Libia, una revolución popular inesperada también para los cristianos

Los religiosos franciscanos narran la rabia de los jóvenes sin esperanza

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ROMA, jueves 24 de febrero de 2011 (ZENIT.org).- El balance oficial del Gobierno libio, después de nueve días de enfrentamientos, es de 300 muertos. Miles según fuentes locales concordantes. Diez mil según la Tv al-Arabiya, que cita a un representante libio del Tribunal Penal Internacional. Habría también cerca de 50.000 heridos.

Estas son las cifras, controvertidas y provisionales, del drama que se está consumando en Libia, mientras crecen las presiones internacionales sobre el régimen de Muamar al-Gadafi, pero éste no cede y ordena bombardear incluso la mezquita de Al- Zawiyah con tal de acabar con los manifestantes.

La situación libia preocupa sobre todo en Italia, país de Europa más cercano y más ligado histórica y económicamente con Libia.

“En ninguna de las crisis humanitarias ni en los conflictos vividos en los últimos veinte años – afirma Vittorio Nozza, director de Cáritas Italiana – hemos asistido a una violencia tan extendida”.

“También la sorpresa de los países occidentales – continua Nozza – respecto a la rápida evolución de estas crisis, es señal de una preocupación difundida que compartimos y respecto a la cual pedimos la máxima atención”.

Una revuelta, la del Norte de África, que no puede explicarse sólo por la pobreza, sino más bien por la negación de las libertades: “Cuando un pueblo es oprimido durante demasiado tiempo por un régimen que no respeta los derechos humanos – explica el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, cardenal Angelo Bagnasco –, antes o después estalla”.

Monseñor Giovanni Martinelli, obispo de Trípoli, capta en esta tragedia humanitaria el deseo de las nuevas generaciones de tener la oportunidad de una vida mejor: “La gente – explica el prelado en una entrevista a Radio 24 – pide más democracia. Hay un salto de calidad de la población con el deseo de los jóvenes de disfrutar de los bienes del país”.

“A una revuelta generacional semejante a nuestro 68 – explica también monseñor Martinelli, esta vez al diario italiano La Stampa – se une, a causa de la dificultad de encontrar casa y de formar una familia, la rabia de los jóvenes imposibilitados de cumplir con la obligación musulmana del matrimonio”.

“La represión de la protesta ha sido muy fuerte y la sangre que aquí en Libia corre por las calles obstaculiza una reconciliación general y aleja la solución de los problemas. Las autoridades han perdido el control de la situación, “por ello – concluye – nos hemos puesto en contacto con la Media Luna Roja y otras organizaciones islámicas para pedir protección a las iglesias, a los conventos, a nuestros fieles y a las hermanas que trabajan en los hospitales”.

El centro de Caritas, que dista unos 10 km de Trípoli, por el momento está cerrado al público y no sabe cuándo volverá a abrir: “Estamos encerrados en casa, como nos han dicho, y no podemos ir al centro, donde están los inmigrantes a los que atendemos”, cuenta sor Sherly Joseph, una de las tres religiosas franciscanas que trabajan en el centro acogiendo inmigrantes de Eritrea y de otros países de África Central.

La religiosa asegura que ellas y otros religiosos franciscanos están en seguro, aunque se les ha aconsejado que no salgan a la calle. Respecto a la situación del país, la religiosa declina dar su opinión: “para mi seguridad, debo ser discreta y no puedo decir nada más”.

En cualquier caso, añade, su lugar está en Libia, tierra que ella y sus hermanas llevan en el corazón y no pretenden abandonar, así como tampoco separarse unas de otras: “Si vivimos – concluye – viviremos juntas. Si tenemos que morir, moriremos juntas”.

En Avvenire, el diario de la CEI, el Alan Arcebuche – director de Cáritas Libia – explica que para los trabajadores cristianos extranjeros que no están en regla, las condiciones son mucho peores que las de otros católicos “legales” que pueden contar con las embajadas de sus países.

Los irregulares, en cambio, “son sobre todo africanos subsaharianos, bloqueados en Libia en el intento de llegar a Europa tras la clausura de las rutas mediterráneas, y están muy inquietos”. Su situación es muy dificil porque “no consiguen ponerse en contacto con sus Gobiernos, que por otro lado no están haciendo nada por ayudarles”. Tampoco padre Alan quiere irse: “Que se haga la voluntad de Dios. O como dicen aquí, Inshallah”.

Las agencias informativas definen ya la situación como “genocidio de Estado" y "crimen contra la humanidad". Mañana Francia propondrá en Ginebra una resolución que expulse a Libia del Consejo de los derechos humanos de la ONU, mientras que se apela a la justicia internacional.

Desde España

Mientras sigue la confusión en torno a los acontecimientos de Libia, la comunidad libia en España se ha pronunciado claramente a favor del fin del régimen de Muamar al Gadafi.

El colectivo de residentes libios en España ha hecho público este jueves un comunicado en el que rechaza "las amenazas del régimen genocida de Muamar al Gadafi" y solicita al Gobierno español y a la Unión Europea "una condena sin paliativos, como hechos constitutivos de crímenes contra la humanidad, de las matanzas que están cometiendo los mercenarios de las 'brigadas de la muerte' a las órdenes de Gadafi".

Quiere también "tranquilizar a la comunidad internacional en el sentido de que no habrá una guerra civil en Libia". "A pesar de que Gadafi ha intentado estos días avivar entre la población disputas históricas de hace casi un siglo, el pueblo está más cohesionado que nunca. Libia permanecerá como una sola nación indivisible".

También denuncia la manipulación del régimen "tratando de aterrorizar a la población y azuzando el fantasma del integrismo. Estas manifestaciones corresponden a un régimen que está acabado, aunque pueda --en un último acto de barbarie- seguir asesinando más civiles". Y concluye declarando que "Libia no será un caos después de Gadafi".

El comunicado fue redactado en la Casa Libia, que agrupa colectivos de ciudadanos libios residentes en Madrid, Barcelona, Valencia y Málaga, Cantabria y el Pais Vasco.

Un poco de historia

Hace un poco más de tres años, en diciembre de 2007, la situación era bien diferente. En una entrevista concedida a una página musulmana española, caracterizada por su posición dialogante, monseñor Martinelli alababa el cambio de la comunidad internacional hacia Gadafi, tras el levantamiento del embargo y el cierre del caso Lockerbie (http://www.webislam.com/?idn=11107).

Monseñor Martinelli, vicario apostólico de Trípoli nació allí en los años 40 del siglo XX, de padres italianos y ama a su tierra. El religioso franciscano asumió el Vicariato en 1985, y vivió todas las fases de la actitud del régimen hacia la Iglesia católica. En 1986 estuvo en la cárcel, a raíz del bombardeo americano contra Trípoli y de los misiles libios contra la isla italiana de Lampedusa.

El papa Juan Pablo II se manifestó contra el embargo, y el acuerdo de plenas relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Libia de 1997 fue un punto a favor del diálogo con Occidente.

La página WebIslam afirma que el islam sunní de Gadafi no tiene nada que ver con los integrismos religiosos.

Monseñor Martinelli subrayaba entonces la voluntad de diálogo del régimen con las religiones. Citaba un gran congreso interreligioso en Trípoli en 1976, aunque anteriormente los edificios de culto cristiano fueron cerrados porque "se les consideraba cómplices del fascismo colonialista".

"Como obispo católico de Trípoli, y habiendo nacido en Libia, no he visto nunca al régimen tomar posición contra las religiones, sino proponer siempre el diálogo", apuntaba.

La Dawa al Islamiya, la institución oficial libia para el diálogo interreligioso, organizó y participó en varios encuentros internacionales de diálogo. El obispo libio cita dos hechos memorables. En primer lugar, la visita de Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla.

"Su venida nos sorprendió, y ha dado al diálogo en el mundo cristiano en Libia un aspecto más completo y verdadero. En Libia, además de la Iglesia católica, están presentes la Iglesia ortodoxa, la Iglesia copta, la comunidad anglicana y la Union Church".

"La presencia eficaz y fecunda de Bartolomé I nos ha ayudado en el trabajo ecuménico", subrayaba  y también en el diálogo con el islam y la ortodoxia. "El patriarca ortodoxo procede de un país musulmán pero no teocrático, y vino a Libia para establecer un puente también con el cristianismo ortodoxo de estas regiones del Mediterráneo árabe".

El segundo hecho fue un premio de Gadafi al patriarca copto Shenouda "por los derechos humanos", "por ser la voz cristiana que, en medio de un mundo de cultura islámica, supo llevar adelante un mensaje de paz en el área mediooriental". Libia es visitada normalmente por el obispo copto de la Pentápolis Pacomio. Shenouda III fue por primera vez a Trípoli al principio del régimen de Gadafi y regresó para recibir ese premio.

La comunidad copta de Libia se dice heredera directa del evangelista Marcos. El judío Marcos era de una zona de Cirene que también los beduinos libios llaman Wadi Marcos, y según la tradición copta, Marcos salió de Libia para ir a evangelizar Egipto.

En el año de la entrevista, la Dawa al Islamiya organizó un encuentro internacional cristiano-musulmán. Al obispo le impresionó una declaración del muftí de Moscú: "Tenemos que acostumbrarnos a conocer a los cristianos no por lo que dice el Corán, sino por lo que los cristianos dicen de sí mismos, a través de su Evangelio".

"Es una invitación a liberarnos de los esquemas fijos que usamos para 'reconocernos' los unos a los otros", dijo entonces monseñor Martinelli.

En marzo, el Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso celebró con la Dawa al Islamiya una reunión en Roma sobre la figura de los imanes y de los sacerdotes, para reafirmar la importancia de que fueran hombres abiertos al diálogo.

"La Iglesia católica en Libia actúa siguiendo la inspiración de la Iglesia universal. El santo padre ha sido para nosotros un gran ejemplo tanto en lo tocante al diálogo con el islam como en sus posturas claras contra la violencia y la guerra".

"Para nosotros, Iglesia de Libia, escuchar la voz del Gobierno de Trípoli podía ser una ocasión para comprender todo lo demás, es decir, la sensibilidad del mundo árabe musulmán primero, y del África subsahariana después. La Iglesia de Libia, aceptando siempre el diálogo con el régimen, ha tratado de vivir esta comunión profunda con la Iglesia universal", puntualizaba.

En Trípoli, la misa católica se celebra en la pequeña iglesia blanca dedicada al santo de Asís, y el obispo Martinelli, dicen, lleva siempre a sus amigos a ver una pintura: san Francisco superando las líneas de los cruzados para anunciar la paz al sultán de Egipto.

Los católicos son unos cuarenta mil en todo el país norteafricano. El cristianismo es una religión minoritaria. El mayor grupo cristiano, los coptos ortodoxos, en torno al 1% de la población, son unos sesenta mil. La Iglesia copta, de origen egipcio, tiene raíces históricas en Libia anteriores a la llegada de los árabes procedentes del oeste de Egipto y a la propia existencia del islam. Las comunidades ortodoxas, aparte de los coptos, incluyen: ortodoxos serbios, rusos y griegos.

Hay una congregación anglicana en Trípoli, sobre todo de trabajadores inmigrantes africanos, que pertenece a la diócesis anglicano-egipcia. El obispo anglicano de Libia tiene su sede en El Cairo. Como la mayoría de los cristianos de Libia, proceden de Egipto.

La convivencia es relativamente pacífica. Sin embargo, hay restricciones a la actividad religiosa cristiana. Se prohíbe hacer "proselitismo" entre los musulmanes, y en el caso de los no musulmanes, el hombre se debe convertir al islam si desea casarse con una mujer musulmana. La literatura religiosa está sometida a restricciones.

La Iglesia católica está presente en Bengasi, Derna y Trípoli. Hay una prefectura apostólica en Misurata y dos obispos, uno en Trípoli (al servicio fundamentalmente de la comunidad italiana en la iglesia del San Francisco en Dahra, monseñor Martinelli) y uno en Bengasi.

Con información de Nieves San Martín y Mariaelena Finessi