Mensaje de Benedicto XVI a la FAO

“Poder alimentarse forma parte del derecho a la vida”

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes 16 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto del mensaje del Papa Benedicto XVI a Jacques Diouf, Director de la FAO, con motivo de la próxima cumbre sobre alimentación que se celebra hoy en Roma.

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Al señor Jacques Diouf

Director General de la FAO

Si la celebración de la Jornada Mundial de la alimentación recuerda la fundación de la FAO y su acción para combatir el hambre y la malnutrición, subraya sobre todo la urgencia y la necesidad de intervenir en favor de todos aquellos que están privados del pan cotidiano en tantos países, a causa de la falta de condiciones de seguridad alimentaria adecuadas..

La crisis actual, que atraviesa son distinción el conjunto de los sectores de la economía, afecta particularmente de forma grave al mundo agrícola, donde la situación llega a ser dramática. Esta crisis pide a los Gobiernos y a los diversos componentes de la Comunidad internacional que realicen elecciones determinantes y eficaces.

Garantizar a personas y pueblos la posibilidad de vencer la plaga del hambre significa asegurarles un acceso concreto a una alimentación sana y adecuada. Se trata, en efecto, de una manifestación concreta del derecho a la vida, que, aun solemnemente proclamado, sigue quedando a menudo demasiado lejos de una realización plena.

El tema elegido este año por la FAO para la Jornada Mundial de la Alimentación es “Conseguirla seguridad alimentaria en tiempos de crisis”. Este invita a considerar el trabajo agrícola como elemento fundamental de la seguridad alimentaria y, por tanto, como un componente integral de la actividad económica. Por este motivo, la agricultura debe poder disponer de un nivel suficiente de inversiones y recursos. Este tema recuerda y hace comprender que los bienes de la tierra son limitados por naturaleza, y que requieren por tanto comportamientos responsables y capaces de favorecer la seguridad alimentaria, pensando también en la de las futuras generaciones. Se necesitan una profunda solidaridad y una fraternidad de larga mirada.

La consecución de estos objetivos requiere una necesaria modificación de los estilos de vida y de las formas de pensar. Obliga a la Comunidad internacional y a sus instituciones a intervenir de forma más adecuada y más determinante. Auguro que esta intervención pueda favorecer una cooperación que proteja los métodos de cultivo propios de cada área y evite un uso desconsiderado de los recursos naturales. Auguro además que esta cooperación salvaguarde los valores propios del mundo rural y los derechos fundamentales de los trabajadores de la tierra. Dejando aparte privilegios, beneficios y comodidad, estos objetivos podrán ser realizados para ventaja de hombres, mujeres, familias y comunidades, que viven en las áreas más pobres del planeta y que son, además, más vulnerables. La experiencia demuestra que las soluciones técnicas, aún avanzadas, faltan de eficacia si no se refieren a la persona, principal protagonista que, en su dimensión espiritual y material, es el origen y el fin de toda actividad.

El acceso al alimento, más que una necesidad elemental, es un derecho fundamental de las personas y de los pueblos. Podrá ser una realidad y por tanto una seguridad si se garantiza un desarrollo adecuado en todas las distintas regiones. En particular, el drama del hambre podrá ser vencido sólo “eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante inversiones en infraestructuras rurales, en sistemas de irrigación, en transportes, en organización de los mercados, en formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar lo mejor posible los recursos humanos, naturales y socioeconómicos mayormente accesibles a nivel local” (Caritas in veritate, n. 27).

La Iglesia católica, fiel a su vocación de estar cercana a los últimos, promueve, apoya y participa en los esfuerzos realizados para permitir a cada pueblo y comunidad que disponga de los medios necesarios para garantizar un nivel adecuado de seguridad alimentaria.

Con estos auspicios, le renuevo, señor Director General, las expresiones de mi más alta consideración, e invoco sobre la FAO, sobre los Estados miembros y su todo su personal abundantes bendiciones celestiales.

En el Vaticano, 8 de octubre de 2009