Los sufrimientos del mundo recogidos en el Vía Crucis del Coliseo

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CIUDAD DEL VATICANO, 18 abril 2003 (ZENIT.org).- Ante los sufrimientos de un mundo desgarrado por la guerra, la violencia y la fragilidad de la naturaleza humana, Juan Pablo II presentó en el Vía Crucis de este Viernes Santo a Cristo, muerto y resucitado, como única respuesta y esperanza definitivas.



Una familia cristiana de Irak llevó la cruz entre la decimotercera y decimocuarta estaciones del camino de la cruz, que el Papa siguió sentado desde el Monte Palatino que domina el Coliseo sugestivamente para esta celebración, transmitida por numerosos canales de televisión de todo el mundo.

Estaciones antes, había llevado la cruz, con el rostro transido de dolor, Giuliana, la esposa de Carlo Urbani, el médico de la organización Mundial de la Salud en Italia, que alertó por primera vez al mundo sobre la existencia del síndrome respiratorio agudo severo, SARS, en Hanoi, y que murió a consecuencia de la enfermedad el 29 de marzo.

Una cruz inmensa de luz dividía en cuatro el imponente circo romano, mientras miles de peregrinos de todos los continentes seguían las meditaciones con una vela en la mano, respondiendo a las invocaciones en latín.

Al final, Juan Pablo II dejó a un lado el texto que había preparado para ofrecer una meditación espontánea en voz alta sobre el misterio central del cristianismo: la muerte y resurrección de Cristo, prenda de salvación para el ser humano.

Pronunció sus palabras, cuyo ritmo estuvo marcado por citaciones latinas de los himnos litúrgicos del Viernes Santo, lentamente, acompañándolas con gestos expresivos de la mano, tomándose el tiempo de encontrar los términos más apropiados en italiano.

La reflexión tuvo como palabras claves la exclamación litúrgica: «Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo».

«El hombre no podía inventar este misterio --dijo el Papa--. Sólo Dios podía revelarlo. El hombre no tiene la posibilidad de darnos la vida después de la muerte. En el orden humano, la muerte es la última palabra. La última palabra que viene después, la de la resurrección, viene de Dios. Por este motivo celebramos con un amor tan profundo estos tres días santos».

«Hoy, Cristo es depuesto de la Cruz y colocado en el sepulcro. Y mañana, en todo el mundo, en todo el cosmos, y en todos nosotros, será el día del profundo silencio. Silencio de expectativa: "Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo". Este árbol de la cruz que provocó la muerte al Hijo de Dios abre el camino hacia el día después».

«El día de la resurrección cantaremos: "Resucitó el Señor del sepulcro...". Esta es la sencillez y la profundidad de Dios en estos tres días pascuales. Os deseo a todos que los viváis lo más profundamente posible. Estamos aquí, como todos los años, en torno al Coliseo, símbolo que nos habla de tiempos pasados, de ese gran imperio romano, que se derrumbó, así como de esos mártires cristianos que dieron testimonio con su vida y con su muerte. Es difícil encontrar otro lugar en el que el misterio de la Cruz hable de manera más elocuente».

En el discurso que había preparado para la ocasión, pero que dejó a un lado, el Santo Padre exclamaba: «¡Cuántos hermanos y hermanas nuestros están reviviendo en su carne el drama del Calvario! ¡Qué numerosos son los "vías crucis" olvidados! Pienso en las trágicas imágenes de violencia, de guerras y de conflictos, que diariamente nos llegan desde tantos lugares; en la angustia y el dolor de individuos y de pueblos de todo continente; en la muerte por hambre y por privaciones de miles de adultos y de niños inocentes; afrenta de la dignidad humana, perpetrada por desgracias en ocasiones en nombre de Dios».

Y se preguntaba: «¿Podemos quedar indiferentes ante este desgarrador grito de dolor que se eleva desde tantas partes del planeta?».

En representación del continente americano y de sus sufrimientos, cargó con la cruz en dos estaciones del Vía Crucis, una laica colombiana de la diócesis de Bogotá. El drama de Oriente Medio fue recordado también con la presencia del franciscano (Orden a quien se le ha encomendado de manera especial al custodia de Tierra Santa) que también cargó con la cruz en dos estaciones.