Los horóscopos y demás agüeros

Reflexión desde una advertencia de Francisco papa

Roma, (Zenit.org) José Antonio Varela Vidal | 1185 hits

Días atrás, el papa Francisco recordó que la salvación no está en los brujos, ni en los magos, y menos aún en videntes. Ha dicho aquello porque es consciente de que esta realidad late muy fuerte en la vivencia mágico-religiosa de muchos creyentes, complicando las cosas al momento de crecer en la fe. Quizás se refería también a los que leen y dependen de los horóscopos…

¿Qué sería de algunos si no existieran los horóscopos? Este tipo de adivinaciones han acompañado a la humanidad casi desde su inicio; los descifradores de las estrellas (astrólogos) siempre conseguían trabajo rodeando a monarcas, califas y quizás a algunos papas.

No había navegante o jefe militar que se aventurara sin saber en qué posición estaban los astros, y si su estrella favorita estaba lo suficientemente luminosa como para confiar en su protección. Hay quienes dicen que reyes y presidentes contemporáneos siguen teniendo este tipo de consultores, y en algunos casos más requeridos que sus propios ministros y asesores…

Es evidente que los astros tienen influencia en algunos fenómenos de la naturaleza como los océanos, que se alteran cuando la luna está llena; el cuarto creciente es buena época para la agricultura, y la luna nueva para la pesca. ¿Quién no ha tenido un animalito que en tiempos de luna llena se angustia, a veces aúlla, y hay que cuidarla para que no salga a la calle y se tope con otros perros vagabundos en busca de “celosas”?

La “mala suerte”

Realmente parace que los astros y las estrellas tienen una incidencia en toda la creación. Sería necio negarlo a rajatabla y aunque la astronomía (no confundirla con la astrología=desciframiento, adivinación) es una verdadera ciencia, esta no pretende decir –-ni un científico como Pitágoras o Galileo lo procuraron--, que tales posiciones o influencias afectan nuestro entorno (incluido el temperamento y el estado de ánimo).

Mucho menos aún, que pueda regir la “suerte” de los que nacieron en esos días o a marcar una personalidad rígida en quienes dieron su alarido de nacidos durante el “periodo” de tal o cual signo del zodiaco. Esto es finalmente una afirmación audaz y resulta una rentable charlatanería, especialmente si tomamos en cuenta que muchos de nuestros amigos que son gemelos o mellizos (nacer más próximos, imposible), son tan diferentes y disímiles en casi todos los casos: agua y aceite los llaman algunos; luz y sombra, otros.

Esto lo hemos constatado los que conocemos tales casos excepcionales de la naturaleza, ya que acostumbran a tener aficiones y gustos opuestos, temperamentos antagónicos, y hasta “suerte” contraria.

Vivir sin aire

Volviendo a nuestra pregunta inicial, cabe suponer que muchos no “funcionarían” si los horóscopos desaparecieran por completo; fulana no saldría de su casa pues no atinaría a qué hacer sin el consejo del horóscopo; zutano no sabría qué color escoger ni qué número de la lotería comprar, ni a qué cábala rendirse.

Por otro lado, menganito sería una total inutilidad porque en el periódico, en la revista o en la radio no tendría trabajo, ya que no habrían consejillos ni advertencias que escribir e inventar; y ni qué decir de perengana, que andaría mordiéndose las uñas porque las ventas de su puesto esotérico bajaron y ya nadie compra ni perfumes ni dijes de la suerte…

Es decir, pobre del consumidor dependiente de estas “seguridades”, y también para el chino, el maya o el inca inventores de ciertos horóscopos para la venta masiva.

Es el mismo cuento para el Tarot, la lectura de la mano, del cigarro o de las hojas de coca y de los granos del café, entre otros negocios que se han convertido en parte de la sociedad del “cuentazo”. Es increíble cómo algunos pueden creer que su “suerte” se asemeje a los miles que nacen el mismo día en un país, lo que resulta risible si lo elevamos a la cifra mundial…

Aunque la Iglesia ha “tipificado” años atrás como falta, a la entrega y lectura de los horóscopos, estas costumbres siempre fueron consideradas como algo desacertado y su dependencia hasta pecado mortal. Es jugarle a Dios a dos caras: leo mi horóscopo o las cartas para asegurar mi futuro, y así tomar decisiones precavidas “por si Dios falla”.

La Biblia lo dice claramente en Deuteronomio 18, 10-12, y hay pasajes en los que Isaías desafía a astrólogos babilonios de la época por ser “adoradores de los cielos” (cd. Is. 47, 13-15).

Dios no es un azar

El creador no solo es lo contrario a la “suerte”, sino que es la Roca firme, el dueño de las vidas de los hombres, el que camina a su lado y el del salmo 139.

Entonces con tamaña seguridad y compañía, ¿para qué un horóscopo, un amuleto o un baño con hierba de ruda? ¿Por qué rechazar a Dios con tal desconfianza? Basta saber que “Él dispone todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rom. 8,28).

Conviene mirar más bien los astros -–incluidas las estrellas--, y rendirse con humildad ante el Creador, admirar su obra y agradecerle continuamente. Dios siempre se ha mostrado celoso, no hay razón para pensar que hoy no sienta lo mismo: celo para que no se sirva a dos señores, y para que la principal creatura lo ame sobre todas las cosas.

Es un Dios que vela para que el hombre lea y entienda sus enseñanzas, y no para que este gaste su plata y su dignidad en hacerse leer las manos o los horóscopos.