Los primeros sacerdotes ordenados por el Papa Benedicto XVI

Les invita a transformar el mundo con los sacramentos de la Eucaristía y el perdón

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 15 mayo 2005 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ordenó este domingo de Pentecostés a los 21 primeros sacerdotes de su pontificado y les alentó a evangelizar el mundo con los sacramentos de la Eucaristía y del perdón.



En la homilía de la misa, celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano, el obispo de Roma trazó los rasgos característicos de la Iglesia, que «tiene que convertirse nuevamente en lo que ya es: tiene que abrir las fronteras entre los pueblos y romper las barreras entre las clases y razas».

«En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados», afirmó implorando una nueva efusión del Espíritu Santo que abra «esas fronteras que nosotros los hombres seguimos levantando entre nosotros».

Los presbíteros, si bien pertenecen a la diócesis de Roma, son de tres continentes: once de ellos son italianos, mientras que el resto son originarios de Bolivia (dos), Uruguay, Costa Rica, Perú, Irlanda, Rumanía, Kenia, Angola y Nigeria.

Se han formado en el Seminario Pontificio Romano Mayor (seis), en el Seminario diocesano «Redemptoris Mater» --surgido en Roma del itinerario recorrido por el Camino Neocatecumenal-- (nueve), y en institutos de derecho diocesano presentes en Roma --la Fraternidad Sacerdotal de los Hijos de la Cruz (uno), Hijos de Santa Ana (cinco)--.

El sacerdote más joven tenía 26 años mientras que el más anciano 55.

El Santo Padre invitó a los nuevos sacerdotes a transformar el mundo con los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, de los que se han convertido en ministros con la ordenación sacerdotal.

En nombre de Jesús, les explicó, «vosotros podéis decir: "éste es mi cuerpo", "ésta es mi sangre". Dejaos atraer cada vez en la santa eucaristía por la comunión de vida con Cristo», les recomendó Benedicto XVI.

«Considerad como centro de toda jornada el poder celebrarla [la misa] de manera digna. Llevad a los hombres de nuevo a este misterio. Ayudadles, a partir de ella, a llevar la paz de Cristo al mundo», añadió.

En esta misión, siguió aclarando, los nuevos presbíteros también tienen ahora «el poder del perdón».

«El sacramento de la penitencia es uno de los tesoros de la Iglesia, pues sólo en el perdón se cumple la auténtica renovación del mundo. Nada puede mejorar al mundo, si no se supera el mal», reconoció.

«Y el mal puede superarse sólo con el perdón --aclaró--. Ciertamente tiene que ser un perdón eficaz. Pero este perdón sólo puede dárnoslo el Señor. Un perdón que no aleja el mal sólo con palabras, sino que realmente lo transforma».

Tras la homilía, tuvo lugar la sugerente liturgia de la ordenación. Cada uno de los 21 diáconos se arrodillaron ante el Papa para que les impusiera las manos. Después pronunció la oración de ordenación.

Tras la celebración eucarística, el Papa se asomó a la ventana de su estudio para dirigir la oración mariana del «Regina Caeli» (que sustituye al Ángelus en tiempo de Pascua) constatando la sorpresa que le habían deparado los peregrinos: la plaza estaba prácticamente llena. Al menos cincuenta mil personas habían acudido a escuchar sus palabras.

Ante todo, pidió perdón --como buen alemán-- por haber llegado con algo de retraso a esta cita de mediodía a causa de la celebración de ordenaciones.

En su breve mensaje, puso en relación Pentecostés con la ordenación de los nuevos presbíteros, recordando que «sin el Espíritu Santo, la Iglesia quedaría reducida a una organización meramente humana, bajo el peso de sus mismas estructuras».

«Asimismo, por su parte, el Espíritu, en los planes de Dios, se sirve habitualmente de las mediaciones humanas para actuar en la historia. Precisamente por este motivo Cristo, que constituyó su iglesia sobre el fundamento de los apóstoles unidos alrededor de Pedro», añadió.

«¡Que la comunidad eclesial pueda permanecer siempre abierta y dócil a la acción del Espíritu Santo para ser entre los hombres signo creíble e instrumento eficaz de la acción de Dios! », concluyó.

Antes de despedirse de los fieles, al final de una larga mañana, el Papa dirigió un saludo en italiano y en alemán a los grupos presentes, en particular a miembros de la Comunidad de San Egidio procedentes de Alemania.