Meditación del Papa sobre la importancia del Rosario en la vida cristiana

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CIUDAD DEL VATICANO, martes 21 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la reflexión del Papa durante el rezo del Santo Rosario en el Santuario de Pompeya, en la tarde del pasado domingo, como conclusión de su visita a este santuario italiano. El texto ha sido publicado por el diario vaticano L'Osservatore Romano en su edición de hoy.

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Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio

queridos religiosos y religiosas,

queridos hermanos y hermanas



Antes de entrar en el Santuario para recitar junto con vosotros el santo Rosario, me he detenido brevemente ante la urna del beato Bartolo Longo, y rezando me he preguntado: “Este gran apóstol de María, ¿de dónde ha sacado la energía y la constancia necesarias para llevar a cumplimiento una obra tan imponente, conocida ya en todo el mundo? ¿No es precisamente del Rosario, acogido por él como un verdadero don del corazón de la Virgen?”, Sí, ¡ha sido precisamente así! Lo atestigua la experiencia de los santos: esta popular oración mariana es un medio espiritual precioso para crecer en la intimidad con Jesús, y para aprender, en la escuela de la Virgen Santa, a cumplir siempre su divina voluntad. Es contemplación de los misterios de Cristo en unión espiritual con María, como subrayaba el siervo de Dios Pablo VI en la exhortación apostólica Marialis cultus (n. 46), y como después mi venerado predecesor Juan Pablo II ilustró ampliamente en la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, que hoy vuelvo a entregar a la Comunidad pompeyana y a cada uno de vosotros. Vosotros que vivís y trabajáis aquí en Pompeya, especialmente vosotros, queridos sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos comprometidos en esta singular porción de la Iglesia, estáis llamados a hacer vuestro el carisma del beato Bartolo Longo y a llegar a ser, en la medida y en los modos que Dios concede a cada uno, auténticos apóstoles del Rosario.

Pero para ser apóstoles del Rosario, es necesario tener experiencia en primera persona de la belleza y profundidad de esta oración, sencilla y accesible a todos. Es necesario ante todo dejarse conducir de la mano de la Virgen María a contemplar el rostro de Cristo: rostro alegre, luminoso, doloroso y glorioso. Quien, como María y junto a Ella, custodia y medita asiduamente los misterios de Jesús, asimila cada vez más sus sentimientos, se conforma a Él. Me gusta, al respecto, citar una hermosa consideración del beato Bartolo Longo: “Como dos amigos -escribe-, que se tratan a menudo, suelen conformarse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida con la Comunión, podemos llegar a ser, en cuanto sea capaz nuestra bajeza, parecidos a ellos, y aprender de estos grandes ejemplos a viir humilde, pobre, paciente y perfecto” (I Quindici Sabati del Santissimo Rosario, 27 ed., Pompei, 1916, p. 27: cit. en Rosarium Virginis Mariae, 15).

El Rosario es escuela de contemplación y de silencio. A primera vista, podría parecer una oración que acumula palabras, y por tanto difícilmente conciliable con el silencio que se recomienda justamente para la meditación y la contemplación. En realidad, esta cadenciosa repetición del 'Ave Maria no turba el silencio interior, sino que lo busca y alimenta. De la misma forma que sucede con los Salmos cuando se reza la Liturgia de las Horas, el silencio aflora a través de las palabras y las frases, no como un vacío, sino como una presencia de sentido último que trasciende las mismas palabras y junto a a ellas habla al corazón. Así, recitando las Ave Maria es necesario poner atención para que nuestras voces no “cubran” la de Dios, que siempre habla a través del silencio, como “el susurro de una brisa ligera” (1 Re 19, 12). ¡Qué importante es entonces cuidar este silencio lleno de Dios, tanto en la recitación personal como en la comunitaria! También cuando es rezado, como hoy, por grandes asambleas y como hacéias cada día en este Santuario, es necesario que se percoba el Rosario como oración contemplativa, y esto no puede suceder si falta un clima de silencio interior.

Quisiera añadir otra reflexión, relativa a la Palabra de Dios en el Rosario, particularmente oportuna en este periodo en que se está llevando a cabo en el Vaticano el Sínodo de los Obispos sobre el tema: “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”. Si la contemplación cristiana no puede prescindir de la Palabra de Dios, también el Rosario, para ser oración contemplativa, debe siempre emerger del silencio del corazón como respuesta a la Palabra, sobre el modelo de la oración de María. Bien mirado, el Rosario está todo entretejido de elementos sacados de la Sagrada Escritura. Hay ante todo la enunciación del misterio, hecha preferiblemente, como hoy, con palabras tomadas de la Biblia. Sigue el Padrenuestro: al imprimir a la oración un movimiento “vertical”, abre el alma de quien recita el Rosario en una justa actitud filial, según la invitación del Señor: “Cuando rezáis decid: “Padre...” (Lc 11, 2). La primera parte del Avemaría, tomada también del Evangelio, nos hace cada vez volver a escuchar las palabras con que Dios se ha dirigido a la Virgen a través del Ángel, y las bendiciones de la prima Isabel. La segunda parte del Avemaría resuena como la respuesta de los hijos que, dirigiéndose suplicantes a la Madre, no hacen otra cosa que expresar su propia adhesión al diseño salvífico revelado por Dios. Así el pensamiento de quien reza está siempre anclado en la Escritura y en los misterios que en ella se presentan.

Recordando, finalmente, que hoyo celebramos la Jornada Misionera Mundial, quiero recordar la dimensión apostólica del Rosario, una dimensión que el beato Bartolo Longo vivió intensamente tomando de él inspiración para realizar en esta tierra tantas obras de caridad y de promoción humana y social. Además, él quiso que este Santuario se abriera al mundo entero, como centro de irradiación de la oración del Rosario y lugar de intercesión para la paz entre los pueblos. Queridos amigos, ambas finalidades, el apostolado de la caridad y la oración por la paz, deseo confirmar y confiar nuevamente a vuestro compromiso espiritual y pastoral. A ejemplo y con el apoyo de vuestro venerado Fundador, no os canséis de trabajar con pasión en esta parte de la viña del Señor por el que la Virgen ha mostrado predilección.

Queridos hermanos y hermanas, ha llegado el momento de despedirme de vosotros y de este santuario. Os agradezco la calurosa acogida y sobre todo vuestras oraciones. Agradezco al arzobispo Prelado y Delegado Pontificio, a sus colaboradores y a todos los que han trabajado para preparar de la mejor manera mi visita. Debo dejaros, pero mi corazón queda cercano a esta tierra y a esta comunidad. Os confío a todos a la Beata Virgen del Santo Rosario, y os imparto de corazón a cada uno de vosotros la Bendición Apostólica.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez

© Libreria Editrice Vaticana]