''Los que fueron brutalmente asesinados en los campos de concentración están en comunión misteriosa pero real con nosotros''

El cardenal Scola, al inaugurar el Memorial de la Shoah recordó que Dios se expuso comprometiéndose con la historia

Roma, (Zenit.org) Redacción | 1377 hits

El andén 21 de la Estación Central de Milán, de donde tantas personas partieron hacia los campos de concentración, fue el lugar elegido para inaugurar el Memorial de la Shoah, el domingo 27 de enero. En el acto estuvieron presentes el arzobispo de Milán, cardenal Angelo Scola, junto con las autoridades civiles, el rabino Alfonso Arbib, el presidente de la Fundación Memorial Ferruccio de Bortolo y muchos otros representantes de la comunidad hebrea y de la sociedad milanesa. A continuación la intervención del Cardenal Angelo Scola.

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Quiero agradecer intensamente, de mi parte y de la Iglesia ambrosiana, a través de las personas del presidente Ferruccio de Bortoli y del vicepresidente Roberto Jarach de la Fundación Memorial de la Shoah de Milán, a todos a los que se les ha quitado brutalmente la vida en los campos de exterminio, tanto hebreos como deportados políticos. Ellos están en comunión misteriosa pero real con nosotros. Nos lo recuerdan los supervivientes, los familiares, los amigos y tantos ciudadanos de buena voluntad de esta nuestra amada Milán.

Este Memorial, con las actividades vinculadas a él, dice a nuestra ciudad, y a todo el país, que la memoria no es un mero recuerdo sino la obra de edificación del presente.

No olvido las responsabilidades históricas de algunos hijos de la Iglesia frente a las trágicas injusticias realizadas contra los miembros del pueblo hebreo. El beato Juan Pablo II, en la histórica visita al Mausoleo de Yad Vashem en Jerusalén, afirmó con gran claridad que “la Iglesia Católica, motivada por las leyes evangélicas de verdad y amor, no por consideraciones políticas, está profundamente entristecida por el odio, los actos de persecución y las manifestaciones de antisemitismo dirigidos contra de los judíos por parte de cristianos, en cualquier período y en cualquier lugar”.

En la historia de Milán de los últimos decenios, no falta la documentación de innumerables gestos de caridad entre nuestros pueblos pero, como justamente subrayó el cardenal Jean-Marie Lustiger, uno de los más importante intérpretes del diálogo entre judíos y cristianos, no es el objetivo de esta sede subrayar la obra de los cristianos: “¿Cómo se podría evitar la tentación --quizá inconsciente - de autojustificarse?”. La actitud necesaria es otra: “tomar la herida del otro y (...) llevar el peso aceptando la propia responsabilidad”.

La Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II afirma: “Al investigar el misterio de la Iglesia, este Sagrado Concilio recuerda los vínculos con que el Pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham”.

Si por una parte esta afirmación convencida cierra el camino a cualquier oposición entre cristianismo y judaísmo, por otra pide también situarse con humildad frente a las diferencias, señalando con paciencia nuevos pasos necesarios de camino común.

En la coyuntura, a menudo dolorosa, de transición que la humanidad está viviendo, la unión entre hebreos y cristianos está llamada a una tarea inaplazable. Ser un terreno fecundo en el que pueda echar raíces y desarrollarse el encuentro, y compartir entre los miembros de todas las religiones y visiones, a partir de los otros hijos de Abraham, los musulmanes. Milán debe ser cada vez más, una ciudad de encuentro entre todas las fes religiosas y visiones del mundo. Para los hebreos y para los cristianos la lógica profunda de una relación auténtica entre culturas, civilizaciones y religiones, establecida según la verdad, implica cada vez más la autoexposición de los sujetos que son protagonistas porque --como ha recordado Fackenheim- el Dios de Abraham es un Dios que se ha expuesto comprometiéndose con la historia.

Traducido del italiano por Rocío Lancho García