Los obispos no somos príncipes

Reflexiones del obispo de San Cristobal de las Casas

San Cristóbal de las Casas, (Zenit.org) Felipe Arizmendi Esquivel | 926 hits

La gran mayoría de los obispos mexicanos procedemos de clase humilde; desde nuestra infancia hemos estado acostumbrados a la austeridad y a una vida simple, como fue en el Seminario. Muchos obispos viven en diócesis pobres, conviven con el pueblo y no le ponen precio a su servicio en las comunidades. Comemos lo que nos ofrecen, muchas veces un sabroso caldo de pollo de rancho, con tortillas calientitas; en algunos lugares ni cuchara usan y nos adaptamos a la realidad, sin exigir privilegios. Nuestro pueblo nos atiende con todo su corazón y nos ofrecen lo mejor que tienen, dentro de sus limitaciones. En algunos casos, quisiera no aceptar una moneda de diez pesos, unos huevitos que me lleva una pobre mujer, frutas o verduras, no por desprecio, sino porque en su pobreza nos dan lo que ellos necesitarían para su alimento. El amor entre el pueblo sencillo y su pastor, sostenido por la fe, es algo que nos alienta y sostiene. Nos dejan a veces su camita, para que podamos pernoctar, aunque ellos se acuesten en el suelo; y si no aceptamos, se sienten rechazados.

Sin embargo, es real la tentación de subir de categoría social y de considerar como “normal” que se tome en cuenta nuestra jerarquía. Algunos laicos de buena posición social nos comparten sus bienes, nos ofrecen banquetes en los que, quienes procedemos de ambientes rurales, no sabemos ni usar los diferentes tipos de cubiertos, y existe el peligro de considerarnos algo así como “príncipes”, con una serie de derechos para una vida muy holgada, semejante a la de los líderes mundanos. Podemos olvidarnos de nuestras raíces y ubicarnos en una posición que no era la nuestra. Hay personas que se imaginan que la vida de los obispos está al nivel de los gobernadores, o al menos de los presidentes municipales de ciudades importantes.

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Al respecto, el Papa Francisco ha sido muy claro. Dijo a los nuncios, que colaboran con él para proponer candidatos al episcopado: En la delicada tarea de llevar a cabo la investigación para los nombramientos episcopales, estad atentos a que los candidatos sean pastores cercanos a la gente. Este es el primer criterio. Pastores cercanos a la gente. ¿Es un gran teólogo, una gran cabeza? Que vaya a la universidad, donde hará mucho bien. ¡Pastores! Los necesitamos. Que sean padres y hermanos, que sean mansos, pacientes y misericordiosos; que amen la pobreza, interior como libertad para el Señor, y también exterior como sencillez y austeridad de vida; que no tengan una psicología de príncipes. Estad atentos a que no sean ambiciosos, que no busquen el episcopado. Los que buscan el episcopado…, no, no funcionan. Y que sean esposos de una Iglesia, sin estar en constante búsqueda de otra. Que sean capaces de guardar el rebaño que les será confiado, o sea, de tener solicitud por todo lo que lo mantiene unido; de velar por él, de prestar atención a los peligros que lo amenazan, pero sobre todo capaces de velar por el rebaño, de estar en vela, de cuidar la esperanza, que haya luz y sol en los corazones; de sostener con amor y con paciencia los designios que Dios obra en su pueblo. Que los pastores sepan estar ante el rebaño a fin de indicar el camino, en medio del rebaño para mantenerlo unido, detrás del rebaño para evitar que nadie se quede atrás. El pastor debe moverse así”.

Y ante los obispos directivos del CELAM remarcó: “El Obispo debe conducir, que no es lo mismo que mandonear (sic). Los Obispos han de ser pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simpleza y austeridad de vida. Hombres que no tengan ‘psicología de príncipes’. Hombres que no sean ambiciosos y que sean esposos de una Iglesia sin estar a la expectativa de otra”.

COMPROMISOS

Ayúdenos a los obispos a vivir un estilo de vida sencillo y austero. Por favor, no nos mal acostumbren a otra forma de vida que no nos corresponde. Corríjanos, si es necesario, pero nos ayudarán más si lo hacen en una amistad cercana y sincera. Oren por nosotros.