Los católicos y los nazis

El papel de la religión en el Tercer Reich

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ROMA, domingo 12 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).-  Se suele criticar a la Iglesia por no haber hecho lo suficiente para oponerse a Hitler. En su reciente viaje a Inglaterra y Escocia, Benedicto XVI tuvo la oportunidad de presentar la otra cara de la moneda, recordando la naturaleza antirreligiosa del régimen nazi.

"Recuerdo también la actitud del régimen hacia los pastores cristianos o los religiosos que proclamaron la verdad en el amor, se opusieron a los nazis y pagaron con sus vidas esta oposición", decía en la audiencia con su Majestad la Reina en Edimburgo, Escocia.

La imagen que presentó el Papa de los nazis como ateos que quieren erradicar a Dios de la sociedad no fue fácilmente aceptada En una nota de prensa el 16 de septiembre, Andrew Copson, presidente de la British Humanist Society, negaba que el ateísmo de los nazis les llevara a ese comportamiento extremo.

Un libro publicado a principios de año vierte algo de luz sobre la cuestión de la religión y los nazis. En "Catholicism and the Roots of Nazism" (El Catolicismo y las Raíces del Nazismo) (Oxford University Press), Derek Hastings muestra cómo en los primeros años hubo de hecho un fuerte componente católico en el movimiento nazi. Afirma también que hubo grandes discrepancias entre la naturaleza del régimen nazi en el poder en los años treinta y cuarenta y el movimiento originario en Múnich en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial.

"A pesar de mantener una oportuna fachada conciliadora, hay pocas dudas de que el partido nazi exhibiera una gran antipatía hacia la Iglesia católica - y, en gran medida, hacia el cristianismo en general - durante la mayor parte del tiempo que duró el Tercer Reich", comentaba Hastings.

Observaba que numerosos historiadores han sostenido que, después de que los nazis asumieran el poder en 1933, el partido pasó a convertirse en una especie de religión política y como una forma rival de devoción laica que se esforzó por suplantar la identidad católica y cristiana.

Remontándonos a Múnich

El partido nazi se fundó en 1919, en Múnich. En el periodo que va de 1919 hasta el fallido Putsch (golpe) de la Cervecería en Múnich en 1923, los nazis cortejaron abiertamente a los católicos. Su apertura al catolicismo permitió a los nazis ganar seguidores y destacar sobre otros movimientos populares. Como consecuencia del fracaso de 1923, que llevó a Hitler a prisión durante un breve periodo, el movimiento nazi se refundó en 1925 de un modo que dejó poco espacio para su orientación católica anterior.

Hastings explicaba que este nexo católico con los nazis durante los primeros años se debió a algunos factores locales no extensibles al resto de Alemania. El apoyo al Partido del Pueblo Bávaro (BVP) fue menor en Múnich y en la zona circundante de la alta Baviera que en cualquier otra zona católica del país. En su lugar se tendió a apoyar a movimientos populares con un sesgo más nacionalista.

Otro rasgo distintivo de los católicos de Múnich y de las zonas de los alrededores fue su hostilidad hacia lo que ellos veían como un excesivo ultramontanismo del BVP y de los obispos de la Iglesia. El movimiento ultramontano, explicaba Hastings, surgió en los siglos XVIII y XIX cuando los católicos de Europa cada vez miraban más hacia el Papa que residía "más allá de las montañas" (ultra montes).

En la década anterior a la Primera Guerra Mundial, hubo un movimiento reformista católico en la zona de los alrededores de Múnich que consistió en un impulso por una nueva forma de identidad religiosa que fuera leal a la Iglesia católica en el sentido espiritual, pero más abierta al curso político y cultural radicalmente nacionalista, observaba Hastings. Los nazis fueron capaces de aprovecharse de estas tendencias locales, combinadas con la desilusión general que siguió a la Primera Guerra Mundial, para convocar a los católicos en las etapas iniciales de su desarrollo.

Antes de 1923, los nazis habían logrado el apoyo de muchos miles de católicos en y cerca de Múnich, observaba Hastings. Al principio, el BVP ignoró al nuevo partido, probablemente con el deseo de evitar una mayor publicidad. A finales de 1922, viendo el creciente número de seguidores del partido nazi, el BVP decidió embarcarse en una campaña para hacer que los bávaros fueran conscientes de la peligrosa naturaleza de los nazis.

Esto no disuadió a los nazis a dejar de cortejar a los católicos y, según Hastings, en 1923 sus esfuerzos llegaron a su punto álgido. Aquel año pusieron en marcha una campaña de reclutamiento para atraer a los católicos a su partido. Sus esfuerzos tuvieron éxito, hasta el punto de que incluso numerosos sacerdotes católicos se implicaron.

En sus discursos de aquel entonces, Hitler se refería abiertamente a su fe católica y a la influencia que había tenido en su activismo político. En 1923, el periódico nazi, el Beobachter, comenzó a publicar incluso los horarios de las misas dominicales y a exhortar a sus lectores a cumplir con sus obligaciones religiosas.

Refundación

Sin embargo, esta cercanía entre los católicos y el partido nazi acabo de forma repentina, con el Putsch de la Cervecería de noviembre de aquel año. El intento de Hitler de hacerse con el control del estado bávaro acabó en rápido fracaso y el movimiento nazi entró en un periodo de división y declive, explicaba Hastings.

Esto coincidió con un aumento del anti catolicismo en otros movimientos populares en Múnich que también afectó a parte del partido nazi. Según Hastings, en este periodo muchos católicos abandonaron el partido nazi, y quienes se quedaron lo hicieron sacrificando su identidad católica. Los sacerdotes católicos que se habían unido al partido también lo abandonaron. De hecho, al finalizar 1923, la archidiócesis de Múnich-Freising les había prohibido asistir a las reuniones del partido nazi.

Una vez refundada, se invirtió la anterior orientación católica y en gran parte reemplazó el cristianismo con su propia serie de figuras de mártires sacadas del Putsch fallido. A partir de ese momento Hitler tampoco se volvió a presentar a sí mismo como un católico creyente o como un defensor del cristianismo, afirmaba Hastings.

Con el tiempo, el movimiento nazi llegó a ser cada vez más abiertamente anti católico hasta el punto en que los nazis se opusieron con fuerza al establecimiento de un concordato entre Baviera y el Vaticano. Se mostraron también abiertamente críticos con el nuncio papal, Mons. Eugenio Pacelli, el futuro Papa Pío XII. En las publicaciones nazis se atacaba con frecuencia a los obispos alemanes, especialmente al cardenal Michael von Faulhaber, que poco antes del Putsch de 1923 había hablado en defensa de los judíos.

Sobre el tema del antisemitismo nazi y la influencia de los católicos, Hastings observaba que en los primeros años el movimiento nazi se centró en las imágenes del Nuevo Testamento - como la expulsión de los cambistas del Templo por Cristo - en su propaganda. En esta etapa, no obstante, la ideología nazi no estaba todavía plenamente definida, y cuando adoptó una forma más definida en los años posteriores se convirtió en una forma más pura y abiertamente laica de antisemitismo.

En los primeros años treinta, tras las condenas eclesiásticas oficiales, Hastings sostenía que quedó más clara la mutua oposición de las visiones del mundo católicas y nazis.

En conclusión, Hastings afirmaba que, aunque es necesario reconocer el papel muy real jugado por el clero y el laicado católico en las primeras etapas del movimiento nazi, al mismo tiempo, no hay base para acusar al catolicismo, sea como institución o como sistema de ideas.

Además, la cohabitación entre las identidades nazi y católica despareció en lo que Hastings denominaba "el flujo de invectivas anticatólicas que lavó al fracturado movimiento como consecuencia del fallido golpe".

Esta cohabitación fue una de las primeras víctimas de la ambición política cada vez más mesiánica de Hitler, señalaba Hastings. Lo que queda claro, tanto en Hastings como en otros, es que los horribles excesos del régimen nazi tuvieron lugar a pesar de, y no por motivo de, cualquier influencia católica.

Por John Flynn, traducción de Justo Amado