Los mártires resisten, jamás abandonan

Al paso de algunas noticias sobre la dimisión del pontífice

Málaga, (Zenit.org) Isabel Orellana Vilches | 2112 hits

Por tercera vez en estos días no me resisto a comentar afirmaciones que gratuitamente se vierten sobre la histórica decisión tomada por Benedicto XVI. Hay quienes piensan que en ella se trasluce el peso de un martirio fraguado en la sombra por tantos difíciles momentos que han jalonado sus ocho años de pontificado. Que la fortísima «presión» ejercida sobre su ministerio a todos los niveles ha originado este paso sin precedentes. Siempre barajando hipotéticas explicaciones, el análisis global de un hecho que desborda toda imaginación ha de contener por fuerza la impecable trayectoria espiritual y apostólica de este hombre de Dios. No hay seguidor de Cristo que no haya sufrido en su acontecer los envites del juicio ajeno, particularmente ácido cuando no se cumplen sus expectativas, las punzadas de la soledad y temblor que acompaña a la conciencia de indigencia ante la grandeza de un Dios que se revela en todo su esplendor con su infinita piedad y misericordia, así como el miedo y tentación de la duda ante la eficacia de la propia misión junto al sentimiento de indignidad al tener que encarnarla. Son aguijones, entre otros, que forman parte del itinerario hacia la perfección, pero no son los únicos.

Esta clase de martirio acontece en la soledad. Su carácter incruento no resta dramatismo a la situación, ni quita importancia a la libación personal que se efectúa a los pies de Cristo. Pero de esas circunstancias adversas, sostenidas en pulso invicto, se sale fortalecido por la oración y la gracia. Se consuma el martirio hasta el fin apurando el cáliz sin que planee sobre la mente la idea del abandono, menos aún cuando se está cerca de abordar el último sprint que media para abrazarse definitivamente con el Padre. Joseph Ratzinger, hombre de probada vocación y entrega, tiene una larga trayectoria martirial, que se inició mucho antes de que se convirtiera en Benedicto XVI, en la que se incluyen al menos algunos de los matices expuestos anteriormente. Su perseverancia e incansable labor por la gloria de Cristo y el bien de su Iglesia atestiguan una imponente fortaleza. No se le puede negar que no se haya curtido en las lides de la victoria espiritual sobre la negatividad y hasta el encono. Ha sorteado magistralmente toda forma de crítica despiadada sin caer derrotado por quienes se ensañaron contra él dando por hecho que ya era un icono con pies de barro. Sabía de sobra que la discrepancia que acompaña, incluso a quien no tiene notoriedad, no era en su caso más que una de las aristas que forman parte del camino de perfección. Por otro lado es oportuno recordar que uno de los triunfos de los mártires es que se considere su ofrenda como fracaso –y así se tilda su gobierno–, ya que ello les hace dignos herederos de Cristo cuya oblación incomprendida mereció ese mismo calificativo. En este maremagnum de dimes y diretes, bastaría una sola palabra del papa para echar por la borda tantas elucubraciones vertidas en los medios de comunicación y otros muchos mentideros. Pero es algo que no haría nunca, como no lo hizo antes por muchísimas razones todas ancladas en la genuina entrega a Dios de la que ha hecho gala en todo momento. Sea como fuere, el hecho de no defenderse, que no se olvide, implica también una ofrenda martirial. De ello fue maestra la doctora de la infancia espiritual Teresa de Lisieux.

Una cosa es comentar situaciones penosas e incluso preocupantes que puedan darse a su alrededor, explícitamente señaladas por el papa, y otra colegir de ello que son las causantes de su dimisión. Es bien sabido que los vaivenes dentro de la Iglesia forman parte de su historia. Más peligroso es para un seguidor de Cristo lo que brota del interior que lo proveniente de fuera; lo dice el evangelio. Al interior hay que temer. Ninguna razón externa, por controvertida que sea, podría derrocar la férrea determinación a ofrecer la vida con todas sus consecuencias dulcificándola, por ejemplo, con una huida a tiempo, pervirtiendo con ello la radicalidad evangélica. ¿Alguien sigue pensando que un pontífice así podría haber sostenido la Iglesia como Benedicto XVI viene haciendo? ¿De dónde se extrae la idea de que abandona la silla de Pedro inducido por instancias externas a él? Es el poderoso ejercicio de una altísima responsabilidad el que cuenta en una decisión, largamente orada, cuando detecta impedimentos personales –no espirituales– para ejercer su ministerio con la presteza concebida por él.

En la misa con la que dio inicio a su pontificado señaló: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad». Ya entonces apuntaba a la imperiosa unidad de la Iglesia, reconocía hallarse bajo el influjo del «abandono», compartido con todo el mundo, por la muerte de Juan Pablo II. Y con ejemplar humildad aludía a la imponente misión que recaía sobre sus hombros con emotivas palabras sintiéndose «débil siervo de Dios», consciente de que tenía sobre sí una complejísima tarea: «asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana». En aquel preciso momento hizo notar que «nunca podría soportar la tarea él solo». Poderosamente conmovido por la elección de la que había sido objeto, no hallaba más salida que invocar la asistencia de los «santos», señalando que el hecho era una «maravillosa experiencia» con la que nuevamente se ponía de manifiesto que «la Iglesia está viva». ¡Qué alcance tienen ahora manifestaciones que forman ya parte de su vida y de la historia! No cabe dudar de que ese programa inicial que se trazó de «ponerse, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor» y dejarse «conducir por Él» han configurado un pontificado excepcional. Ahora abre el paso a otro sucesor para, tal como soñó e hizo público en aquella primera misa, se «ponga en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida». Por esos páramos de pobreza, desnudez, soledad, hambre, abandono, desamores… ha transitado el papa que conoce el alcance de la vida martirial en carne propia y seguirá alumbrándolos con su oración, porque el buen pastor jamás abandona a su rebaño. Antes bien, se pone a la cabeza del mismo dispuesto al sacrificio. Para ello sigue contando, como todos, con la gracia que le basta.