor», indicó.

Por eso, confesó, «en la encíclica “Deus caritas est” he querido presentar este amor como el secreto de nuestra conversión personal y eclesial».

El amor, reconoció, «debe traducirse después en gestos concretos hacia el prójimo, en especial hacia los pobres y necesitados».

«El amor concreto es uno de los elementos esenciales de la vida de los cristianos, a quienes Jesús alienta a ser luz del mundo para que los hombres, viendo sus “buenas obras” den gloria a Dios», concluyó.