Los emigrantes y los refugiados menores de edad

Por el cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid

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MADRID, sábado, 16 de enero de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha enviado el cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid, con motivo de la Jornada Mundial de las Migraciones, que se celebra el 17 de enero.



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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

      Al acercarse la celebración de la próxima Jornada Mundial de las Migraciones, el domingo 17 de enero, el Papa Benedicto XVI nos invita a acoger generosamente a los emigrantes y refugiados menores de edad y a reflexionar sobre su dolorosa condición. Hay que reconocerles los derechos fundamentales de la persona de la misma manera que se reconocen al adulto, pues se ha de salvaguardar siempre el interés superior del menor.

      Los trabajadores inmigrantes y los refugiados, al establecerse quizá  definitivamente entre nosotros, reagrupando a sus familias o formando nuevos hogares, han alcanzado una significativa presencia. Nuestra Iglesia, que vive y obra profundamente inserta en la sociedad madrileña y solidaria con sus aspiraciones y sus dramas, se sabe especialmente llamada a convertir nuestra sociedad en el espacio acogedor en el que se reconozca la dignidad de los trabajadores extranjeros.

      Por todo ello, como en ocasiones anteriores,  me dirijo a cuantos constituimos la Iglesia Católica en Madrid

-comunidades parroquiales, movimientos, comunidades educativas, familias inmigrantes y madrileñas en general-  y a todos los hombres de buena voluntad, amantes de la justicia y de la paz, para invitaros a asumir con generosidad la acogida y el servicio no sólo de los hombres y mujeres inmigrantes y refugiados, sino también, y en especial, de sus hijos menores, sin olvidar a los menores no acompañados. Nuestra comunidad eclesial ha de poder ser  estimada, con toda verdad, como casa común y escuela de comunión, en la que cada persona es valorada y promovida por su condición de hija de Dios, que constituye su cualidad más excelente y más real.

      Os invito, pues, a todos a luchar contra la rémora de la mentalidad, los prejuicios y los hábitos contrarios a esta ley de la acogida del hermano; os invito a ejercitar el diálogo y la comprensión. "Dios es Amor que salva, Padre amoroso que desea ver cómo sus hijos se reconocen entre ellos como hermanos, responsablemente dispuestos a poner los diversos talentos al servicio del bien común de la familia humana. Dios es fuente inagotable de la esperanza que da sentido a la vida personal y colectiva. Dios, sólo Dios, hace eficaz cada obra de bien y de paz" (Benedicto XVI, Mensaje Jornada Mundial de la Paz, 2006).

      Los pastores y los educadores cristianos particularmente deben empeñarse en ello. No desfallezcamos en la tarea. Creemos y desarrollemos una cultura madura de la acogida, que facilite procesos de auténtica integración de los menores inmigrantes y refugiados y sus familias, acogidos legítimamente en el tejido social y cultural de nuestro pueblo, y que nos estimule a contemplar con más hondura a la persona humana, salvaguardando la dignidad del hombre en las relaciones sociales, laborales y económicas. "Sólo lo haremos posible si acogemos las diferencias culturales como ocasión de encuentro y de diálogo en el respeto de las diferencias" (Juan Pablo II, Mensaje Jornada Mundial de las Migraciones, 1999). Acojamos cada día con renovado frescor el Don de la caridad que Dios nos ofrece y de la que nos hace capaces.

      En España todos los menores, con independencia de su origen e incluso de su situación legal, tienen garantizados los derechos fundamentales de la educación, sanidad, ayudas, formación profesional... Pero hemos de ir más lejos. Asumamos plenamente nuestro compromiso de comunión, de justicia, de solidaridad y de paz..., expresado en gestos concretos, sencillos y constantes. Es el camino para que todos y cada uno de nosotros, y de modo especial los menores inmigrantes y refugiados podamos crecer con equilibrio humano y espiritual.

--Dirijo esta invitación, en primer lugar, a los jóvenes, en este año de preparación a la Jornada Mundial de la Juventud. Cread espacios de encuentro en orden al reconocimiento y enriquecimiento mutuos en la familia, en la comunidad cristiana, en la escuela, entre los amigos, en el trabajo, en el deporte, en el tiempo de ocio. Estáis llamados a ser hombres y mujeres fraternos y solidarios, pacificadores, amantes de la vida, respetuosos con todos. Haced que caigan las barreras de la desconfianza, de los prejuicios y de los miedos que por desgracia existen.

Los que ahora son niños se fijan en vosotros y espontáneamente tienden a imitaros; tenedlo en cuenta. Con independencia de vuestro origen, sois la juventud de nuestro pueblo y de nuestras comunidades cristianas; dejad una estela digna de ser imitada. Dentro de pocos años, los jóvenes de hoy seréis los responsables de la vida familiar y de la convivencia en la ciudad. Con vuestra manera de vivir tenéis que manifestar claramente vuestra fe: creados a imagen y semejanza de Dios para amar, sólo nos realizamos plenamente cuando nos entregamos sinceramente a los demás. Confiamos en vosotros. Animaos. En nombre del Señor es posible llevar a cabo esta noble misión.

--Invito a las familias -inmigrantes y madrileñas- y especialmente a los padres y las madres: trabajad incansablemente en la educación de vuestros hijos. A veces se hace muy difícil, pero nunca podéis daros por vencidos. La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir. Si  la familia no se cierra en sí misma, los hijos van aprendiendo que toda persona es digna de ser amada gratuitamente y que hay una fraternidad universal entre todos los seres humanos. De este modo, juntos podremos hacer frente a los desafíos que nos plantea esta sociedad plural, urbana, compleja y cambiante.

Las familias inmigrantes también podréis encarar así el reto del desarraigo social y cultural. Vuestros hijos, reagrupados o nacidos aquí, serán ellos mismos y superarán también esa difícil situación culturalmente tan compleja con la que se encuentran, que a veces les lleva a no reconocerse  -como algunos han expresado-  ni en nuestra sociedad, ni en nuestras escuelas, ni en la comunidad cristiana, con un sufrimiento más doloroso que el que padecen los adultos, y que se hace especialmente hiriente en el ámbito escolar.

No perdáis vuestras raíces, pero sed lúcidos y realistas: el tiempo que habéis proyectado trabajar en España puede prolongarse más de lo que imagináis y sería una grave pérdida para todos prescindir de vuestros valores y desaprovechar la ocasión para un diálogo integrador so pretexto de que será por poco tiempo. Enriquecednos con vuestro patrimonio cultural y espiritual y juntos respondamos a la llamada de Dios a construir un mundo de justicia y de paz.

--Invito a los educadores: Trabajad para que la escuela sea verdaderamente el ámbito en el que todos los alumnos, con independencia de sus orígenes, crezcan día a día en el aprecio de sus compañeros, aprendan a convivir en la diversidad cultural y a respetarla. Ayudadles a abrir sus grupos, demasiado cerrados a veces sobre sí mismos. Enseñad a los jóvenes y adolescentes, vuestros alumnos, a superar las actitudes de mera tolerancia y valorar el auténtico respeto y la amistad, para que pueda crecer en ellos la estima de los valores culturales y religiosos del otro y el sentimiento de pertenencia a una comunidad. Y en cuanto a las familias inmigrantes que tienen hijos en edad escolar, facilitadles la necesaria información sobre los programas de escolarización, procurad el acercamiento efectivo de la escuela a sus expectativas respecto a la educación de los hijos, a sus problemas, a sus valores y no olvidéis ofrecerles la  clase de religión y moral católica prevista en la programación escolar. Es vital para facilitar su incorporación y participación en la escuela y en las asociaciones de padres.

   Antes de concluir, quiero expresar mi aprecio a cuantos trabajáis desde la Delegación Episcopal de Migraciones o en relación con ella. Os agradezco el compromiso, la competencia y la solicitud con que, en un ámbito social hoy día tan complejo y delicado, lleváis a cabo la misión que os he confiado: ofrecer apoyo a quienes, por libre elección o por necesidad, han dejado su país de origen y se han establecido entre nosotros. Hago extensivo mi agradecimiento a quienes desde las parroquias y asociaciones apostólicas, guiados por la fe y la caridad, salen con tanta generosidad al encuentro de estos hermanos nuestros, y de modo especial de los menores inmigrantes y refugiados.

Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, que, presente en las bodas de Caná, estaba atenta a la vida y a las personas y colaboraba en el crecimiento de la fe de los discípulos en Jesús y a la revelación del amor de Dios, vele maternalmente sobre nosotros y nos ayude a permanecer en nuestra vocación y compromiso y a comprender las dificultades de quienes están lejos de su patria.