Mensaje del Papa al encuentro «Hombres y religiones» celebrado en Milán

Ante el terrorismo, «no ceder a la lógica de la violencia, la venganza y el odio»

| 536 hits

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 8 septiembre 2004 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que Juan Pablo II ha enviado a través del cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, a los participantes en el encuentro «Hombres y religiones» que se celebró en Milán del 5 al 7 de septiembre por iniciativa de la Comunidad de San Egidio y de la archidiócesis de Milán.



Al venerado hermano
cardenal Walter Kasper
presidente del Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos



1. Me es particularmente grato hacer llegar mi saludo y mi cordial aprecio, a través suyo, queridísimo hermano, a todo los representantes de las iglesias y comunidades eclesiales y de las grandes religiones mundiales, reunidos en Milán con motivo del XVIII encuentro que lleva por título «Religiones y culturas: la valentía de un nuevo humanismo». Para mí es motivo de gran alegría y consuelo ver cómo la peregrinación de paz, que yo mismo comencé en Asís en octubre de 1986, no se ha detenido, sino que continúa y crece ya sea en número de participantes ya sea en sus frutos.

Me siento igualmente contento de poder saludar a la amada Iglesia ambrosiana que, con su arzobispo, el cardenal Dionigi Tettamanzi, acoge otra vez con generosidad este providencial encuentro. Agradezco también a la Comunidad de San Egidio que ha comprendido la importancia de lo que llamé «espíritu de Asís» y que, desde 1896, sigue proponiéndolo con audacia y perseverancia, alimentando el compromiso en un camino tan necesario para nuestro mundo, marcado por profundas incomprensiones y graves conflictos.

2. En 1993, los líderes religiosos, reunidos por la primera vez en Milán con motivo del séptimo encuentro «Hombres y religiones», lanzaban un llamamiento al mundo: «Que ningún odio ni ningún conflicto, que ninguna guerra encuentre un incentivo en las religiones. La guerra no puede ser motivada por las religiones. ¡Que las palabras de las religiones sean siempre palabras de paz! ¡Que el camino de la fe abra al diálogo y a la comprensión! ¡Que las religiones guíen los corazones en la pacificación de la tierra!». En los años pasados, muchos han recibido este llamamiento y se han puesto al servicio de la paz y del diálogo en los más variados países. Con frecuencia, el espíritu del diálogo y de la comprensión ha guiado caminos de reconciliación. Por desgracia, han brotado nuevos conflictos, es más, se ha difundido una mentalidad por la que el conflicto entre mundos religiosos y civilizaciones es considerado casi como un inevitable legado de la historia.

¡No es así! ¡La paz es siempre posible! Hay que cooperar siempre para erradicar de la cultura y de la vida las semillas de amargura e incomprensión, al igual que la voluntad de prevalecer sobre el otro, la arrogancia del propio interés y el desprecio de la identidad ajena. ¡El conflicto nunca es inevitable! Y las religiones tienen una tarea particular a la hora de recordar a todos los hombres y mujeres esta convicción que, al mismo tiempo, es don de Dios y fruto de la experiencia histórica de muchos siglos. Esto es lo que he llamado «el espíritu de Asís». Nuestro mundo tiene necesidad de este espíritu. Tiene necesidad de que broten de este espíritu convicciones y comportamientos que hagan sólida la paz, reforzando las instituciones internacionales y promoviendo la reconciliación. El «espíritu de Asís» alienta a las religiones a ofrecer su contribución a ese nuevo humanismo del que el mundo contemporáneo tiene tanta necesidad.

3. En particular, el camino que comienza en Asís, en 1986, y que continúa con la participación comprometida de tantos líderes religiosos encuentra alimento y aguijón en el «lazo intrínseco que une una auténtica actitud religiosa con el gran bien de la paz» (Asís, 1986, «Discurso conclusivo»). En Asís, antes de 1986 y después en 2002, quise subrayar este precioso lazo que considero fundamental en el camino que se emprendió entonces. De hecho, como escribí en el mensaje al encuentro de Lovaina, Bruselas, «la oración hecha hombro a hombro, si bien no cancela las diferencias, manifiesta un lazo profundo que hace de todos nosotros humildes buscadores de esa paz que sólo Dios puede dar» (10 de septiembre de 1992).

El mundo tiene necesidad de paz. Todos los días llegan noticias de violencia, de atentados terroristas, de operaciones militares. ¿Está perdiendo el mundo la esperanza de alcanzar la paz? A veces da la impresión de que se da una progresiva costumbre al uso de la violencia y al derramamiento de sangre inocente. Ante estos datos preocupantes, me inclino a las Escrituras y encuentro las palabras consoladoras de Jesús« Mi paz os dijo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Juan 14, 27). Son palabras que nos infunden esperanza a nosotros, los cristianos que creemos en Él, «nuestra paz» (Efesios 2, 14). Quisiera dirigirme a todos para pedir que no cedan a la lógica de la violencia, de la venganza y del odio, es más, que perseveren en el diálogo. Es necesario romper esa cadena mortal que aprisiona y ensangrienta demasiados rincones del planeta. Los creyentes de todas las religiones pueden hacer mucho en este sentido. La imagen de paz que surge del encuentro de Milán alienta a muchos en el camino de la paz.

4. En unos días, recordaremos aquel terrible 11 de septiembre de 2001, que llevó la muerte al corazón de los Estados Unidos. Han pasado ya tres años desde aquel día. Por desgracia, el terrorismo parece que aumenta su amenaza de destrucción. No cabe la menor duda de que se necesita firmeza y decisión para combatir a los agentes de muerte. Al mismo tiempo, sin embargo, es necesario comprometerse con todos los medios para desarraigar todo lo que favorece la afirmación del terror: en particular, la miseria, la desesperación y el vacío de los corazones. No tenemos que dejarnos vencer por el miedo que lleva a encerrarse en sí mismo y a reforzar el egoísmo de los individuos y los grupos. Se necesita el valor de globalizar la solidaridad y la paz. Pienso en particular en África, «continente que parece encarnar el desequilibrio que existe entre el norte y el sur del planeta» (mensaje con motivo del XVI Encuentro «Hombres y religiones»: Palermo, 29 de agosto de 2002) y en el centro de mis preocupaciones está el querido pueblo iraquí, por el que imploro de Dios cada día esa paz que los hombres no saben darse.

El encuentro de Milán muestra la necesidad de emprender con decisión el auténtico camino de la paz, que nunca pasa por la violencia y siempre por el diálogo. Es bien sabido, lo saben en particular quienes proceden de tierras ensangrentadas por conflictos, que la violencia siempre genera violencia. La guerra abre de par en par las puertas del abismo del mal. Con la guerra todo se hace posible, incluso lo que no tiene la más mínima lógica. Por este motivo, la guerra debe considerarse siempre como un fracaso: un fracaso de la razón y de la humanidad. Que surja cuanto antes, entonces, una sacudida espiritual y cultural que lleve a los hombres desterrar la guerra. Sí, ¡nunca más la guerra! Estaba convencido en aquel octubre de 1986 en Asís, cuando pedí a los que pertenecían a todas religión que se reunieran unos al lado de otros para invocar de Dios la paz. Estoy más convencido todavía hoy: mientras disminuyen las fuerzas del cuerpo, siento todavía más viva la fuerza de la oración.

5. Por ello, es significativo que la Comunidad de San Egidio haya escogido para el encuentro de este año el título mencionado: «Religiones y culturas: la valentía de un nuevo humanismo». Esta misma manera de encontrarse genera un humanismo, es decir, una nueva manera de verse mutuamente, de comprenderse, de concebir el mundo y de trabajar por la paz. En el encuentro participan personas capaces de estar las unas junto a las otras, encontrando esa amistad que permite experimentar la elevada dignidad de todo hombre y la riqueza que con frecuencia se encuentra en la diversidad.

Castel Gandolfo, 3 de septiembre de 2004
IOANNES PAULUS II
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]