Marija Petkovic, genio femenino al servicio de la unidad con los ortodoxos

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DUBROVNIK, 6 junio 2003 (ZENIT.org).- Juan Pablo II presentó a sor Marija de Jesús Crucificado Petkovic, la primera beata croata, como una mujer «Conquistada por el amor de Dios», durante la celebración eucarística de su beatificación, que tuvo lugar en el puerto de Dubrovnik.



La religiosa, nacida en 1892 en el seno de una familia acomodada, en la cercana isla de Korcula, en el Mar Adriático, fundó la Congregación Franciscana de las Hijas de la Misericordia.

«Conquistada por el amor de Dios decidió consagrarse para siempre a Dios, realizando la aspiración de entregarse totalmente al bien espiritual y material de los más necesitados», afirmó el Papa recordando a la religiosa, que falleció en 1966.

En particular, con su obra, asumió la tarea de «difundir y propagar, mediante las obras de misericordia espirituales y corporales, el conocimiento del amor divino».

«Durante 40 años gobernó su Instituto con sabiduría materna, abriéndolo al compromiso misionero en diversos países de América Latina», recordó el Papa.

Las Hijas de la Misericordia son unas 450 religiosas esparcidas por Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Eslovenia, Rumanía, Alemania, Italia, Argentina, Paraguay, Chile, Perú y Canadá.

Se dedican particularmente a atender a niños huérfanos, abandonados o enfermos.

La congregación promueve la búsqueda de la unidad con los demás cristianos, en particular con la Iglesia ortodoxa. En una visita a Belgrado, en 1922 --dos años después de la fundación de la familia religiosa--, para participar en el congreso de la Asociación Cultural Femenina, sor Marija recomendó el compromiso a favor de la unidad de la Iglesia ortodoxa con la católica, «porque uno solo es Cristo y una sola es la Iglesia».

Las mujeres, añadió, pueden dar una contribución determinante a este camino espiritual común, como «hermanas, madres, mujeres, pero sobre todo como generadoras de paz».

Esta es la labor que hoy día continúan, por ejemplo, las Hijas de la Misericordia en la región serbia de Voivodina, en la frontera con Hungría, donde con su labor de caridad tienden puentes con la comunidad ortodoxa.

Como signo de unidad, al llegar a Rumanía en el año 2001, la congregación decidió asumir el rito bizantino de los católicos del país, en el que está naciendo una casa familiar para los numerosos niños de la calle.