Lo que todo cristiano puede hacer para transformar el mundo

La civilización del amor, según Carl Anderson

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ROMA, domingo, 10 mayo 2008 (ZENIT.org).- Los cristianos pueden transformar el mundo, cada uno desde su situación, ofreciendo un mensaje de esperanza en un mundo atribulado, dice Carl Anderson en un nuevo libro.

En «A Civilization of Love: What Every Catholic Can Do to Transform the World» (La civilización del amor: Lo que todo cristiano puede hacer para transformar el mundo), recién publicado en los Estados Unidos por HarperOne, comienza refiriéndose a la división entre lo que el Papa Juan Pablo II denominaba la cultura de la vida y la cultura de la muerte.

En este contexto, Anderson, caballero supremo de los Caballeros de Colón, subraya aquello que puede contribuir a la construcción de una civilización del amor. No es una actividad exclusivamente católica o incluso cristiana, afirma. Se puede llevar a cabo la tarea bajo el presupuesto de un compromiso por la libertad religiosa, la tolerancia y el respeto por la dignidad humana.

Es también un llamamiento a la solidaridad para con el pobre y el necesitado. Anderson sostiene que es un camino, asimismo, para evitar los choques entre civilizaciones y las tensiones con los grupos minoritarios.

Anderson sitúa el origen de nuestra responsabilidad de construir una civilización del amor en el mandamiento de Cristo a amarnos unos a otros como él nos amó. Una ética bastante diferente de la mentalidad dominante de la mayoría de las élites gobernantes, reafirma el autor.

Anderson también hace referencia al hincapié hecho por Benedicto XVI durante su visita a Brasil en mayo del año pasado. Una sociedad en la que Dios está ausente, comentaba el pontífice, no puede encontrar un consenso en los valores morales.

Desgraciadamente, la sociedad moderna está construida sobre el concepto del progreso y el éxito materiales, observa Anderson. Junto a esto está la forma en que se interpreta la libertad personal, como algo a lo que debería darse un valor absoluto.

Plenamente humano

Anderson subraya el contraste de la sociedad actual utilizando palabras  de Juan Pablo II, quien insistía en que sin amor, la vida de las personas carece de significado. «Es la vocación al amor la que no sólo hace a cada persona, sino que hace que cada persona sea humana», añade Anderson.

Desde el inicio, Benedicto XVI ha demostrado que seguiría con este énfasis en la importancia del amor, al dedicar su primera encíclica, «Dios es Amor», a este tema. En esta encíclica el Papa insistía en que debemos seguir el rastro del amor hasta su principal fuente, Cristo.

Resumiendo uno de los mensajes clave de la encíclica, Anderson afirma que en Cristo se nos muestra el modo en que Dios es amor. Este modo de amor lo es también de libertad y plenitud.

De hecho, prosigue Anderson, el cristianismo ha hecho una aportación única al mundo al elevar el amor hasta el centro de la vida humana. Es cierto que el amor siempre ha estado presente, pero en muchas filosofías y cultura sólo era un valor más entre otros.

La mayoría de las demás religiones afirman la existencia de un poder mayor que nosotros mismos, pero en muchas de ellas este poder es impersonal. En contraste, el cristianismo coloca en el centro a un Dios personal, un Dios que existe en una misteriosa unidad de tres Personas, y que hace al hombre y a la mujer a imagen y semejanza de Él.

Anderson mantiene que podemos decir que la misma estructura de la existencia humana es el amor, una estructura que nos ha dado Dios que es amor.

La importancia central del amor trae consigo algunas consecuencias vitales sobre cómo contemplamos a la persona humana. El amor nos exige ir más allá de las estrechas fronteras de nosotros mismos y reconocer el valor y la riqueza de cada persona. El amor también nos pide que respetemos la libertad y dignidad de los demás.

El amor nos permite descubrir el significado y el propósito de la vida y ver la riqueza de nuestra propia vida, porque nosotros ni la sociedad los que han establecido esta riqueza, sino Dios.

Influir en la cultura

Este mensaje de amor comienza a nivel personal y nos exige que sigamos en nuestras vidas una serie de valores. Sin embargo, no se queda aquí, advierte Anderson. Cada cristiano está llamado a hacer su aportación a la comunidad cristiana de la que forma parte. A su vez, ésta influye en la sociedad en su conjunto, dado el impacto que una comunidad cristiana vibrante puede tener en la cultura en general.

Hay una necesidad urgente de esta aportación, sostiene Anderson. La cultura contemporánea ha sido debilitada duramente por las fuerzas del laicismo, el relativismo y la incertidumbre moral.

En este esfuerzo por comunicar la civilización del amor, los laicos están llamamos a jugar un papel esencial. El humanismo cristiano desarrollado en los documentos del Concilio Vaticano II, explica Anderson, ponen énfasis en la vocación de los laicos.

En el bautismo, cada cristiano entra en comunión con Cristo y una parte integral de esto es la misión de atraer a los demás a dicha comunión. Esto significa que ayudar a quienes están en necesidad, por ejemplo, debería hacerse no sólo por piedad o deseo filantrópico de ayudar a la gente, sino como una respuesta al ver a Cristo en el sufrimiento de quienes nos rodean.

Una faceta de la civilización del amor es aplicar el Evangelio al mundo del trabajo. En uno de los capítulos del libro, Anderson considera el impacto que han tenido las encíclicas sociales y concluye que durante el último siglo la Iglesia católica ha cambiado de modo significativo el curso del desarrollo económico.

Queda todavía mucho por hacer, continúa, especialmente con el impacto creciente de la globalización y la urgencia de eliminar la pobreza en muchos países. Es una falsa dicotomía, razona Anderson, decir que debemos escoger entre el progreso material o los valores morales. De hecho, muchos valores cristianos refuerzan prácticas como la honestidad, la justicia y el imperio de la ley, que se necesitan en el desarrollo económico.

Los laicos en el mundo de los negocios tienen una oportunidad excelente de aplicar sus habilidades económicas y organizativas para lograr cambiar la sociedad. Si los cristianos, tanto en los negocios como en el gobierno, se dedican a servir a la persona humana entonces puede guiarse el futuro de la globalización por criterios éticos, sostiene Anderson.

Las leyes solas no son suficientes porque, como demuestra la amplia experiencia, las personas pueden mostrarse muy hábiles para llevarlas hasta el límite, violando su espíritu, si no la letra. Todas las relaciones patrón-empleado deberían basarse en el reconocimiento de la dignidad de todas las personas cuyos esfuerzos combinados contribuyen al éxito de la empresa, recomienda Anderson.

Por la vida

Otra aplicación de la civilización del amor tiene que ver, según Anderson, con el compromiso por la vida. Esto significa considerar a cada persona, sea pobre, discapacitada, enferma, vulnerable o no nacida, como portadora de igual dignidad.

Cuando Juan Pablo II describía la cultura de la muerte, comenta el autor, se refería a ella como una forma de considerar el valor de la vida que rechaza la unidad esencial de la familia humana en todas sus situaciones.

«Esta forma de pensar está esencialmente en guerra con la verdad, porque sigue existiendo al rechazar, en ocasiones de forma oculta, la verdad sobre la naturaleza y dignidad de la persona humana», observa el autor.

De este modo, las decisiones sobre temas como el aborto o la eutanasia no son simplemente un desacuerdo entre «opciones» sino que tienen que ver con la misma esencia de cómo consideramos a la persona humana y la naturaleza de la sociedad. Justificar el aborto tras la bandera de la libertad conduce inevitablemente a una cultura donde los derechos de muchos se ponen en peligro, observa Anderson.

Al concluir su libro, Anderson afirma que no buscamos imponer el cristianismo a la sociedad, sino expresar la presencia viva de Cristo dentro de la sociedad a través de nuestras relaciones personales. Una misión en la que están llamados a participar todos los cristianos.

Por el padre John Flynn, L. C., traducción de Justo Amado