Los laicos, protagonistas de la nueva evangelización

Entrevista con Ramiro Pellitero, profesor de Teología pastoral en la Universidad de Navarra

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PAMPLONA, miércoles, 17 mayo 2006 (ZENIT.org).- El profesor de Teología Pastoral en la Universidad de Navarra, Ramiro Pellitero, acaba de editar un libro que lleva por título «Los laicos en la eclesiología del Vaticano II» (editorial Rialp, www.rialp.com).



En él se recogen textos de trece autores sobre la vocación y misión de los fieles laicos, a la luz del Concilio Vaticano II.

En esta entrevista concedida a Zenit, el autor muestra cómo se ha vuelto a descubrir el papel de los laicos como protagonistas en la evangelización y transformación de la sociedad.

--Podríamos empezar por cuestiones de lenguaje que pueden parecer obvias para los expertos, pero no para el profano en estos temas. La palabra «laicos» se usa en nuestros días para designar a los partidarios del laicismo. Se habla de «Estado laico», «escuela laica», etc.: una posición ajena o incluso enemiga de la religión. Supongo que aquí no se usa en ese sentido.

--Ramiro Pellitero: En efecto. El sentido al que usted se refiere (el del laicismo) se relaciona también con el término de «laicidad», cuyo contenido es más conciliable con la perspectiva cristiana: designa la cualidad de un Estado o una sociedad que, sin ser confesional, es respetuosa con la religión. Sin embargo ese sentido no es el único. En el libro no se habla de esos «laicos», que serían los políticos que se pronuncian ante la religión, sino de los cristianos laicos. Es decir: de aquellos fieles cristianos que viven en el mundo, y que en el seno de la sociedad civil están llamados a extender el mensaje del Evangelio.

--Por otra parte ¿qué es exactamente la eclesiología? ¿No bastaría referirse al «papel de los cristianos en la Iglesia» o algo así?

--Ramiro Pellitero: Hablar de los cristianos en la Iglesia sería correcto, pero confuso. Primero, porque aquí no se habla de los cristianos en general, sino de unos cristianos concretos, aunque sean la mayoría. Es decir, de aquellos cristianos que no son clérigos ni tampoco son miembros de la vida consagrada. Para abreviar, diríamos, de la gente de la calle, de los profesionales, de los padres y madres de familia, de los que se mueven en los ámbitos de la cultura y la política, etc.

Por otra parte, hablar de su papel «en la Iglesia», podría hacer pensar exclusivamente en las tareas eclesiásticas o al menos intraeclesiales: las parroquias, los seminarios, los conventos, etc. Es decir, un «mundo» algo distinto del mundo ordinario, del ambiente de la calle. Por eso se enfoca el tema desde la eclesiología, es decir, desde el modo de entender la Iglesia y su misión en estrecha relación con el mundo. Y tal como esa misión se entiende desde el Concilio Vaticano II.

--Con un poco de malicia, alguien podría preguntar si la Iglesia ha inventado ahora a los laicos porque los sacerdotes son pocos, o algunos no llegan a lo que tienen que llegar...

--Ramiro Pellitero: Los laicos, en el sentido que aquí hablamos, no los ha inventado la Iglesia, sino que existen desde los primeros cristianos. Hoy se sabe que el Evangelio se extendió por todo el Imperio Romano en muy poco tiempo gracias sobre todo a los «cristianos corrientes»: en las familias, entre los navegantes, los soldados, etc. Como dijo Juan Pablo II y ha repetido el Papa actual, todos los fieles estamos comprometidos para vivir y extender el mensaje del Concilio. En él se explicó que los fieles laicos son tan Iglesia como los clérigos o los que el Derecho canónico llama cristianos consagrados.

En la época actual de globalización tecnológica, se está dando una transformación de las culturas. Se presenta el multiculturalismo como ideal, pero esto tiene sus riesgos, si faltase el diálogo. Mientras Occidente se descristianiza, hay por todas partes una vuelta confusa a lo sagrado, entremezclada e incluso disfrazada por la idolatría práctica del poder o del dinero. Esto lleva a una visión desencantada y pragmática de la vida.

En esta situación los cristianos, y especialmente los fieles laicos, tienen una gran tarea por hacer. No han de conformarse con «ir tirando», o refugiarse en las iniciativas oficialmente católicas; sino que tienen una misión que realizar personalmente, junto con otras personas si lo desean (sean o no creyentes): con la coherencia entre su fe y su vida, con su actitud de diálogo y su búsqueda del amor y la justicia; con su participación en la vida cultural y política; con su atención especial a los más necesitados. Los fieles laicos están llamados a vivificar todas las realidades humanas con el espíritu cristiano. Esta fue la enseñanza constante del Fundador del Opus Dei y de la Universidad de Navarra, Josemaría Escrivá de Balaguer. Tal es el tema que aborda este libro.

--¿Podría explicar, algo más detenidamente cómo entendió el Concilio Vaticano II la vocación y la misión de los laicos? ¿Qué relación hay entre la fe cristiana y las cosas de todos los días, las preocupaciones de la «gente de la calle»?

--Ramiro Pellitero: Antes me he referido a lo que el libro dedica su primera parte: al hecho de que, por el bautismo, todos los cristianos son «Iglesia». Dentro de la común vocación bautismal, se dan diversas condiciones y vocaciones. Los fieles laicos están llamados para llevar a Dios las realidades temporales (la familia, el trabajo, la cultura y los medios de comunicación, la política y el deporte, etc.). Esto lo hacen como «desde dentro» de la sociedad, en y por las realidades ordinarias que entretejen sus vidas. Los presbíteros han de respetar y promover esta vocación y misión de los laicos «en medio del mundo», para extender el mensaje del Evangelio, trabajando juntos en un ambiente de diálogo y corresponsabilidad. A su vez, los laicos, como todos los demás cristianos, deben colaborar en lo posible con las tareas de la parroquia, como catequistas, consejeros, etc.

--¿Dónde se puede encontrar, dicho con palabras de nuestro tiempo, esta nueva manera de ver la Iglesia, de la que usted habla? Por otro lado ¿qué consecuencias tiene todo esto?

--Ramiro Pellitero: El Sínodo de los obispos de 1987 se ocupó precisamente de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. De esto trata la segunda parte del libro. En ese Sínodo se examinaron muchas experiencias de la vida de los cristianos en todo el mundo, que dieron lugar a un vivo diálogo y a una rica reflexión sobre el tema. Como fruto del Sínodo, Juan Pablo II escribió [una exhortación apostólica], la «Christifideles laici», que recogió las conclusiones del Sínodo, junto con sus propias experiencias y reflexiones. En este libro se subrayan cuestiones importantes que allí se percibieron, anotadas por especialistas que intervinieron como peritos en el Sínodo.

Ante todo, se trata de la identidad propia del laico y su condición en la Iglesia y en el mundo. Esta identidad viene expresada por el Concilio como cristianos caracterizados por la «índole secular». Esto quiere decir que, para los laicos, las tareas en que están metidos cada día son parte muy importante de su vocación cristiana, no ajenas a ella. Por eso han de vivir una fuerte «unidad» (coherencia) en su vida, como fundamento de su misión. Hoy se tiene una conciencia cada vez más viva del papel de los «cristianos corrientes» para una nueva evangelización.

--¿Podría poner algún ejemplo de la falta de coherencia entre la fe cristiana y la vida?

--Ramiro Pellitero: Entre las manifestaciones fundamentales de incoherencia se puede ver la búsqueda del bienestar a toda costa, o el activismo desenfrenado en el trabajo, que llevan a olvidarse de los deberes con Dios y con frecuencia también del amor a los demás. Otra manifestación es, o puede ser, la comodidad en la educación de los hijos, y una vida de familia carente de «estilo cristiano», que no quiere decir hacer de la familia una sacristía, sino una escuela de virtudes humanas y cristianas. También es frecuente que el tiempo de ocio transcurra sin contar con Dios y los demás, o dedicado a un consumismo feroz, con olvido de la sobriedad y otras manifestaciones de la naturalidad cristiana en la vida social. Esto puede ocurrir precisamente los domingos y fiestas, cuando se olvida que son días para cuidar especialmente la relación con Dios (la Eucaristía), y la dedicación a los demás, comenzando por la familia y los amigos, sin olvidar a los más necesitados.

Habría que referirse asimismo a políticos que son incapaces de presentar los valores cristianos como servicio al bien común, empresarios que no viven la justicia social, editores y publicistas que se venden a lo que más vende.

--Entonces, en la práctica, ¿cómo pueden los laicos vivir su vocación y misión?

--Ramiro Pellitero: Los cristianos que viven en el seno de la sociedad civil y desempeñan ahí su apostolado, pueden encontrar en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá unas orientaciones muy valiosas para su tarea. Es lo que desarrolla la tercer parte del libro.

Ante todo, la Eucaristía ha de ser el centro y la raíz de la vida cristiana de los fieles laicos, como lo es para toda la Iglesia. Esto desemboca en lo que san Josemaría llamaba «alma sacerdotal y mentalidad laical»: todos los cristianos, y especialmente los laicos, necesitan saberse realmente sacerdotes. Con palabras equivalentes, han de ser mediadores entre Dios y los hombres, que ofrecen, por las manos de los presbíteros en la Eucaristía, su entera existencia como alabanza y acción de gracias a Dios, como intercesión por las necesidades del mundo y reparación por los pecados de todos los hombres. La realidad de las cosas, según la ve el cristianismo, es que el mundo fue creado bueno por Dios, pero ha quedado herido por el pecado. Cristo lo ha redimido con su entrega en la Cruz, y los cristianos están llamados a actualizar la obra de Cristo en sus vidas. La mayor sabiduría sigue siendo «la locura de la cruz». La imagen de Juan Pablo II, enfermo y anciano, rezando el Vía Crucis abrazado a la cruz habla por sí misma.

Para resumir la respuesta, me vienen a la memoria las palabras de Juan Pablo II al despedirse de España en 2003: «se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo».

--Este panorama parece muy elevado para los tiempos que corren. Los intereses parecen pegarse al terreno de lo práctico: solventar las necesidades más perentorias, arreglar los problemas que surgen cada día, buscar un mayor bienestar, etc. ¿No es la misión de los laicos un sueño bonito, pero irrealizable? ¿No exige un compromiso excesivo, que pocos querrán asumir?

--Ramiro Pellitero: Así sucedería ciertamente, si no fuera porque su vocación les capacita, ante todo para ser felices. Basta ver el entusiasmo que domina en las Jornadas mundiales de le Juventud. La misión cristiana es un servicio a la alegría del mundo. Una alegría que no es ingenua: no olvida las dificultades, pero sabe que cuenta con Dios. Desde ahí, los cristianos laicos pueden proponer el mensaje del Evangelio, como el medio más eficaz para solucionar los problemas de las personas y las crisis sociales de nuestro tiempo; como el mejor medio para buscar la paz y la justicia en las familias y entre los pueblos; como el modo mejor para construir, en diálogo con todas las personas de buena voluntad, una «civilización del amor».

Claro, todo esto, como usted sugiere, exige un alto nivel de compromiso. Compromiso de cada cristiano ante todo con Dios en la oración, único modo de responder día a día a la llamada divina, para realizar esa misión insustituible que a cada uno le corresponde. Compromiso consigo mismo, para no dejarse llevar por la comodidad de pensar que otros lo harán mejor que uno. Compromiso con los demás, puesto que la tarea cristiana se lleva adelante «en familia», y en el seno de la entera familia humana. Compromiso, por tanto, con todas las personas, particularmente los más necesitados, los que presentan «miserias» en su cuerpo y en su espíritu: los pobres, los enfermos, los abandonados, y también los que no saben dar o recibir amor, que son, según Teresa de Calcuta, los más pobres entre los pobres.

Como ha querido recordar Benedicto XVI en su primera encíclica, la misión de los cristianos es, en la medida en que viven y comunican el amor, la más grande revolución de todos los tiempos. Y es posible porque antes de dar, todos hemos recibido, o podemos recibir a diario, sobre todo en la oración y en los sacramentos, las energías necesarias para llevarla a cabo.