Los religiosos, «signo de esperanza» en un mundo secularizado

Audiencia a los Oblatos de María Inmaculada en capítulo general

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CASTEL GANDOLFO, viernes, 24 septiembre 2004 (ZENIT.org).- Juan Pablo II considera que la vida de los religiosos debe ser un signo de esperanza para las personas que se cruzan en el camino de un mundo secularizado o que no ha escuchado hablar de Cristo.



«Testigos de la esperanza» es precisamente el lema del capítulo general de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada con cuyos participantes el Santo Padre se reunió este viernes en la residencia pontificia de Castel Gandolfo.

«Vuestra presencia, animada por un auténtico fervor religioso y misionero, tiene que ser signo y semilla de esperanza para quienes se encuentran con vosotros, ya sea en ambientes secularizados, ya sea en contextos de primer anuncio», reconoció el Santo Padre.

El Santo Padre dejó dos consejos en particular a los oblatos que en el capítulo han confirmado como superior general al sacerdote alemán Wilhelm Steckling, de 57 años.

Ante todo, les invitó a vivir «una renovada unión fraterna» para que la congregación sea como «una familia, cuyos miembros conforman un sólo corazón y una sola alma».

Con 4.440 oblatos de María Inmaculada (580 en formación) esparcidos en 67 países de los cinco continentes, el Papa reconoció que se trata de una «desafío comprometedor», pero «sumamente importante para la humanidad, llamada a recorrer el camino de la solidaridad en la diversidad».

En segundo lugar, el obispo de Roma alentó a los religiosos a continuar con su reflexión en estos momentos en los que el centro de gravedad de la congregación «se está moviendo hacia las zonas más pobres del mundo».

«Tomad opciones claras en virtud de las prioridades de vuestra misión --les recomendó--. Entre las exigencias prioritarias se plantea seguramente la atención permanente de la vida espiritual para vivir una fidelidad siempre renovada al carisma original».

«Es Dios, quien con la acción de su Santo Espíritu, permite a las familias religiosas responder adecuadamente a las nuevas exigencias recurriendo al don específico que se les ha confiado», recordó.

El ambiente del encuentro se caracterizó por la familiaridad que conferían dos elementos que confesó públicamente el Santo Padre.

Ante todo, expresó la devoción que siente por el fundador de esta congregación religiosa, san Eugenio de Mazenod (1782-1861), obispo de Marsella, quien fue canonizado por este mismo Papa hace casi diez años.

Asimismo, expresó la estima que siente por la congregación, que se caracteriza por dos adjetivos --«mariana y misionera al mismo tiempo»-- que han tenido un papel importante en la vida de Karol Wojtyla.

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