Meditación del padre Cantalamessa: «Sal de tu tierra y ve» (II)

Primera predicación de Adviento

| 1302 hits

CIUDAD DEL VATICANO, 7 diciembre 2003 (ZENIT.org).- «Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Ts 4, 3). Reflexiones sobre la santidad cristiana a la luz de la experiencia de Madre Teresa de Calcuta», es el tema de las meditaciones que el Predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa, ofm cap, ofrece este Adviento a Juan Pablo II y sus colaboradores en la Curia romana, quienes se preparan para la celebración de la Navidad.



Publicamos a continuación la segunda parte de la predicación pronunciada por el padre Cantalamessa el viernes pasado en la capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico Vaticano en presencia del Santo Padre. La primera parte de esta meditación se puede consultar en Zenit, 5 diciembre 2003.


* * *




P. Raniero Cantalamessa
Adviento 2003 en la Casa Pontificia
Primera predicación, segunda parte

«SAL DE TU TIERRA Y VE»



(Continuación)


3. Las buenas inspiraciones

Pero ahora debemos acordarnos de la máxima de los antiguos a propósito del culto a los santos: «Imitari non pigeat quod celebrare delectat»: no debemos dejar de imitar lo que nos agrada celebrar [5]. El caso de Madre Teresa nos recuerda una cosa esencial para nuestra santificación: la importancia de obedecer las inspiraciones. Esto no es algo que se deba practicar una sola vez en la vida. A la primera, decisiva llamada de Dios, le siguen muchas otras invitaciones discretas que llamamos las buenas inspiraciones. De la docilidad a éstas depende todo nuestro progreso espiritual.

Se entiende fácilmente por qué la fidelidad a las inspiraciones es el camino más breve y más seguro a la santidad. Esta no es obra del hombre; no basta por ello tener un programa de perfección bien claro para poder llevarlo a cabo progresivamente. No existe un modelo de perfección idéntico para todos. Dios no hace santos en serie, no ama la clonación. Cada santo es una invención inédita del Espíritu. Dios puede pedir a un santo lo opuesto de lo que pide a otro. ¿Qué hay de común, para seguir en tiempos próximos a nosotros, entre Escrivá de Balaguer y Madre Teresa? Sin embargo, los dos son santos para la Iglesia.

No sabemos por lo tanto desde el principio cuál es en concreto la santidad que Dios quiere de cada uno de nosotros; sólo Dios la conoce y nos la desvela según avanza el camino. Con ello consigue que para alcanzar la santidad el hombre no pueda limitarse a seguir las reglas generales que valen para todos. Debe entender lo que Dios le pide a él y solamente a él. Pensemos en qué habría ocurrido si José de Nazareth se hubiera limitado a seguir fielmente las reglas de santidad entonces conocidas, o si Madre Teresa se hubiera obstinad en observar las reglas canónicas vigentes en los institutos religiosos. Lo que Dios quiere en particular de cada uno se descubre a través de los acontecimientos de la vida, de la palabra de la Escritura, de la orientación del director espiritual; pero el medio principal y ordinario son precisamente las inspiraciones de la gracia. Estas son las solicitudes interiores del Espíritu en lo profundo del corazón a través de las cuales Dios no sólo da a conocer lo que pide, sino que al mismo tiempo comunica la fuerza necesaria para realizarlo si la persona acepta.

Las buenas inspiraciones tienen algo en común con la inspiración bíblica, dejando a un lado naturalmente la autoridad y el alcance que son esencialmente diferentes. «Dios dijo a Abraham...», «el Señor habló a Moisés»: este hablar del Señor no era, desde el punto de vista de la fenomenología, distinto del que sucede en las inspiraciones de la gracia. La voz de Dios, incluso en el Sinaí, no resonaba en el exterior, sino dentro del corazón en forma de claridad, de impulsos, originados por el Espíritu Santo. Los Diez Mandamientos no fueron grabados por el dedo de Dios en piedra, sino en el corazón de Moisés, quien después los grabó en piedra. «Hombres movidos por el Espíritu Santo han hablado de parte de Dios»(2 P 1, 21); eran ellos los que hablaban, pero movidos por el Espíritu Santo; repetían con la boca lo que oían en el corazón.

Toda fidelidad a una inspiración es recompensada por inspiraciones cada vez más frecuentes y más fuertes. Es como si el alma se entrenara para llegar a una percepción cada vez más clara de la voluntad de Dios y a una mayor facilidad para cumplirla.

4. El discernimiento de los espíritus

El problema más delicado respecto a las inspiraciones ha sido siempre el de discernir las que vienen del Espíritu de Dios de las que vienen del espíritu del mundo, de las propias pasiones o del espíritu maligno.

El tema del discernimiento de los espíritus ha sufrido en los siglos una notable evolución. Al principio, se concebía como el carisma que servía para distinguir, entre las palabras, oraciones y profecías pronunciadas en la asamblea, cuáles procedían del Espíritu de Dios y cuáles no. A continuación, ello sirvió sobre todo para discernir las propias inspiraciones y para guiar las propias elecciones. La evolución no es arbitraria; se trata de hecho del mismo don, si bien aplicado a objetos diferentes.

Existen criterios de discernimiento que podríamos llamar objetivos. En el terreno doctrinal, éstos se resumen para Pablo en el reconocimiento de Cristo como Señor: «Nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: “¡Anatema es Jesús!”; y nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor! sino con el Espíritu Santo”» (1 Cor 12, 3); para Juan se resumen en la fe en Cristo y en su encarnación: «Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. Podréis reconocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios» (1 Jn 4, 1-3).

En el terreno moral, un criterio fundamental viene de la coherencia del Espíritu de Dios consigo mismo. Este no puede pedir algo que sea contrario a la voluntad divina, como se expresa en la Escritura, en la enseñanza de la Iglesia y en los deberes del propio estado. Una inspiración divina jamás pedirá realizar actos que la Iglesia considera inmorales, por muchos aparentes argumentos contrarios a la carne que sea capaz de sugerir en estos casos; por ejemplo, que Dios es amor y por ello todo lo que se hace por amor es de Dios.

Si un religioso desobedece a sus superiores, aún con un objetivo loable, ciertamente no sería una inspiración de la gracia, porque la primera inspiración que Dios manda es precisamente la de obedecer. Madre Teresa esperó pacientemente a que la autoridad eclesiástica reconociera su inspiración antes de ponerla por obra.

A veces, sin embargo, estos criterios objetivos no bastan porque la elección no es entre el bien y el mal, sino entre un bien y otro bien, y se trata de ver qué es lo que Dios quiere en una circunstancia precisa. Fue sobre todo para responder a esta exigencia que San Ignacio de Loyola desarrolló su doctrina sobre el discernimiento.

Él invita a observar las intenciones (los «espíritus») que están detrás de una elección y las reacciones que ésta provoca [6]. Se sabe que lo que viene del Espíritu Santo lleva consigo alegría, paz, tranquilidad, dulzura, sencillez, luz. Lo que proviene del espíritu del mal, en cambio, lleva consigo tristeza, turbación, agitación, inquietud, confusión, tinieblas. El Apóstol lo aclara contraponiendo entre sí los frutos de la carne (enemistades, discordia, celos, disensiones, divisiones, envidias) y los frutos del Espíritu, que son sin embargo amor, alegría, paz... (Cf. Gal 5, 19-22).

En la práctica las cosas, es verdad, son más complejas. Una inspiración puede venir de Dios y, pese a ello, causar una gran turbación. Pero esto no se debe a la inspiración, que es dulce y pacífica como todo lo que proviene de Dios; nace más bien de la resistencia a la inspiración. También un río sereno, si encuentra obstáculos, provoca remolinos. Si la inspiración es acogida, el corazón se encuentra inmediatamente en una paz profunda. Dios recompensa cada pequeña victoria en este campo, haciendo sentir al alma su aprobación, que es la alegría más pura que existe en el mundo.

5. Dejarse guiar por el Espíritu

El fruto concreto de esta meditación debe ser una renovada decisión a confiarnos en todo y para todo a la guía interior del Espíritu Santo, como en un tipo de «dirección espiritual». Si acoger las inspiraciones es importante para todo cristiano, es vital para quien tiene tareas de gobierno en la Iglesia. Sólo así se permite al Espíritu de Cristo que guíe Él mismo su Iglesia a través de sus representantes humanos. No es necesario que en una nave todos los pasajeros estén con la oreja pegada a la radio de a bordo para recibir indicaciones sobre la ruta, eventuales icebergs y las condiciones meteorológicas, pero es indispensable que lo estén los encargados. De una «inspiración divina» valientemente acogida por el Papa Juan XXIII nació el Concilio Vaticano II y nacieron en tiempos más cercanos a nosotros muchos otros gestos proféticos.

Es esta necesidad de la guía del Espíritu Santo lo que ha inspirado las palabras del Veni Creator: Ductore sic te praevio vitemus omne noxium: «contigo como guía evitaremos todo mal». En su Tríptico Romano, el Santo Padre retoma esta palabra cuando, hablando del momento de elegir al sucesor de Pedro, pone en la boca de los presentes la oración: «Tú que penetras todo --¡indica!».

Debemos abandonarnos todos al Maestro interior que nos habla sin ruido de palabras. Como buenos actores, debemos tener el oído atento, en las grandes y en las pequeñas ocasiones, a las voz de este apuntador escondido, para recitar fielmente nuestra parte en la escena de la vida.

Es más fácil de lo que se piensa, porque Él nos habla dentro, nos enseña cada cosa, nos instruye sobre todo. «Y en cuanto a vosotros –nos asegura Juan--, la unción que de Él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe; su unción os enseña acerca de todas las cosas, y es verdadera y no mentirosa» (1 Jn 2, 27). Basta a veces con una simple ojeada interior, un movimiento del corazón, un instante de recogimiento y de oración. Con las palabras de una conocidísima oración litúrgica pedimos a Dios, por intercesión de la Beata Teresa de Calcuta, el don de reconocer y seguir sus inspiraciones divinas como las siguió ella: «Actiones nostras, quesumus Domine, aspirando preveni et adjuvando prosequere, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat et per te cepta finiatur» [7]. «Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que toda nuestra actividad tenga en ti su inicio y en ti su cumplimiento. Por Cristo Nuestro Señor».

---------------------------------------

5 Florilegium Frisingense, n.371 (CCL, 108D):
6 Cf. S. Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, cuarta semana (ed. BAC, Madrid 1963, pp. 262 ss).
7 Oración del jueves después de Ceniza.


[Traducción del original italiano realizada por Zenit]