"Los ricos no deben descuidar su salvación, como si estuvieran condenados"

Palabras de Benedicto XVI en la introducción del rezo del Ángelus

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo 14 octubre 2012 (ZENIT.org).- A las 12 horas de hoy, Benedicto XVI se asomó a la venta de su estudio en el Palacio Apostólico vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro. Ofrecemos las palabras del papa al introducir la oración mariana.

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¡Queridos hermanos y hermanas!

El evangelio de este domingo (Mc. 10,17-30) tiene como tema principal la riqueza. Jesús nos enseña que es muy difícil para un hombre rico entrar en el reino de Dios, pero no imposible; de hecho, Dios puede ganar el corazón de una persona que posee una gran riqueza e impulsarla a la solidaridad y a compartir con los necesitados, con los pobres, es decir, a entrar en la lógica del don. Así, esta se interpone en el camino de Jesucristo, que --como escribe el apóstol Pablo--, "siendo rico, por ustedes se hizo pobre, a fin de enriquecerlos con su pobreza" (2 Co. 8, 9).

Como sucede a menudo en los evangelios, todo parte de un encuentro: como aquel de Jesús con un hombre que "tenía muchos bienes" (Mc. 10,22). Era una persona que desde su juventud observaba fielmente todos los mandamientos de la ley de Dios, pero no había encontrado aún la verdadera felicidad; y por ello le pregunta a Jesús cómo hacer para "tener en herencia la vida eterna" (v. 17) . Por un lado le atrae, como todo el mundo, la plenitud de la vida; y por el otro, acostumbrado a confiar en su propia riqueza, piensa que la vida eterna de alguna manera se puede "comprar", quizás observando un mandamiento especial. Jesús toma el profundo deseo que está en la persona --apunta el evangelista--, fija en él una mirada llena de amor: la mirada de Dios (cf. v. 21). Pero Jesús también entiende lo que es la debilidad de aquel hombre: es su apego a sus muchas posesiones; y por lo tanto le propone dar todo a los pobres, a fin de que su tesoro --y por lo tanto su corazón--, ya no esté en la tierra, sino en el cielo, y añade: "¡Ven y sígueme!"(v. 22). Entonces aquel, en lugar de recibir con gozo la invitación de Jesús, se va entristecido (cf. v. 23), porque no puede separarse de sus riquezas, que nunca le darán la felicidad y la vida eterna.

En este punto, Jesús da a sus discípulos --y también a nosotros hoy--, su enseñanza: "¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!" (v. 23). Ante estas palabras, los discípulos se asombraron; y más aún después de que Jesús añadiera: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios". Y, viéndolos asombrados, les dijo: "Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios" (cf. vv. 24-27).

Así dice san Clemente de Alejandría: "La parábola enseña que los ricos no deben descuidar su salvación, como si estuvieran condenados, ni deben echar por la borda la riqueza ni condenarla como insidiosa y hostil a la vida, sino tienen que aprender de qué modo obtener riqueza y ganarse la vida" (¿Qué rico se salvará?, 27, 1-2).

La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de gente rica que ha utilizado sus propios bienes de una manera evangélica, alcanzando incluso la santidad. Pensemos solo en san Francisco, en santa Isabel de Hungría o en san Carlos Borromeo.

Que la Virgen María, Sede de la Sabiduría, nos ayude a aceptar con alegría la invitación de Jesús, para entrar en la plenitud de la vida.

Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.