Las ciencias no pueden prescindir de la trascendencia, afirma el Papa

Al visitar la Universidad Pontificia Gregoriana

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ROMA, viernes, 3 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Las ciencias, en particular las ciencias humanas, no pueden prescindir de la trascendencia, afirmó Benedicto XVI este viernes al visitar la Universidad Pontificia Gregoriana.



La aportación de la apertura a Dios constituye precisamente en el desafío que deben afrontar en estos momentos las universidades católicas, añadió en la sede de esta institución encomendada por los papas a la Compañía de Jesús.

«hoy hay que tener en cuenta el desafío de la cultura secular, que en muchas partes del mondo tiende cada vez más, no sólo a negar cada signo de la presencia de Dios en la vida de la sociedad y de la persona, sino que con diversos medios, que desorientan y ofuscan la recta conciencia del ser humano, trata de corroer su capacidad de escuchar a Dios», afirmó en su discurso.

Por este motivo, «tampoco se puede prescindir de la relación con las otras religiones, que sólo se revela constructivo si se evita toda ambigüedad que debilite el contenido esencial de la fe cristiana en Cristo único Salvador de todos los hombres y en la Iglesia, sacramento necesario de salvación para toda la humanidad».

De este modo, el obispo de Roma subrayó la importancia de la enseñanza de las ciencias humanas, «porque, dado que conciernen al ser humano, no pueden prescindir de la referencia a Dios».

«El hombre, tanto en su interioridad como en su exterioridad, no puede ser plenamente comprendido si no se le reconoce abierto a la trascendencia».

«Privado de su referencia a Dios, el ser humano no puede responder a los interrogantes fundamentales que agitan y agitarán siempre su corazón en lo concerniente al fin, y por tanto, al sentido de su existencia», reconoció.

«En consecuencia, ni siquiera es posible incorporar en la sociedad aquellos valores éticos que por sí solos pueden permitir una convivencia digna del ser humano», denunció.

«El destino del ser humano sin su referencia a Dios no puede ser sino la desolación de la angustia que conduce a la desesperación», añadió.

«Solo si se hace referencia al Dios-Amor, que se ha revelado en Jesucristo, el ser humano puede encontrar el sentido de su existencia y vivir en la esperanza, a pesar de la experiencia de los males que hieren su existencia personal y la sociedad en la que vive».

«La esperanza ayuda a que el hombre no se cierre en un nihilismo paralizador y estéril, sino que se abra al compromiso generoso en la sociedad en que vive para poderla mejorar», concluyó.