''Los papas no caen del cielo''

Algunas respuestas de Benedicto XVI que dan luz al hoy vaticano

Madrid, (Zenit.org) Redacción | 2101 hits

El 16 de abril de 2005, al cumplir 78 años, el cardenal Joseph Ratzinger comunicaba a sus próximos, “su familia”, la alegría por su próxima jubilación. Tres días después era papa y pastor de mil doscientos millones de fieles. “No es precisamente una tarea que uno vaya a reservarse para los días de la vejez, comentaba el autor de Luz del Mundo, el superventas al que ahora se vuelve para buscar las claves de la renuncia de Benedicto XVI. Peter Seewald, periodista bávaro, tiene una larga trayectoria de colaboración editorial con Joseph Ratzinger, a quien describe como responsable en parte de su reconversión al catolicismo.

“En realidad, yo había esperado tener por fin paz y tranquilidad. El hecho de que me viera de pronto frente a esa formidable tarea fue, como todos saben, un shock para mí. La responsabilidad es realmente gigantesca”, dice en el libro Benedicto XVI sobre su elección al pontificado.

Y comenta, no sin cierto fino humor, la imagen que se le vino encima: “Sí, me vino a la cabeza la idea de la guillotina: ¡ahora cae y te da! Yo había estado totalmente seguro de que ese ministerio no era mi destino, sino que entonces, después de años de gran esfuerzo, Dios me iba a conceder algo de paz y tranquilidad. En ese momento sólo pude decirme y ponerme en claro: al parecer, la voluntad de Dios es otra, y comienza algo totalmente distinto, nuevo para mí. Él estará conmigo”.

¿Qué estás haciendo conmigo?”

Y es de una inusitada transparencia y sencillez, lejos de grandilocuencias el relato de su paso por la llamada “habitación del llanto”, antes de aparecer en el mirador de San Pedro: “En realidad, en ese momento se está requerido por asuntos totalmente prácticos, exteriores. Hay que mirar cómo se las arregla uno con las vestiduras papales, y cosas así. Además, yo ya sabía que enseguida tendría que pronunciar algunas palabras en el balcón; de modo que comencé a pensar qué podía decir. Por lo demás, ya en el momento en que fui elegido había podido decirle al Señor con sencillez:'¿Qué estás haciendo conmigo?'. Ahora, la responsabilidad la tienes Tú. ¡Tú tienes que conducirme! Yo no puedo. Si Tú me has querido a mí, entonces también tienes que ayudarme. Digamos, pues, que en ese sentido yo me encontraba en una relación de urgido diálogo con el Señor, diciéndole que, si Él hace lo uno, tiene que hacer también lo otro'”.

Ante sus proyectos personales, opuestos a los cargos eclesiales, y el estremecimiento “ante lo que le sucede una y otra vez en contra de la propia voluntad”, afirma: “Así es, justamente. Cuando se dice 'sí' en la ordenación sacerdotal, es posible que uno tenga su idea de cuál podría ser el propio carisma, pero también sabe: me he puesto en manos del obispo y, en última instancia, del Señor. No puedo buscar para mí lo que quiero. Al final tengo que dejarme conducir'. De hecho yo tenía la idea de que mi carisma era ser profesor de Teología, y me sentía muy feliz cuando mi idea se hizo realidad. Pero también tenía claro que siempre me encuentro en las manos del Señor y que debo contar también con cosas que no haya querido. En ese sentido, sin duda fueron sorpresas para mí el ser arrebatado de improviso y no poder seguir más el propio camino. Pero, como he dicho, el sí fundamental implicaba también: estoy a disposición del Señor y, tal vez, un día tendré que hacer cosas que yo mismo no quiera”.

Las cifras no hacen al papa

Y relativiza los mil doscientos millones de católicos: “Por supuesto, esas estadísticas son importantes. Ellas señalan cuán extendida está la Iglesia y qué grande es realmente esta comunidad que abarca razas y naciones, continentes, culturas, hombres de todo tipo. Pero el papa no tiene poder en virtud de esas cifras”.

¿Por qué no?: “El tipo de comunidad que se tiene con el papa es diferente, y el tipo de pertenencia a la Iglesia también, por supuesto. De los mil doscientos millones hay muchos que no acompañan interiormente su condición. San Agustín lo dijo ya en su tiempo: hay muchos fuera que parecen estar dentro; y hay muchos dentro que parecen estar fuera. En una cuestión como la fe, o la pertenencia a la Iglesia católica, el 'dentro' y el 'fuera' están misteriosamente entretejidos. En eso tenía razón Stalin al decir que el papa no tiene divisiones ni puede mandar. Tampoco posee una gran empresa en la que todos los fieles de la Iglesia fuesen sus empleados o subordinados.

En tal sentido, el papa es, por un lado, un hombre totalmente sin poder. Por otro lado, tiene una gran responsabilidad. En cierta medida es el jefe, el representante, y al mismo tiempo el responsable de que la fe que mantiene unidos a los hombres sea creída, que siga estando viva y que permanezca intacta en su identidad. Pero sólo el mismo Señor tiene el poder de mantener a los hombres también en la fe”.

Para la Iglesia católica el papa es vicario de Cristo. ¿Puede usted hablar realmente por Jesús?: “En el anuncio de la fe y en la celebración de los sacramentos, cada sacerdote habla por encargo de Jesucristo, por Jesucristo. Cristo confió a la Iglesia su palabra. Esa palabra vive en la Iglesia. Y si asumo interiormente y vivo la fe de esa Iglesia, si hablo y pienso a través de ella, si lo anuncio a Él, entonces hablo por Él, aún cuando en detalles siempre puede haber debilidades, por supuesto. Lo importante es que no exponga mis ideas, sino que procure pensar y vivir la fe de la Iglesia, actuar con obediencia en virtud de la misión que Él me ha confiado”.

¿Infalible?

“¿Es el papa realmente 'infalible', en el sentido en que se transmite a veces por los medios? ¿Es un soberano absoluto cuyo pensamiento y voluntad son la ley?”. “Eso es erróneo –responde el papa--. El concepto de infalibilidad se ha desarrollado a lo largo de los siglos. Surgió frente a la pregunta acerca de si hay en alguna parte una instancia última que decida. El Concilio Vaticano I sostuvo, por fin, siguiendo una larga tradición que provenía desde los tiempos de la cristiandad primitiva, que existe una decisión última. No queda todo en la indefinición. En determinadas circunstancias y dadas ciertas condiciones, el papa puede tomar decisiones vinculantes últimas por las cuales queda claro cuál es la fe de la Iglesia y cuál no lo es.

Lo que no significa que el papa pueda producir permanentemente afirmaciones 'infalibles'. Por lo común, el obispo de Roma actúa como cualquier otro obispo que confiesa su fe, que la anuncia, que es fiel en el seno de la Iglesia. Sólo cuando se dan determinadas condiciones, cuando la tradición ha sido aclarada y sabe que no actúa de forma arbitraria puede el papa decir: ésta es la fe de la Iglesia, y una negativa al respecto no es la fe de la Iglesia. En tal sentido, el Concilio Vaticano I definió la capacidad de decisión última para que la fe conserve su carácter vinculante”.

Unidad en la verdad

“El ministerio de Pedro ¿garantiza la coincidencia con la verdad?. San Agustín lo expresó con la frase: 'Donde está Pedro, está la Iglesia, y allí está también Dios'”. “Esa frase no reza así –rebate Benedicto XVI- y no fue formulada por Agustín, pero ese punto podemos dejarlo aquí en suspenso. De todos modos, es un antiguo axioma de la Iglesia católica. Donde está Pedro, está la Iglesia. Por supuesto, el papa puede tener también opiniones privadas erróneas. Pero, como decíamos antes, cuando habla como pastor supremo de la Iglesia en la conciencia de su responsabilidad, no dice ya algo propio que se le acaba de ocurrir. En ese caso sabe que tiene esa gran responsabilidad y que, al mismo tiempo, está bajo el amparo del Señor, de modo que, en una decisión semejante, no conduce a la Iglesia por el camino del error sino que asegura su unidad con el pasado, en el presente y en el futuro, y sobre todo con el Señor, de esto se trata, y esto es también lo que sienten otras comunidades de fe cristiana”.

El menor entre todos

“En un simposio dijo que el papa debía 'considerarse y comportarse como el menor entre todos'”. “Así es, y también hoy lo considero correcto. El primado se desarrolló desde el comienzo como primado del martirio. En los primeros tres siglos, Roma era el lugar precedente y principal de las persecuciones de cristianos. Mantenerse firme ante esas persecuciones y dar testimonio de Cristo era la misión especial de la sede episcopal romana.

Se puede considerar como un hecho de la Providencia el que, en el momento en que el cristianismo alcanzó la paz con el Estado, la sede imperial se haya trasladado a Constantinopla, junto al Bósforo. Roma pasó así a una situación como de provincia. De ese modo, el obispo de Roma podía poner más fácilmente de relieve la autonomía de la Iglesia, su diferenciación respecto del Estado. No hay que buscar expresamente el conflicto, claro está, sino, en el fondo, el consenso, la comprensión.

Pero la Iglesia, el cristiano, y sobre todo el papa, debe contar con que el testimonio que tiene que dar se convierta en escándalo, no sea aceptado, y que, entonces, sea puesto en la situación de testigo, en la situación de Cristo sufriente. Es significativo que todos los papas de la temprana Iglesia fueran mártires. Ser papa no implica poseer un señorío glorioso, sino dar testimonio de Aquel que fue crucificado y estar dispuesto a ejercer también el propio ministerio de esa misma forma, en vinculación a él”.

Sin embargo, también ha habido papas que se dijeron: el Señor nos ha dado el ministerio, ahora, disfrutémoslo. “Sí, eso también forma parte del misterio de la historia de los papas”, responde escuetamente.

Contradicciones pero también mucha alegría

La disposición cristiana a la contradicción atraviesa toda su biografía como el dibujo constante de un tejido. Esas líneas fundamentales ¿influyen ahora en el modo como configura su pontificado? “Naturalmente, una experiencia tan larga implica también una formación del carácter, deja su impronta en el pensamiento y en la acción. Desde luego que no he estado siempre en contra por principio. Ha habido muchas hermosas situaciones de entendimiento. Cuando pienso en mi tiempo como vicario, si bien se percibía ya la eclosión del mundo secular en las familias, había sin embargo tanta alegría en la fe compartida, en la escuela, con los niños, con los jóvenes, que yo me sentía verdaderamente impulsado por esa alegría. Y así fue también en el tiempo en que fui profesor.

Mi vida entera ha estado atravesada siempre también por esta línea de que el cristianismo brinda alegría, da amplitud. En definitiva, la vida se haría insoportable siendo alguien que está siempre y sólo en contra. Pero al mismo tiempo estuvo siempre presente, aunque en diferentes dosis, el hecho de que el evangelio se opone a constelaciones de poder. Como es natural, esto fue especialmente drástico en mi infancia y juventud, hasta el fin de la guerra, A partir de 1968, la fe cristiana entró cada vez más en contraposición con respecto a un nuevo proyecto de sociedad, de modo que tuvo que hacer frente una y otra vez a opiniones que luchaban poderosamente por imponerse, Por tanto, soportar hostilidad y ofrecer resistencia --aunque una resistencia que sirva para sacar a luz lo positivo- son cosas que pertenecen a la vida cristiana”.

Noto que las fuerzas decaen

Usted tiene hoy 83 años, ¿De dónde saca la fuerza? “Ante todo debo decir que lo que acaba usted de enumerar es un signo de que la Iglesia vive. Contemplada sólo desde Europa pareciera que se encuentra en decadencia. Pero esta es sólo una parte del conjunto. En otros continentes crece y vive, está llena de dinamismo. La cantidad de nuevos sacerdotes ha crecido en los últimos años a nivel mundial, así como también el número de seminaristas. En el continente europeo experimentamos sólo un lado concreto, y no todo el gran dinamismo del despertar que hay realmente en otras partes y con el que yo me encuentro en mis viajes y a través de las visitas de los obispos.

Es cierto que, en realidad, todo eso exige a una persona de 83 años. Gracias a Dios hay muchos buenos colaboradores. Todo se elabora y se lleva a cabo en un esfuerzo común. Yo confío en que Dios me dará toda la fuerza que me hace falta para hacer lo necesario. Pero noto también que las fuerzas decaen”.

El papa podría enseñar algunas cosas también como entrenador de estado físico. “--El papa ríe--. No lo creo. Naturalmente, hay que organizar bien el tiempo y reparar bien en contar con suficiente descanso, de modo que, en las ocasiones en que a uno lo necesitan, esté presente de forma adecuada. En síntesis, hay que atenerse con disciplina al ritmo del día y saber para cuándo se necesita la energía”.

¿Recibe el papa por lo menos más ayudas y consuelos 'de lo alto' que, digamos, un común mortal? “Y no sólo de lo alto --replica--. Recibo muchas cartas de gente sencilla, de religiosas, madres, padres, niños, en las que me dan aliento. Me dicen: ...Rezamos por ti, no tengas miedo, te queremos. Y adjuntan también regalos de dinero y otros pequeños obsequios...”.

¿El papa recibe regalos de dinero? “No para mí personalmente --explica--, sino para poder ayudar a otros. Y me emociona mucho que gente sencilla me adjunte algo y me diga: 'Sé que usted tiene mucho que ayudar; yo también quiero hacer algo por ello'. En ese sentido me llegan consuelos de la índole más variada. También están las audiencias de los miércoles, con los diferentes encuentros. Me llegan cartas de viejos amigos, en ocasiones también visitas, aunque, como es natural, eso se ha hecho cada vez más difícil. Como siempre siento también el consuelo 'de lo alto', experimento al orar la cercanía del Señor en la oración, o en la lectura de los Padres de la Iglesia veo el resplandor de la belleza de la fe, hay todo un concierto de consuelos”.

¿Se ha modificado su fe desde que, como pastor supremo, es responsable del rebaño de Cristo? A veces se tiene la impresión de que, ahora, esa fe se hubiese vuelto de alguna manera más misteriosa, más mística... “Místico no soy –responde el papa sencillamente--. Pero es verdad que, como papa, se tienen muchas más ocasiones para orar y abandonarse por completo a Dios. Pues veo que casi todo lo que tengo que hacer es algo que yo mismo no puedo hacer en absoluto. Ya por ese solo hecho me veo por así decirlo forzado a ponerme en manos del Señor y a decirle: 'Hazlo Tú, si Tú lo quieres'. En este sentido, la oración y el contacto con Dios son ahora más necesarios y también más naturales y evidentes que antes”.

Dicho de forma profana: ¿hay ahora 'mejores conexiones' con el cielo, o algo así como una gracia del oficio? “Sí, a veces se percibe eso --reconoce--. Por ejemplo, en el sentido de: acabo de hacer algo que no puedo en absoluto por mí mismo. Ahora me abandono al Señor y noto que cuento con una ayuda, que se realiza algo que no proviene de mí mismo. En ese sentido se da sin duda la experiencia de la gracia del oficio”.

Los verdaderos adoradores

Juan Pablo II hablaba de la 'Oración al Espíritu Santo' y después se fue dando cuenta poco a poco de lo que significar cuando Jesús dice que los verdaderos adoradores de Dios son los que adoran a Dios 'en Espíritu y en verdad'. “Ese pasaje del Evangelio de san Juan, capítulo 4 –explica el papa--, es la profecía de una adoración en la que ya no habrá templo, sino que, sin templo exterior, se rezará en la comunión del Espíritu Santo y en la verdad del evangelio, en la comunión con Cristo; donde ya no se necesita más templo, sino la nueva comunión con el Señor resucitado. Esto sigue siendo siempre algo importante, porque representa un gran giro también desde el punto de vista de la historia de las religiones”.

Un mendigo frente a Dios

¿Y cómo reza el papa Benedicto? “En lo que toca al papa, también él es un simple mendigo frente a Dios, y más que todas las demás personas. Por supuesto que rezo siempre en primerísimo lugar a nuestro Señor, con el que tengo una relación de tantos años. Pero también invoco al Espíritu Santo. Tengo amistad con Agustín, con Buenaventura, con Tomás de Aquino. A esos santos se les dice: '¡Ayudadme!'. Y la Santísima Virgen es de todos modos siempre un gran punto de referencia. En este sentido me interno en la comunión de los santos. Con ellos, fortalecido por ellos, hablo entonces también con Dios, sobre todo mendigando, pero también dando gracias, o simplemente con alegría”, concluye Benedicto XVI.