Los desafíos de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi según su nuevo director general

Entrevista al padre Álvaro Corcuera

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ROMA, viernes, 28 enero 2005 (ZENIT.org).- En el Capítulo General de la congregación de los Legionarios de Cristo, iniciado hace poco más de una semana, fue elegido en Roma el padre Álvaro Corcuera como nuevo director general.



Sucede en el cargo al fundador, padre Marcial Maciel, quien declinó aceptar su reelección «por razones de edad y por su deseo de ver florecer a la congregación bajo la dirección de su sucesor», según explicó la congregación en un comunicado oficial.

El padre Corcuera, hasta hace poco rector del centro de Estudios Superiores de la congregación en Roma, ha conversado sobre los desafíos que afrontan los Legionarios de Cristo y el Movimiento Regnum Christi en esta entrevista concedida a Zenit.

--Padre Corcuera, usted sucede en el cargo de director general de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al fundador, el padre Marcial Maciel, quien ha dirigido la congregación desde su fundación, ¿qué significa esto para su instituto religioso?

--Padre Corcuera: En una congregación religiosa, en un movimiento de apostolado, el fundador ocupa un lugar único e irremplazable. Él es quien, por voluntad divina, recibe para la Iglesia un nuevo carisma que enriquece el árbol ya frondoso de la Iglesia como un nuevo don del Espíritu Santo. Nosotros hemos tenido la gracia de contar con la presencia de nuestro fundador durante muchos años, desde la fundación en el año 1941. En los pasos de nuestra historia hemos podido contar con el estímulo, la cercanía paterna y el ejemplo de nuestro Fundador. El hecho de que ahora él siga estando presente en su calidad de Fundador con un nuevo director general al frente de la Legión es una nueva gracia de Dios para todos y cada de nosotros.

--¿Y personalmente para usted qué ha supuesto esta elección?

--Padre Corcuera: Como usted sabe, quien resultó elegido en un primer momento fue el padre Maciel, porque todos vemos en él a un verdadero padre espiritual que nos ha transmitido con su ejemplo y con sus palabras el deseo de amar ardientemente a Jesucristo, a la Iglesia, al Papa, a las almas. Son éstas las grandes motivaciones espirituales que le han conducido a fundar numerosas obras apostólicas en el campo de la formación sacerdotal, en el área de la familia, de la educación de la juventud, de los medios de comunicación social, del servicio a los más pobres, etc. Difícilmente podríamos imaginarnos otro director general estando él en vida.

Solamente cuando él nos comunicó su decisión de declinar su reelección por motivo de su edad y de su deseo de acompañar en vida a su sucesor, fui elegido para sorpresa mía. Acepté esta elección de los padres capitulares como un acto de obediencia a Dios, con el deseo de servir con exquisita fidelidad y amor a la Iglesia, al Santo Padre, a los obispos en comunión con él, a la Legión de Cristo y el Movimiento Regnum Christi, que son mi amada familia espiritual.

Por supuesto que contemplar la responsabilidad de un cargo de tanta trascendencia para el bien de la Congregación, me abrumó, pero el padre Maciel me recordó ese principio sobrenatural según el cual cuando Dios pide algo a una persona, le da primero la gracia para ello. Me citó también esa frase del salmo 36 en la que él encontró fuerza y consuelo cuando, en los primeros días de la fundación, buscaba luz en la oración: «Encomienda a Dios tus caminos, confía en Él, y Él actuará» (Sal 37[36], 5). Luego me dijo que nuestra vida debe ser ofrecerle a Dios cada día, desde que inicia, una hoja en blanco para que Él escriba lo que quiera, para que Él actúe como desee, para que se haga en todo, en todo momento y en lo que sea, su Voluntad. Por consiguiente, al mismo tiempo que el peso, experimenté, y experimento, una gran confianza en la acción divina que puede servirse de nuestra pequeñez para llevar a cabo sus planes de salvación para la humanidad. Por eso, tengo muy presente la frase de san Pablo «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Cor 12, 7).

Tengo también un sentimiento de inmensa gratitud hacia mis padres que me dieron el don de la vida y de la fe. Agradezco de corazón a mi mamá que haya asumido el riesgo de darme la vida poniendo en peligro la suya, pues los médicos le propusieron abortar dado que había altas probabilidades de que muriera si continuaba el embarazo. Si hoy estoy aquí para cumplir esta misión es también por ella.

--Usted habla de dos razones por las que el padre Maciel no ha aceptado su reelección. Pero hay otras muchas hipótesis circulando en los medios de comunicación, incluso algunas que parecen calumniosas. ¿Qué puede usted decir al respecto?

--Padre Corcuera: Las razones de nuestro fundador son las que he referido. Piense que tiene ya 84 años, y que tendría 96 al término de un nuevo mandato. Por otro lado a mí me parece que hay una inmensa humildad, prudencia y sabiduría en esta decisión del padre Maciel. Él sabe que las congregaciones religiosas continúan después de que ha pasado el fundador. Delante de Dios él ha visto que lo mejor para la Legión y el Regnum Christi es dar ahora un paso institucional de este género para que pueda acompañar a su sucesor durante los años que Dios aún le conceda de vida. No hay otras motivaciones ni internas ni externas a la Legión. Es así de sencillo. Es así de hermoso y conmovedor cuando lo sabemos leer con los ojos de la fe.

Por lo demás, hay antecedentes recientes de este mismo proceder. Pienso, por ejemplo, en la madre Teresa de Calcuta que quiso también dejar el mando de su congregación en manos de sor Nirmala estando ella aún en vida.

--También hay algunos que especulan que hay corrientes de poder dentro de la Legión de Cristo.

--Padre Corcuera: Puedo decirle que no hay nada de verdad en estas hipótesis. Quien conozca el espíritu de la Legión de Cristo sabe muy bien que vivimos un ambiente de unión y caridad intenso y sincero. Todos queremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos para colaborar con Jesucristo y con la Iglesia en la misión de predicar el Evangelio. Gracias a Dios encontramos también un profundo sentido de servicio y de humildad en todos los superiores y los miembros. Podría incluso decirle que el deseo de todos nosotros es no tener sobre sí el peso de la responsabilidad y de la autoridad. Y quienes recibimos esta autoridad la ejercemos con espíritu de servicio, como nos enseña Jesucristo. Créame que es una experiencia como la de los primeros cristianos que vivían, con todo su corazón, el mandato recibido: «Ut unum sint». A fin de cuentas, la caridad es nuestro mandato, nuestro uniforme y distintivo como cristianos. En ello nos tienen que reconocer, y vivimos esa experiencia como un don extraordinario que Él nos concede con tanta bondad. Me consta, y tengo la gracia de vivirlo cada día, que en cada legionario encuentro un verdadero hermano que refleja la bondad y la caridad de Cristo, que entre nosotros tenemos una patria común y que queremos luchar con toda sinceridad para que la caridad de Cristo reine en toda la sociedad.

Contrariamente a lo que señalan esas especulaciones sin fundamento a las que usted se refiere, constato con gran alegría que ahora más que nunca todos los Legionarios permanecemos unidos con el fundador en torno a la Eucaristía, como nos ha pedido recientemente el Papa, en sus palabras de exhortación con motivo del 60 aniversario de la ordenación del padre Maciel. La Eucaristía, el esfuerzo sincero por vivir en nuestras comunidades el mandamiento de caridad y de amor que Cristo nos dejó en la Ultima Cena, el servicio a la Iglesia y al Papa y la unión en torno a nuestro Fundador son los ejes que centran nuestra atención espiritual en estos momentos. Además, creo que es providencial, que estamos viviendo esta intensa experiencia en el año de la Eucaristía que el Papa inauguró mientras se celebraba en Guadalajara (México) el Congreso Eucarístico Internacional, y que estamos viviendo de modo intenso en comunión con toda la Iglesia.

--¿Cuáles son las líneas maestras del programa espiritual y de acción apostólica de la congregación en el próximo futuro?

--Padre Corcuera: Es precisamente esto que estamos formulando en estos días, junto con nuestro padre fundador, en el capítulo general, pero indudablemente que nuestro programa no puede ser otro sino el de dar continuidad en el tiempo, con nuevo vigor y pasión, al carisma de la congregación y del Regnum Christi tal y como ha sido aprobado por la Iglesia, según el espíritu del Fundador.

Nuestro máximo deseo es que el mayor número de hombres y mujeres puedan realizar un encuentro personal, desde la fe, con Jesucristo. Todas las iniciativas apostólicas que emprendamos tendrán que partir y estar encaminadas a realizar el programa de la Iglesia universal y de las Iglesias locales que es dar a conocer la persona del Hijo de Dios que por amor asumió una naturaleza humana para salvarnos. Allí tiene su roca firme y su motor la nueva evangelización a la que el Papa nos ha convocado, con miras a crear una civilización de justicia y amor cristianos. Queremos colaborar con todo nuestro ser, para que todos se salven, para que sin distinción de personas, todos encuentren la salvación sabiendo que Jesucristo vino a salvarnos a todos. Por eso tenemos el lema de nuestra vida: «¡Venga Tu Reino!». Y así, estamos especialmente ligados a la acción evangelizadora de este grandísimo apóstol que es Juan Pablo II, a quien tanto queremos. Sus indicaciones, sugerencias y deseos, son para nosotros un programa que seguimos como hijos fieles dentro de nuestra amada Iglesia Católica.

--En este espíritu de caminar «desde Cristo», ¿los Legionarios centrarán su atención en algunas obras apostólicas particulares?

--Padre Corcuera: Seguiremos aquellas obras apostólicas ya iniciadas, según nuestro carisma, especialmente a través del Movimiento Regnum Christi cuyos Estatutos acaba de aprobar el Santo Padre y favoreceremos todas aquellas obras dirigidas a difundir la fe católica, a la formación cristiana de los niños, adolescentes y jóvenes a través de nuestros centros educativos, a la ayuda espiritual y humana a los matrimonios y familias cristianas, a la promoción integral de la persona humana, especialmente de los más desfavorecidos a través de las obras misioneras y de caridad que ya tenemos y de otras que pueden surgir en el futuro, a la formación de sacerdotes, a la evangelización de la cultura, etc.

Todo esto con la más estrecha colaboración con los obispos locales, con los párrocos y los diversos responsables del clero diocesano para unirnos todos, según el carisma específico, en la tarea común de la nueva evangelización, pedida por el Santo Padre y tan urgente en una sociedad cada vez más expuesta a la secularización y a la pérdida de sus raíces cristianas. La situación es de tal gravedad para la fe hoy día, que no caben divisiones estériles. De hecho, apostolados como Juventud Misionera, Familia Misionera, las Escuelas de la Fe, los programas de formación familiar, los estamos enfocando de tal modo que se inserten de modo natural y espontáneo dentro del programa pastoral de las diócesis y parroquias, ayudando así a los párrocos en su misión apostólica. Además, tenemos todo ese campo de acción pastoral en un amplio territorio de misión que es la prelatura de Cancún-Chetumal (Quintana Roo, México) con los indios mayas. Para ella el Papa recientemente ha nombrado obispo prelado a monseñor Pablo Pedro Elizondo, un miembro de la Legión. Es para nosotros un lugar muy querido e importante tanto en la pastoral como en la labor de la promoción humana y cristiana en la sociedad.

--Usted encontró al Santo Padre Juan Pablo II desde que él realizó su primera visita a México en 1979 y durante sus numerosos años de estancia en Roma usted ha podido encontrarlo en numerosas ocasiones, ¿qué nos puede decir sobre él?

--Padre Corcuera: Ya desde 1979 en que lo encontré por vez primera, siendo aún un seglar universitario, cuando yo colaboraba con el padre Maciel en la organización de esa primera inolvidable visita de Juan Pablo II en México, me impresionó profundamente su espíritu de oración y al mismo tiempo su cercanía, su capacidad para contactar con la gente, su gran humanidad y esa profundidad espiritual que refleja su semblante. Estábamos todos emocionados al poder verlo tan de cerca, hablar con él, escucharlo. Era la primera vez que un Papa visitaba la tierra mexicana, sellada por la sangre de tantos mártires y todo el pueblo, en masa, acudió a ver, si era posible en persona al Vicario de Cristo. El pueblo mexicano, en palabras del mismo Juan Pablo II, posee el «carisma de amor al Papa». En aquella primera ocasión lo pudimos comprobar de modo tangible. Y si el Papa cautivó al pueblo mexicano, Juan Pablo II quedó profundamente cautivado por la fe sencilla de este pueblo. Fue este primer viaje apostólico el que ha inspirado y alentado en un cierto sentido todos los años siguientes de su pontificado, según testimonio personal del mismo Papa en su libro «¡Levantaos, vamos!» (Cf. últimos párrafos del libro en el capítulo primero, «La vocación»). En México confirmó su idea de ser un peregrino del amor a través de sus viajes apostólicos.

Luego, llegando a Roma, primero como estudiante y luego como rector de nuestro colegio, en diversas ocasiones he podido encontrarlo de cerca y hablar con él. Cuando el padre Maciel cumplió 80 años, lo invitó a comer y tuve la gracia de acompañarle, junto con el padre Brian Farrell, actual obispo, Secretario del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos. Recuerdo que en esa comida, el Papa comentaba con profunda satisfacción aquel viaje. Recuerdo también que cuando se organizó una actividad para festejar sus cien viajes apostólicos, en la Sala Clementina, en el Vaticano, nos pidieron ir para acompañarle y la orquesta de nuestro Centro de Estudios le tocó el canto titulado «Amigo». En eso momento, hubo un silencio y una emoción conmovedoras. Se revivían los recuerdos de aquel viaje histórico de este Papa, Magno, como ya algunos le llaman. Ante todo veo en su persona al Vicario de Cristo sobre la tierra, que guía la barca de la Iglesia a lo largo de la historia. Nuestro padre fundador nos ha enseñado a venerar, a amar al Papa y a todos los obispos en comunión con él. Éste es, de hecho, uno de nuestros grandes amores, junto con el amor a Cristo, a la Iglesia, a María y a las almas. Un amor que se traduce sobre todo en el cumplimiento fiel de sus deseos y en la adhesión cordial y práctica a su Magisterio.

--¿Muchos se preguntan qué va a hacer ahora el fundador? ¿Cuál es su relación personal con él?

--Conozco a nuestro padre fundador desde que era muy pequeño, cuando estudiaba en un colegio de Legionarios. Mi relación con él es muy sencilla, filial, impregnada de espíritu de fe. Veo en él a la persona que Dios eligió para fundar esta obra que es la Legión de Cristo y el Movimiento Regnum Christi. Alguien que ha dado toda su vida por Jesucristo, un sacerdote ejemplar y santo, apasionado por la Iglesia, lleno de devoción cariñosa a la Virgen María, totalmente entregado a la misión de evangelizar y de servir a sus hermanos, de amplios horizontes, capaz de perdonar con caridad cristiana, de un corazón manso y bondadoso.

¿Qué puedo decir de alguien que me ha enseñado lo más grande que tengo en la vida, que es poder amar a Cristo y querer dar toda la vida por Él y su Iglesia? Tengo un deber de gratitud que sólo podría expresarle siendo fiel a aquello que me ha enseñado siempre con sus palabras y ejemplo de un auténtico y verdadero padre que a todos nos ha dado su vida sin escatimar esfuerzo alguno. Realmente cuando le veo trabajar al ritmo que lleva, cuando le veo desgastarse con tanto amor a Dios, no puedo sino decir que aquí hay un hombre de Dios, un hombre que sólo piensa en cómo servir y cómo darse a los demás como sacerdote, a ejemplo de Cristo.

Para responder a su pregunta, la verdad es que no sé cuáles sean sus planes, pero conociéndolo de cerca, intuyo que no podrá «jubilarse», ni retirarse a vivir una vida tranquila. No puede estar tranquilo, siempre está buscando qué más puede hacer por el bien de los demás y la salvación de las almas. Seguirá cumpliendo, como hasta ahora, de modo infatigable su misión de fundador, de padre para con nosotros, alentándonos con su presencia, con su palabra, con su ejemplo; orientándonos con el respeto que siempre le caracteriza y exhortándonos a vivir en plenitud y fidelidad nuestro carisma propio al servicio de la Iglesia. Nosotros así se lo hemos pedido.

--Usted es mexicano y los católicos mexicanos son guadalupanos: ¿qué mensaje le deja María al nuevo director general de los Legionarios de Cristo?

--Padre Corcuera: Usted tiene toda la razón: los mexicanos somos profundamente guadalupanos. La presencia de la Virgen de Guadalupe ha marcado los grandes hitos de nuestra historia. Cuando peregrinos extranjeros visitan el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac se quedan admirados por esa devoción sincera, cálida, sencilla de los mexicanos a María.

El padre Maciel recibió la ordenación sacerdotal en el antiguo santuario de la Virgen de la Guadalupe. Y ahora una imagen suya preside siempre las ordenaciones de los sacerdotes Legionarios. Como le he dicho, María constituye uno de nuestros grandes amores. Por ello, quisiera, ahora más que nunca, hacer mío el lema de Juan Pablo II, «Totus tuus, ego sum, Maria!». También tuve el inmenso don de ordenarme sacerdote, el 24 de diciembre de 1985, en nuestra parroquia de Guadalupe que el Papa Pío XII nos encomendó en Roma. Recuerdo que, acercándome al altar, levanté la mirada y vi sus ojos. Lo que haya habido de temor, se convirtió en confianza y paz, de seguridad y serenidad. Sus palabras de Madre; «¿Por qué tienes miedo, hijito mío?, ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre»?, se me grabaron más que nunca en mi corazón. Como ahora, no puedo decirle que no tengo temor, desde el punto de vista humano. Veo lo que es nuestro fundador, lo que es la Legión, y me siento muy pequeño. Pero Ella nos toma de la mano, nos guía, y con su bondad y suavidad dice que no hay nada que temer. Vamos de su mano. Cuántas veces el Papa, como en los momentos del atentado, nos ha dado el ejemplo de que Ella es quien nos protege, que el amor es más fuerte que el miedo, es más fuerte que el odio, que el rencor y que en cualquier tipo de mal. Por eso cuántas veces le hemos oído decir y exclamar al Papa en momentos difíciles y hasta dramáticos en la historia de la humanidad: «¡El amor es más fuerte!» «¡No temáis!» Quiero encomendarle a Ella mi ministerio sacerdotal y nueva misión para que sea Ella la que inspire y aliente mi servicio a nuestra congregación y a nuestra Iglesia.