Los obispos también tienen que convertirse

Conclusiones del primer Jubileo de estas características

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CIUDAD DEL VATICANO, 9 oct (ZENIT.org-AVVENIRE).- El primer Jubileo de los obispos, celebrado este fin de semana pasado en Roma, se recordará por dos motivos: el acto de entrega que pronunciaron ayer los prelados junto a Juan Pablo II para poner en manos de María a la humanidad del tercer y por las largas filas de obispos esperando confesar sus pecados individualmente en el sacramento de la confesión, que se verificaron especialmente el viernes pasado.



En el acto penitencial con el que los prelados comenzaron su Jubileo, el nuevo prefecto de la Congregación para los Obispos, el arzobispo Giovanni Battista Re, recordó que el obispo es ciertamente pastor, pero al mismo tiempo, cristiano como todos y necesitado de pedir perdón a Dios y de conversión.

Hemos realizado una especie de sondeo entre los obispos que han participado en este Jubileo sobre este argumento central del año santo. Monseñor Giovanni Battista Pichierri, obispo italiano de Trani-Barletta-Bisceglie, afirma: «Quien predica conversión, tiene que testimoniarla en primera persona». Y añade: «es un gesto más elocuente que mil sermones. Entre otras cosas --añade--, es un momento que asume un significado eclesial muy fuerte. Los pastores, al dar ejemplo de renovación interior, dan también sentido de seguridad a todo el pueblo de Dios».

«Creo que un obispo tiene los mismos problemas que los fieles --reflexiona el también obispo italiano monseñor Alberto Ablondi, de Livorno--. Me salvo como cristiano, no como obispo y, por tanto, también yo, necesito convertirme de mis pecados. Es más, cuanto más grandes son mis responsabilidades, más grandes pueden ser mis faltas».

De este modo, el «mea culpa» individual y comunitario de los obispos, se ha sumado idealmente a las peticiones de perdón pronunciadas por el Papa. Es una comparación que le viene espontáneamente a la mente a monseñor Arrigo Miglio, obispo de la diócesis italiana de Ivrea: «Al ver a Jesucristo y al compararlo con nuestra pobre humanidad uno se sonroja. Tenemos una gran responsabilidad frente a los sacerdotes y laicos. Sin querer, podemos hacer daño al ejercer nuestro gobierno. A veces pecamos de omisión, por ejemplo, cuando tenemos que hablar nos quedamos callados. Estamos aquí para pedir perdón por todas estas faltas».

Monseñor Eduardo Patiño Leal, un joven obispo mexicano, con menos de cuatro meses de ministerio (su diócesis, Córdoba, fue erigida en junio), añade: «Creo que tenemos que pedir perdón al Señor por todas las veces que, en el compromiso de evangelización, no hemos estado a la altura: inmovilismo, pereza pastoral, cesiones a los halagos del mundo. El año santo nos ofrece la ocasión para hacer borrón y cuenta nueva».

Esta es también la opinión de un obispo de India, monseñor Thomas Menamparampil, jefe de la diócesis de Guwahati (Assam). Los católicos son el uno por ciento con respecto a la población: «Somos como el grano de mostaza de la parábola evangélica --explica--. He venido a Roma porque des este encuentro con el Santo Padre y con nuestros hermanos los obispos nacerá un nuevo empuje para anunciar el Evangelio. Estoy seguro».

Mientras la larga fila avanzaba hacia la puerta santa, cantando las letanía de los santos, el presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, monseñor Joseph Fiorenza, dice: «Este es el espíritu del Jubileo: reconciliación con Dios y entre los hombres, ser instrumentos de paz en el mundo».