Las opiniones personales no caben en las homilías: es la Iglesia que enseña

Entrevista al profesor Salvatore Vitiello, de la Universidad del Sacro Cuore de Roma

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ROMA, viernes 17 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Las homilías deberían hablar de la vida y no de lo que piensa el sacerdote, porque “los fieles tienen derecho, participando en la Santa Misa, a escuchar lo que la Iglesia enseña, no lo que un sacerdote piensa o cree acertado en un momento determinado”.

En consecuencia, las opiniones personales no deberían nunca ser objeto de predicación pública, porque así se haría una 'instrumentalización de la homilía'”. Es una de las afirmaciones del profesor Salvatore Vitiello, entrevistado por ZENIT con ocasión del Sínodo sobre la Palabra, que ha afrontado también la problemática ligada a las homilías.

Vitiello es profesor de Teología Sacramental en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Turín, y de Introducción a la Teología en la Universidad Católica del “Sacro Cuore” de Roma.

--El Sínodo está preocupado por las homilías: a veces con pobres y pueden inducir a los fieles a buscar “más sustancia” en las sectas. ¿Qué soluciones pueden darse?

--Vitiello: Ante todo, yo no generalizaría afirmando que las homilías son “pobres”. Hay muchísimos ejemplos de grandes predicadores, realmente capaces de transmitir, con eficacia y auténtico espesor espiritual, el Evangelio de Nuestro Señor. Ciertamente, el problema existe y tiene una doble raíz: en el auditorio y en el predicador.

Es necesario, en el primer caso, tener presente que la comunicación, en las últimas décadas, ha cambiado mucho, trayendo consigo no solo nuevas costumbres, sino auténticos cambios antropológicos, cuyos efectos se verán en un futuro próximo.

La posibilidad de comunicar, en cualquier lugar e instante, con quien se quiera, la velocidad y rapidez de la comunicación, la introducción de los más modernos medios, no por último internet, constituyen, quizás más que la televisión, una verdadera y auténtica “revolución”. En consecuencias, no siempre se está preparado para escuchar una homilía que, en realidad, se configura como un discurso, una narración, que prevé, para ser comprendida, el entrenamiento para un tipo de comunicación hoy no tan habitual.

Ciertamente, mucho, diría muchísimo, depende del predicador. Los sacerdotes son conscientes de no ser “francotiradores”, sino de ejercer el propio oficio sacerdotal por un mandato explícito de Cristo, a través de la Iglesia. Sigue de ahñi que, también la predicación, que es uno de los más insignes servicios ministeriales, deba obedecer a este criterio.

En la homilía, que no por casualidad está reservada a los ministros sagrados, y no puede ser pronunciada por fieles laicos, se ejercita, de modo particular, lo que la Iglesia llama el “munus docendi”, el deber de enseñar. ¿Enseñar qué? ¿Enseñar cómo?

La respuesta a la primera pregunta es muy simple: nada que no sea la pura doctrina de la Iglesia. Los fieles tienen el derecho, participando en la Santa Misa, de escuchar lo que la Iglesia enseña, no lo que un sacerdote, en cierto momento, piensa o cree justo. Las opiniones personales no deberían ser nunca objeto de predicación pública, porque se produciría así una instrumentalización de la homilía.

Partiendo del explícito Kerygma cristiano: Jesús de Nazaret es el Señor Resucitado, Dios hecho hombre por nosotros y nuestra salvación, es necesario saber presentar de forma orgánica, progresiva y tendencialmente completa, todas las verdades de la fe. Es impensable que se predique exclusivamente, por ejemplo, sobre el amor, sin mencionar nunca la verdad y la justicia; o que las homilías sufran una “deriva moralista” insostenible, nunca oportunamente subrogada a las razones sobrenaturales por las que vale la pena comportarse de una forma en lugar que de otra.

El punto quizás más delicado es “cómo” predicar y enseñar. Creo que el primer factor es la fe y la convicción profunda, nutrida por la oración y la preparación, del mismo predicador. El pueblo santo de Dios tiene un “sexto sentido”, un “sensus fidei” (sentido de la fe), en base al cual reconoce inmediatamente si los sacerdotes hablamos de cosas de las que creemos y tenemos experiencia, o más bien no.

Es también fundamental aprender a suscitar las preguntas últimas en el corazón de los hombres. Es completamente inutil dar respuestas, aunque sean dogmáticamente correctas o moralmente justas, si en el corazón no se ha suscitado una pregunta, un deseo. La pregunta y el deseo se suscitan a través de un encuentro personal (como confirma el Papa en la encíclica Deus caritas est, n. 1), que despierte en el corazón lo que parecía dormido.

Si la homilía habla de “cosas que tienen que ver con la vida”, y da respuestas a las preguntas fundamentales de la existencia de cada uno, ¡ya no será aburrida! Como mucho podrá ser discutida o no compartida, pero no será aburrida.

Es absolutamente necesario salir, también en lo que respecta a la predicación, del “túnel del relativismo”, de esa dictadura que impide anunciar la diferencia entre verdad y falsedad, bien y mal, pecado y virtud.

--Muchos jóvenes no conocen la Sagrada Escritura. ¿Hay formas de corregir esta laguna?

--Vitiello: Si una persona, jóven o adulta, no sabe algo es porque no ha encontrado aún a alguien que le haga interesarse: alguien capaz de despertar en él el interés por esa realidad. La Biblia no se sustrae a este criterio. Quien no se ha encontrado con Cristo, vivo y presente en su Cuerpo que es la Iglesia, que son los cristianos, los que hoy peretenecen al Señor, difícilmente podrá interesarse, de manera correcta, en la Sagrada Escritura.

Existe, en este sentido, también un grave problema cultural: si se quita del patrimonio común, incluso más elemental, la referencia al Antiguo y al Nuevo Testamento, no se comprende casi nada de la historia de la humanidad.

Tanto desde el punto de vista artístico (pictórico, escultórico, musical o arquitectónico), sea en cuanto a la estructuración jurídica y moral de la sociedad misma, si no hay un conocimiento mínimo de las Sagradas Escrituras judeocristianas, la mayor parte de los datos queda completamente indescifrable.

Los medios para esta “operación cultural” son muchos y deberían interesar sobre todo a la instrucción, la difusión de la cultura bíblica con todos los medios, incluido internet, quizás no dejando el monopolio de estas informaciones a sitios poco y mal informados, y frecuentados superficialmente.

Otra cosa es, en cambio, el acercamiento existencial al texto Sagrado, que, como he dicho, depende de un encuentro interpersonal significativo, en el cual resuene el anuncio de la fe. Una vida cambiada por este encuentro traerá consigo el amor a las Sagradas Escrituras, de las que son testigos estos encuentros salvíficos, y que será, en todos los ámbitos, capaz de producir una “cultura cristiana compartida”.

--¿Hasta qué punto biblistas y exegetas pueden investigar en la Biblia?

--Vitiello: En el conocimiento humano el método no lo decide arbitrariamente el sujeto conocedor, sino que lo impone el objeto conocido. Y el conocimiento es excatamente un encuentro entre el sujeto y el objeto. Esto es realismo.

Si se respeta esta regla elemental, no hay límites a la investigación bíblica, porque esta será simplemente un “adecuarse” al método que el objeto mismo -es decir, el Texto Sagrado- sugiere, sin olvidar nunca que la Revelación cristiana no se agota en el Texto Sagrado, sino que incluye la Tradición y el Magisterio vivo, sin los cuales no es posible interpretar autenticamente las Escrituras,

No conviene olvidar nunca que estamos ante la narración de los hechos históricos realizados por Dios para salvación de los hombres y del mundo. Narración que tiene como verdadero Autor a Dios mismo y, contemporáneamente, a los hagiógrafos humanos.

El hecho de que no haya límites a la investigación no significa necesariamente que todos los éxitos de la investigación sean correctos. El ser “expertos” o “investigadores”, en ninguna disciplina pone a salvo de cometer errores, incluso de “pifias macroscópicas”. El criterio vale también para biblistas y exegetas.

El Santo Padre Benedicto XVI, en la introducción al libro “Jesús de Nazaret”, ha dado una serie de criterios para un acercamiento correcto al Texto Sagrado. Creo que vale la pena retomarlos y partir de ahí, para toda investigación bíblica que quiera ser un verdadero servicio eclesial.

Por Miriam Díez i Bosch