Madre de ocho hijos: «Los niños te hacen olvidar la tristeza»

La experiencia de Maria Luisa De Rita: ser mamá, una vocación

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MILAN, 15 oct (ZENIT.org-AVVENIRE).- Ha tenido ocho hijos y los ha criado sin ayuda, ni siquiera de una niñera. María Luisa De Rita está casada desde hace cuarenta años con el ex presidente del Centro Italiano de Investigaciones Sociales (CENSIS) y recuerda que, desde niña, cuando jugaba con un montón de muñecas ha tenido la «vocación» --es el término que utiliza-- de tener muchos hijos. Constituye un caso raro en Italia, país que cuenta con uno de los índices de natalidad más bajos del mundo.



--¿De dónde le vino este deseo? ¿El ejemplo de su madre o de su abuela?

--No, mi familia no era numerosa. En este deseo ha influido también la fe, madurada en la adolescencia, gracias a los buenos encuentros. Recuerdo que dije al médico que me seguía en mis embarazos que, cuando estaba embarazada, me sentía una «colaboradora de Dios», una que lo secundaba en su creación.

--Evidentemente ha encontrado un hombre que estaba de acuerdo con usted...

--Totalmente. A decir verdad, cuando nos casamos nos dijimos que queríamos tener doce hijos...

--¿Cómo le ha cambiado la maternidad y las fatigas de esta gran familia?

--A mi me parece que me he hecho más alegre, porque cuando tienes muchos hijos alrededor te haces inevitablemente más alegre y más fuerte. Me considero una mujer muy afortunada; una
mujer, como digo a menudo, mimada por Dios.

--Está casada desde hace cuarenta años. ¿Qué les hace permanecer juntos todavía?

--Hemos partido de un amor sincero y profundamente arraigado. Luego, ciertamente hay que aprender a tener paciencia. Hubo un momento con el progreso de la carrera de mi marido, en el que comprendí que debía aceptar el quedarme un poco a un lado, permanecer casi en la sombra. Él tenía su trabajo y yo los niños que cuidar. No podía estar a su lado en sus éxitos y en sus viajes. Sí, quizá el secreto de las mujeres y de las madres «de antaño» consiste en aceptar estar en la sombra sin reivindicaciones. Y me parece una opción más difícil para las jóvenes de hoy que trabajan como el marido y acaban por entrar en competencia con él. Conozco parejas así y al observarlas me da un poco de pena el ver cómo a menudo, al final, están descontentos los dos y sin paz. Me entristece observar cómo huye de ellos aquella alegría que para mí es el objetivo de la vida.

--¿No se arrepiente por no haber podido culminar una carrera profesional?

--Yo trabajaba como periodista y escribo cuentos para niños. He seguido, aunque de manera limitada, estas actividades. No, no me arrepiento. No siento la amargura que se puede ver en algunas mujeres que han renunciado a todo por la familia.

--Hace cuarenta años, usted pudo elegir dedicarse casi exclusivamente a ser madre. ¿No cree que hoy es más difícil una opción de este tipo? ¿No se ven las mujeres obligadas, tanto económicamente como culturalmente, a trabajar fuera de casa?

--Es verdad, existen estos condicionamientos. Ahora bien, creo que la cuestión principal no se debe hoy al hecho de que el sueldo pueda ser insuficiente para una familia. Es que todos nos hemos acostumbrado a un tenor de vida muy elevado, y para mantenerlo en una familia hace
falta que trabajen los dos. Cuando nos casamos, mi marido ganaba muy poco pero no pensábamos en los sacrificios.

--Una opción muy difundida hoy es la de no querer hijos. ¿Qué diría a una pareja así?

--Que no saben la alegría que pierden. Veo a amigos que llegan a la paternidad a los cuarenta años y se derriten por el niño y se preguntan cómo no se han dado cuenta antes... temen los sacrificios y no saben que cuando se ama no hay sacrificio. O, quizá, detrás del hecho de no querer tener hijos se esconde un fondo de desesperación, debido a que el futuro aparece como nebuloso y oscuro. Ante una situación así, el miedo te detiene.

--De lo que les ha enseñado a sus hijos, ¿qué es lo que más satisfacción le suscita?

--La fe y el respeto por los demás. La fe, enseñada cada tarde, con el signo de la cruz y el Padrenuestro. Ciertamente, la fe es un don. Pero hay que pedirla. «Arrodíllate y reza», decía cuando les veía abordados por la duda. Este don hay que pedirlo.