Los Padres Camilos y Caritas, con los olvidados del tsunami en Tailandia

Han construido un moderno centro de salud

| 1240 hits

MADRID, miércoles, 11 junio 2008 (ZENIT.org).- Los Padres Camilos, de los primeros en llegar a la zona devastada por el tsunami en Tailandia, en 2004, junto a las Caritas de España y Suecia, continúan trabajando con dedicación en favor de los damnificados olvidados.

 Los 290 kilómetros de costa que van de Phuket, en el Sur de Tailandia, a Ranong, al Norte, conocieron la destrucción del tsunami que asoló zonas costeras de varios países asiáticos el fatídico 26 de diciembre de 2004, informa en su página web Caritas Española.

 Detrás de la primera línea de playa de esta zona eminentemente turística los bosques ocultan aldeas donde viven algunos de los más desfavorecidos de este país de contrastes, que a pesar de ser el gigante económico del Sureste Asiático tiene importantes bolsas de pobreza. Para los que vivían de la pesca y de la explotación de los árboles del caucho aquella catástrofe dio un vuelco a sus vidas al hacerles perder todo: casas, barcas y campos de cultivo.

Los Padres Camilos fueron de los primeros en llegar, desde la capital Bangkok, a esta zona afectada, situada en la diócesis de Suratami. A pesar de que la Iglesia Católica representa apenas el 3% de la población, instituciones como esta orden hospitalaria -presente en Tailandia desde hace 60 años-- tienen un gran peso en la vida social del país.

 Durante tres años y medio prestaron sus servicios médicos en la pequeña localidad de Bang Sak con una infraestructura muy modesta. Donde entonces había una gran carpa bajo la que se recibía a los pacientes hoy se levanta el moderno centro de salud San Camilo, recién inaugurado en marzo de este año, construido con ayuda de las Cáritas de España y Suecia, quienes han invertido 140.000 euros en su construcción.

Allí se atiende todos los días a 37 niños discapacitados, se dan cursillos a líderes locales que se ocupan de la prevención y tratamiento del virus vih causante del sida, así como a los afectados, y se coordinan varios proyectos, desde becas para niños hasta educación de salud dental en escuelas.

Uno de los servicios más interesantes de este ambicioso plan financiado con 800.000 euros por ambas Cáritas es la atención que dos equipos de clínicas móviles prestan en sus casas a 1.300 pacientes con diversas enfermedades crónicas.

Una de estas personas es Boonlua Madianim, un hombre de 60 años de apariencia tranquila, quien en su aldea de Bang Lan se sienta bajo el retrato del rey en el porche de su nueva casa construida con ayuda del programa de reconstrucción y rehabilitación de Cáritas a favor de los damnificados del maremoto.

Su vecino Pai Rot, de 46 años, fue operado del corazón hace un año y desde entonces el equipo de la clínica móvil sigue su evolución. Como muchos de los habitantes de estos villorrios, se dedica a extraer látex de su plantación de árboles de caucho, un laborioso proceso que requiere trabajar de noche soportando olores poco agradables.

Muy cerca de este lugar la señora Bun Ren, de 40 años, lucha a brazo partido contra un cáncer de mama para intentar sacar adelante a sus tres hijos. El proyecto de los Camilos le costeó una operación el año pasado y actualmente le paga el viaje que tiene que hacer con cierta frecuencia -cogiendo tres autobuses- al hospital de Son Kla, en el sur del país, donde recibe sesiones de quimioterapia.

"Nuestro principal trabajo está aquí, donde vive la gente", explica orgulloso el padre Paul Chetdchai, uno de los padres Camilos involucrados en este proyecto.

En estas aldeas visita también a dos niños que sufren de la malformación congénita de labio leporino. El primero de ellos, Niti Nat, tiene un año y lleva ya un seguimiento de 10 visitas. Ha tenido ya una operación y necesita al menos dos más.

En un poblado más al interior llega a una hacienda de explotación comercial del caucho, donde los padres del niño Chareankirt Pansak viven con otras dos familias en condiciones bastante precarias. Chareankirt tiene 11 años, es el segundo de seis hermanos, estudia el primer curso de secundaria en un internado de lunes a viernes y quiere ser mecánico. Tras tres operaciones su labio superior y el paladar están ya bastante recuperados, aunque como explica el padre Paul estos casos requieren un seguimiento regular hasta que llegan a los 18 años.

 Otro problema que pesa sobre estos habitantes de las zonas rurales es la pandemia del sida, un tema que parece estar rodeado de tabúes y mitos que hacen difícil que se hable abiertamente de cómo enfrentarse a él.

 Las cifras oficiales de Tailandia hablan de sólo 300.000 personas infectadas del virus del vih, lo que representaría un porcentaje muy pequeño para un país de casi 60 millones de habitantes, aunque son muchos los que piensan que estas estadísticas no corresponden a la realidad, sobre todo porque son pocos los que dan el paso de someterse a un análisis de sangre.

 En el centro de salud de San Camilo se encuentran 18 personas seropositivas que participan en un taller sobre vih/sida. Allí dan el primer paso de hablar abiertamente entre ellos de sus experiencias, se apoyan mutuamente y planifican cómo transmitir el mensaje a sus vecinos de aldea.

 Una de las monitoras que dirige el taller es Wan Pen Sompan, de 31 años, quien once años atrás descubrió que estaba infectada cuando murió su hijo pequeño y poco después su marido. Esta mujer valiente conoció el estigma social en sus propias carnes cuando los parientes de su marido la impidieron seguir entrando en la cocina y la obligaron a comer sola en un rincón.

 Wan Pen lleva varios años tomando la medicación anti-retroviral, que el Gobierno de Tailandia proporciona de forma gratuita a todos los afectados, y con una gran tenacidad ha demostrado a sus parientes y vecinos que puede llevar una vida normal. Desde hace tres años trabaja en la prevención de esta enfermedad y ayuda a levantar el ánimo de los que han sido infectados.