María, la pasión y la resurrección de su Hijo

El gozo inefable de la Madre y el encuentro con el Hijo resucitado

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Padre Stefano Maria Manelli, FI*

ROMA, Sábado 7 abril 2012 (ZENIT.org).- Realmente, no hace falta reflexionar mucho para darse cuenta que la alegría pascual es avasalladora; es la alegría de la vida que avasalla la muerte; es la alegría del triunfo sobre la derrota; es la alegría de la inmortalidad sobre la caducidad; es la alegría de lo eterno sobre el tiempo.

Toda esta alegría trascendente y metafísica, histórica y meta-histórica, celeste y terrestre, relacionada con el evento divino y cósmico de la resurrección de Cristo ¿quién la tuvo antes? ¿Y quién podría ser capaz de tenerla en toda su plenitud transfigurada?

Una sola persona en el mundo podría estar en esta situación: María Santísima.

Ella sola, de hecho toda identificada con Cristo, totalmente cristificada, enteramente co-crucificada con el Hijo crucificado, ha vivido en una riqueza de fe sin igual la realidad del estar “muerta-con, sepultada-con, resucitada-con”, con Cristo como enseña el Apóstol de las gentes (Col. 3, 1-2).

El evangelio, por sí mismo no nombra a María Santísima entre las mujeres pías que fueron al sepulcro de Jesús. ¿Por qué ella habría debido ir? Su fe en la resurrección de Jesús era diamantina. Ella no necesitaba ver el sepulcro vacío como los otros. Ella era solamente la única que creía. Solo ella habría visto primero a su Hijo resucitado.

Escribe de hecho el biblista P. Pietrafesa: “La primera aparición de Jesucristo fue a su madre, aunque el evangelio calle sobre esto”. Lo mismo dice el biblista C. De Ambrogio, explicando que “el silencio del evangelio es un silencio de pudor”. Y subsiste al antiquísimo evangelio de Gamaliel (evangelio apócrifo), la primera descripción de la aparición de Jesús resucitado a su madre. La tradición de los santos padres, además --fuente también primaria de la fe, con la sagrada escritura--, nos ha transmitido esta verdad histórica y teológica de la primera aparición del Resucitado únicamente a su santísima madre. No podría ser de otra manera.

Contra quienes niegan ayer y hoy esta verdad, el ardiente san Ignacio de Loyola, reflexionando y meditando como simple cristiano, además que santo, afirmó con decisión que “solamente dudar de esta aparición de Jesús resucitado a su madre, sería una privación de la inteligencia”. 

Es obvio que una no aparición del Resucitado a su madre santísima, resultaría no solamente inexplicable, sino también irreconciliable con la más sana y humana realidad de las relaciones filiales de unión del Hijo con la madre y de aquel Hijo con aquella madre.

Si Jesús era el Hombre-Dios, es natural que la delicadeza y la finura de su naturaleza humana exigieran una atención especial hacia su madre, especialmente después del terrible momento del Calvario, que fue dolor y martirio para su corazón materno. Baste reflexionar un poco sobre esto y se entiende en seguida que para Jesús resucitado, aparecerse a su divina madre fue su primer impulso ardiente, fue el inestimable movimiento de su corazón y de la voluntad hacia su dilecta e indivisible corredentora.

Sobre esto, aún más autorizada es la palabra de Juan Pablo II que enseño que “el carácter único y especial de la presencia de la Virgen en el Calvario y su perfecta unión con el Hijo en el sufrimiento, parece postular una particular participación en el misterio de la resurrección (…) completando de tal manera su participación a todos los momentos esenciales del misterio pascual”.

De otro lado, justamente el sensus fidelium del pueblo de Dios siempre ha advertido como lógico y natural esta necesidad de que Cristo se apareciera sobretodo a su santa madre, a quien fue por toda la vida, socia inseparable en la obra de la redención universal.

Esta convicción “gana terreno –escribe el biblista F. Uricchio- con el pasar de los siglos, en todos los niveles, en la iglesia latina y en la comunidad oriental”, y añade que “era necesario que el triunfo del Hijo fuera anticipado a ella, así cercana a Él en el dolor, en la lucha y en el triunfo”. ¿Y quién podría imaginarse cómo sucedió este encuentro y lo que sucedió? No es lícito imaginarse fantasías sobre las cosas inefables. La resurrección de Jesús es un hecho divino, humano, cósmico, y lleva consigo una inmensa alegría, esa también divina, humana, cósmica.

La Virgen fue abundantemente plena de aquel gozo en el abrazo amoroso al Hijo resucitado, y seguramente se puede decir con san Pablo que ni ojo humano vio, ni oído oyó nunca, ni la inteligencia humana entendió nunca (…) lo que sucedió entre madre e Hijo en aquel encuentro. Se sabe --es verdad--, que hay siempre una proporción entre la alegría y el sufrimiento, y aún es cierto que Dios dará siempre con magnanimidad, y quiere recompensar “al ciento por uno” (…) lo que se hace por Él. Pero es verdaderamente imposible, en este caso, recoger la medida de la gloria probada por María Santísima con la aparición del Resucitado, porque cada medida respecto a ella es casi sin medida, y para decirlo con santo Tomás de Aquino, roza o toca el infinito.

Ciertamente si se piensa en la inconmensurable medida de las pruebas durante toda la vida de María entre sufrimientos e incomprensiones, en el silencio y de manera escondida, hasta las pruebas crueles de la pasión y muerte de su Hijo, ¿quién podrá decir cuán grande y desmedida habrá sido su alegría al encontrar personalmente a su Hijo resucitado?

Si además se piensa en la medida sin medida del amor de Jesús hacia su divina madre y a su necesidad de recompensarla de los horribles sufrimientos por ella sentidos para corredimir el universo, se podrá quizás intuir la inmensidad de la alegría inefable de la beata madre en el primer encuentro con su Hijo resucitado.

Si san Bernardino ha dicho que los dolores sufridos por la corredentora fueron tan grandes y terribles, que si fuera dividido entre todos los hombres de la tierra todos habrían muerto de inmediato, más aún se puede decir que si fuese dividida entre los hombres la alegría inmensa y sobrehumana experimentadas por la Virgen con la aparición de Jesucristo, igualmente todos los hombres habrían muerto abrumados por la alegría.

Esta parecería una exageración, y tal lo sería si se prescinde del misterio de la encarnación de Dios y de la redención universal que unen el cielo y la tierra, a Dios y los ángeles, el hombre y el cosmos, el tiempo y la eternidad, recapitulados todos en Cristo resucitado, alfa y omega, siempre unido a su madre María.

La luz celestial de la resurrección que reanimó el cuerpo de Jesús encerrado en la tumba y que provocó el milagro de la imagen impresa en la sabana santa, tiene que haber invadido el alma de la Virgen elevándola a la más sublime contemplación de todo el plan salvador de Dios, proyectado hacia el escaton de la resurrección final.

Si queremos gustar de su alegría pascual, es sobretodo y solamente a Ella, a su divina madre, a quien debemos pedir de poder participar, tan solo de un único punto: de su inefable alegría, la más pura y sublime, la más alta y profunda, matriz de todas sus otras alegrías en la tierra y en el cielo.

*Mariólogo y fundador de los Franciscanos de la Inmaculada.

Traducido del italiano por H. Sergio Mora