Los obispos vascos piden a ETA que se disuelva

Homilía conjunta de los obispos Asurmendi, Iceta y Munilla

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MADRID, domingo 26 febrero 2012 (ZENIT.org).- Los tres obispos vascos han firmado una homilía conjunta sobre el final del terrorismo, en la que han pedido a los etarras que busquen un “arrepentimiento verdadero” que les lleve a una “petición sincera” de perdón y, al mismo tiempo, han llamado a las víctimas de ETA a que ofrezcan ese “perdón sanador” a sus verdugos. Cada uno de los tres prelados ha dado lectura en su respectiva diócesis al documento titulado “Busca la paz y corre tras ella”.

En su homilía, los obispos vascos –Mario Iceta, de Bilbao; José Ignacio Munilla, de San Sebastián; Miguel Asurmendi, de Vitoria- citan las bienaventuranzas y a san Pablo para afirmar que “el que es de Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo”.

Los obispos recuerdan que Jesús “inaugura y posibilita un nuevo modo de relación humana” “es consciente de que para amar de este modo nuevo, es necesaria la renovación profunda de la humanidad”.

Afirman que “el misterio Pascual del Señor torna la herida en curación, el sufrimiento en gozo, la muerte en vida”. “Sus heridas asumieron las nuestras y de ellas, en Cristo, renace una nueva vida llena de vigor y de esperanza”.

Receurdan la aparición de Cristo resucitado a los discípulos a los que muestra sus heridas, capaces de curar. “Con Cristo –afirman- es posible que el leño viejo y seco pueda reverdecer. Se nos ofrece la posibilidad de que el odio, la violencia y la división sean vencidos por el amor, el perdón y la reconciliación”. “Cristo es la Víctima pascual, y en Él, las víctimas son abrazadas por el amor de Jesús y asociadas para siempre a su propia entrega, haciendo que su sangre no sea inútil. Su memoria, así como el acompañamiento a sus familias, constituyen una exigencia de la justicia, así como un testimonio perenne de gratitud y reconocimiento y un elemento ineludible para la reconciliación social”.

“La muerte, en Jesús, se transforma en vida. Es la esperanza cierta que puede llenar de paz y serenidad a quienes han padecido en carne propia la herida profundamente injusta del terror y de la violencia. En Cristo encontramos nuestra paz y también el sufrimiento y la muerte encuentran un motivo para esperar y ser curados, restituyéndonos a la vida nueva de Dios”.

“Con Él podemos volver la mirada sobre el relato de nuestra historia, y unidos a Él podremos reconocer el daño causado, valorar críticamente nuestras acciones y omisiones, restablecer la justicia y abrirnos al perdón y a la reconciliación”.

“Los cristianos de nuestras diócesis, acompañados por sus pastores, han realizado un largo recorrido en el servicio de la reconciliación, mediante múltiples y variadas iniciativas, con la conciencia de estar ejerciendo un ministerio fruto de la voluntad y el envío por parte de Dios, que al mismo tiempo responde a una necesidad de nuestra sociedad”.

“La Iglesia tiene por cometido primordial anunciar esta gracia que exhorta a la conversión profunda y a acoger y ofrecer el perdón en el camino de la reconciliación”.

“En esta nueva etapa –afirman los obispos--, la Iglesia quiere renovar su misión y compromiso de ser servidora de reconciliación”.

“El anuncio por parte de ETA del final definitivo de toda actividad violenta ha sido acogido por nosotros y por la sociedad con satisfacción y esperanza --señalan--, pero continuamos deseando y demandando su definitiva desaparición. Tras el cese de todo lo que amenaza la integridad física o moral de las personas, los senderos de la verdad y de la justicia constituyen el itinerario para una reconstrucción moral y social, que garantice una convivencia en paz, digna y respetuosa”. “Particularmente –subrayan- el arrepentimiento y el perdón son necesarios allí donde las agresiones del terrorismo y de toda clase de violencia o injusticia han abierto heridas profundas. Pedimos a Dios que quienes han dañado y ofendido al prójimo sientan su llamada al arrepentimiento verdadero y a la petición sincera de perdón”.

“Cristo nos enseña a perdonar y por el don del Espíritu se nos ofrece la capacidad de practicarlo. El perdón pedido y otorgado libera el corazón humano y nos hace semejantes a nuestro Padre misericordioso. Por eso, también rogamos a Dios que, a quienes han experimentado la agresión y todo tipo de violencia física o moral les conceda la gracia de poder ofrecer este perdón sanador y liberador que, sin anular las exigencias de la justicia, la supera”.

“El Señor nos convoca a todos, instituciones y particulares, a colaborar en el afianzamiento de una cultura de la reconciliación y de la paz promoviendo e impulsando el encuentro, el diálogo y la reflexión, actuando con sabiduría. Aprendamos a vivir en el respeto y aprecio mutuos, más allá de nuestros condicionamientos ideológicos, sociales o políticos para encontrarnos respetuosamente con quienes piensan o viven de distinta manera que nosotros, en una sociedad que es plural y compleja pero que quiere vivir en paz y prosperidad, mirando al futuro con esperanza”.

Y concluyen con una exhortación a sentirse “nuevamente enviados por el Señor a ser ministros de reconciliación, constructores de paz”.

Se puede leer la homilía completa en este enlace: http://www.zenit.org/article-41579?l=spanish.