Las tres condiciones para encontrar a Dios, según el Papa

Meditación del pontífice sobre el Salmo 23

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CIUDAD DEL VATICANO, 20 junio 2001 (ZENIT.org).- ¿Cuáles son las condiciones para que el hombre pueda encontrar a Dios? Esta es la pregunta a la que Juan Pablo II dedicó la audiencia general de este miércoles.



El pontífice respondió planteando tres exigencias: pureza de vida y de corazón; pureza de religión y culto; justicia y rectitud.

Al intervenir ante más de diez mil fieles en la plaza de San Pedro del Vaticano, el Papa formuló la pregunta que plantea todo hombre que busca a Dios evocando las palabras de la Biblia: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?».

Se trata de dos interrogantes que presenta el Salmo 23 del Antiguo Testamento, sugerente pasaje poético que forma parte de la Liturgia de las Horas, y que el obispo de Roma ofreció como ayuda para la oración de los creyentes.

El Salmo responde haciendo «la lista de condiciones para poder acceder a la comunión con el Señor en el culto», explicó el Papa. «No se trata de normas meramente rituales y exteriores que hay que observar, sino más bien de compromisos morales y existenciales que hay que practicar».

Tres exigencias
Ante todo hay que tener «manos inocentes y puro corazón». «Manos» y «corazón», explicó el pontífice, «evocan la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre que debe ser radicalmente orientado hacia Dios y su ley».

«La segunda exigencia --siguió diciendo-- es la de "no decir mentiras", que en el lenguaje bíblico no sólo hace referencia a la sinceridad, sino también a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos dioses, es decir, "mentira". Se confirma así el mandamiento del Decálogo: la pureza de la religión y del culto».

Por último, para encontrar a Dios, el Salmo exige «no jurar contra el prójimo en falso». El Papa explicó así este requerimiento: «La palabra, como es sabido, en una civilización oral, como la del antiguo Israel, no podía ser instrumento de engaño, sino que más bien era símbolo de las relaciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud».

Con estas condiciones, el corazón del hombre se prepara para el encuentro con Dios, quien como muestra el Salmo 23, siendo «infinito, omnipotente y eterno», «se adapta a la criatura humana, se acerca a ella para salirle al encuentro, para escucharla y entrar en comunión con ella».

«Y la liturgia es la expresión de este encuentro en la fe, en el diálogo y en el amor», concluyó Juan Pablo II.