Leyendo los gestos simbólicos en los que Benedicto anunciaba el paso de hoy

Visitó dos veces lugares ligados a un papa que renunció a su ministerio: Celestino V

Roma, (Zenit.org) Anita Bourdin | 3696 hits

El 28 de abril de 2009, el papa Benedicto XVI se trasladó a L’Aquila, Italia, para orar por las víctimas del terremoto, antes de ir a la basílica de Nuestra Señora de Collemaggio, donde la reliquia del papa santo Celestino V (1209/10-1296) se salvó de los derrumbes, y el papa depositó allí el palio que le fue entregado el día de su entronización, entre aplausos.

Este gesto simbólico toma una fuerza extraordinaria este 11 de febrero en el que Benedicto XVI anuncia su renuncia: Celestino V se vio obligado a renunciar el 13 de diciembre de 1294, unos cinco meses después de su elección, un monje que volvió a serlo.

Hizo alusión a este gesto un año después, el 4 de julio de 2012, cuando viajó a esta región, a Sulmona, como motivo del “perdón de Celestino V”. En su homilía dijo: “Vine a esta basílica, en abril del año pasado, tras el temblor de tierra que devastó la región, para venerar el relicario que contiene sus restos mortales y dejar el palio recibido el día del inicio de mi pontificado”.

He aquí cómo juzgaba el pontificado de Celestino V: “Han pasado ochocientos años desde el nacimiento de san Pedro Celestino V, pero permanece presente en la historia, en razón de los célebres acontecimientos de su época y de su pontificado y, sobre todo, de su santidad. En efecto, la santidad no pierde jamás su fuerza de atracción, nunca cae en el olvido, no pasa nunca de moda, al contrario, con el paso del tiempo resplandece con una luminosidad cada vez mayor, expresando la tensión eterna del hombre hacia Dios".

Más todavía, el papa quiso extraer “varias enseñanzas” de la vida del papa santo que son “válidas también para nuestra época”.

En primer lugar, hay que ver en él un “buscador de Dios”, un “hombre deseoso de encontrar respuestas a los grandes interrogantes de nuestra existencia”. “Precisamente en el silencio exterior pero sobre todo en el interior, logró percibir la voz de Dios, capaz de orientar su vida”.

La segunda enseñanza: el descubrimiento del Señor que hace el futuro papa “no es el resultado de un esfuerzo, sino que es posible por la gracia de Dios mismo, que le previene”.

Tercer elemento subrayado por Benedicto XVI: la “fecundidad pastoral” del papa que renunció a su cargo: “San Pedro-Celestino, aún llevando una vida de eremita, no se 'encerró en sí mismo' sino que estaba cogido por la pasión de aportar la buena noticia del Evangelio a sus hermanos. Y el secreto de su fecundidad pastoral se encontraba precisamente en el hecho de “permanecer” con el Señor, en la oración, como nos ha sido recordado también en el pasaje evangélico de hoy: el primer imperativo es siempre el de orar al Señor de la mies”.

Resumiendo, Benedicto ve en aquél papa un pontificado que recuerda al suyo: “Estas fueron igualmente las características del pontificado, breve y atormentado, de Celestino V y tales son las características de la actividad misionera de la Iglesia en cada época”.

Un gesto en L’Aquila, en 2009, y una meditación en Sulmona, en 2010, que permiten captar algo del pontificado que Benedicto XVI decide terminar el 28 de febrero próximo.

¿Qué lugar tendrá un papa “emérito”? ¿Como Celestino, en la vida monástica de san Benito?

Se podría pensar que Benedicto XVI huya de su deber –se piensa en el “laborem non recuso” de san Pablo. Pero vivió de cerca los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, y aún conociendo la fecundidad del sufrimiento, sabe también que la Iglesia necesita ser gobernada. Y el humilde servidor ha visto disminuir sus fuerzas: lo reconocía en una declaración histórica, con fecha 10 de febrero, hecha pública esta mañana: “En el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.