Los signos externos de devoción del celebrante

Columna de teología litúrgica dirigida por Mauro Gagliardi

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Por Nicola Bux*

ROMA, jueves 10 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- La fe en la presencia del Señor, en especial la eucarística, la expresa el sacerdote ejemplarmente con la adoración que se muestra en la reverencia profunda de las genuflexiones durante la Santa Misa y fuera de ella. En la liturgia postconciliar se reducen al mínimo: la razón aducida es la sobriedad; el resultado es que se han convertido en raras, o incluso apenas se esbozan. Nos hemos hecho avaros en gestos hacia el Señor; pero elogiamos a judíos y musulmanes por su fervor en el modo de rezar.

La genuflexión manifiesta más que las palabras la humildad del sacerdote, que sabe que sólo es un ministro, y su dignidad por el poder de hacer presente al Señor en el sacramento. Pero hay otros signos de devoción. Las manos elevadas en alto por el sacerdote son para indicar la súplica del pobre y del humilde: “Te pedimos humildemente”, se subraya en las plegarias eucarísticas II y III del misal de Pablo VI. El Ordenamiento General del Misal Romano (OGMR) establece que el sacerdote, “cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, y, en la forma de comportarse y de pronunciar las palabras divinas, debe hacer percibir a los fieles la presencia viva de Cristo” (n. 93). La humildad de la actitud y de la palabra es consonante con el propio Cristo, manso y humilde de corazón. Él debe crecer y yo disminuir.

Al pasar al altar, el sacerdote debe ser humilde, no ostentoso, sin complacerse mirando a derecha e izquierda, casi buscando el aplauso. En cambio, debe mirar a Jesucristo crucificado y presente en el tabernáculo: a Él se le hacen la inclinación y la genuflexión; después, a las imágenes sagradas expuestas en el ábside detrás o a los lados del altar, la Virgen, el santo titular, los demás santos. ¿Están allí para ser contemplados o sólo para decorar? Es en síntesis la presencia divina. Sigue el beso reverente del altar y, eventualmente, la incensación; el segundo acto es el signo de la cruz y el saludo sobrio a los fieles; el tercero es el acto penitencial, que hay que realizar profundamente y con los ojos bajos, mientras los fieles podrían arrodillarse – ¿por qué no? – como en la forma extraordinaria, imitando al publicano grato al Señor.

El sacerdote celebrante no alzará la voz, y mantendrá un tono claro para la homilía pero sumiso y suplicante para las plegarias, solemne si son cantadas. Se preparará inclinado “con espíritu de humildad y con ánimo contrito” a la plegaria eucarística o anáfora: es la súplica por definición y debe recitarse de modo que la voz corresponda al género del texto (cf. OGMR 38); el celebrante podría pronunciar con tono más alto las palabras iniciales de cada párrafo, y recitar el resto en tono sumiso para permitir a los fieles seguirle y recogerse en lo íntimo del corazón. Tocará los santos dones con estupor, y purificará los vasos sagrados con calma y atención, según la recomendación de los santos padres. Se inclinará sobre el pan y sobre el cáliz al pronunciar las palabras consagrantes de Cristo y en la invocación al Espíritu Santo (epíclesis). Los elevará separadamente fijando en ellos la mirada en adoración, y después bajándolo en meditación. Se arrodillará dos veces en adoración solemne. Continuará con recogimiento y tono orante la anáfora hasta la doxología, elevando los santos dones en ofrenda al Padre. El Padrenuestro lo recitará con las manos levantadas y no cogiendo de la mano a otros, porque esto es propio del rito de la paz; el sacerdote no dejará el Sacramento sobre el altar para dar la paz fuera del presbiterio, en cambio fraccionará la Hostia de modo solemne y visible, después se arrodillará ante la Eucaristía y rezará en silencio pidiendo de nuevo ser librado de toda indignidad para no comer ni beber la propia condenación, y de ser custodiado para la vida eterna por el santo Cuerpo y la preciosa Sangre de Cristo; después presentará a los fieles la Hostia para la comunión, suplicando Domine non sum dignus, e inclinado, comulgará él primero. Así será de ejemplo a los fieles.

Tras la comunión, el silencio para la acción de gracias se puede hacer de pie, mejor que sentado, en signo de respeto, o incluso arrodillado, si es posible, como hizo hasta el final Juan Pablo II, cuando celebraba en su capilla privada, con la cabeza inclinada y las manos juntas, con el fin de pedir que el don recibido le sea de remedio para la vida eterna, como en la fórmula que acompaña la purificación de los vasos sagrados; muchos fieles lo hacen y son ejemplares. La patena o copa y el cáliz (vasos que son sagrados por lo que contienen) ¿por qué razón no deberían ser “de forma encomiable” recubiertos por un velo (OGMR 118; cf. 183) en signo de respeto – y también por razones de higiene – como hacen los orientales? El sacerdote, tras el saludo y la bendición final, subiendo al altar para besarlo, levantará una vez más los ojos al crucifijo y se inclinará, y se arrodillará ante el tabernáculo. Después volverá a la sacristía, en recogimiento, sin disipar con miradas o palabras la gracia del misterio celebrado.

Así se ayudará a los fieles a comprender los santos signos de la liturgia, que es algo serio, en lo que todo tiene un sentido para el encuentro con el misterio presente de Dios (para profundizar: cf. mi reciente libro Come andare a Messa e non perdere la fede [Cómo ir a misa sin perder la fe, aún no publicado en España, n.d.t.], Piemme 2010).

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*Nicola Bux es profesor de Liturgia oriental en Bari (Italia) y consultor de las Congregaciones para la Doctrina de la Fe, para las Causas de los Santos, para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, así como de la Oficina para las Celebraciones del Sumo Pontífice.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]