Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Enfermo 2004

En los 150 años de la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción

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CIUDAD DEL VATICANO, 5 diciembre 2003 (ZENIT.org).- Publicamos el Mensaje del Papa Juan Pablo II con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo del año 2004 que se celebrará el 11 de febrero teniendo como eje mundial el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes.



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Al venerado hermano
Javier cardenal Lozano Barragán
Presidente del Consejo Pontificio para Pastoral de la Salud



1. La Jornada Mundial del Enfermo, celebración que anualmente tiene lugar en un continente diferente, asume en esta ocasión un significado singular. Se celebrará en Lourdes, Francia, localidad en la que la Virgen se apareció el 11 de febrero de 1858, y que desde entonces se ha convertido en meta de muchas peregrinaciones. La Virgen quiso manifestar en aquella región montañosa su amor maternal especialmente a los que sufren y a los enfermos. Desde entonces sigue haciéndose presente con constante esmero.

Se ha escogido ese Santuario porque en el año 2004 se celebran los 150 años de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. Era el 8 de diciembre de 1854 cuando mi predecesor de feliz memoria, el Beato Pío IX, con la bula dogmática «Ineffabilis Deus» afirmó ser «revelada por Dios la doctrina que afirma que la beatísima Virgen María fue preservada, por particular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano, de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción» (DS 2803). En Lourdes, María, hablando en el dialecto del lugar, dijo: «Que soy era Immaculada Councepciou».

2. Con estas palabras, ¿no quería expresar quizá la Virgen ese lazo que la une con la salud y la vida? Si por la culpa original entró en el mundo la muerte, por los méritos de Jesucristo, Dios ha preservado a María de toda mancha de pecado, y se nos ha dado la salvación y la vida (Cf. Romanos 5, 12-21).

El dogma de la Inmaculada Concepción nos introduce en el corazón del misterio de la Creación y de la Redención (Cf. Efesios 1, 4-12; 3, 9-11). Dios ha querido entregar a la criatura humana la vida en abundancia (Cf. Juan 10, 10), condicionando, sin embargo, esta iniciativa suya a una respuesta libre y de amor. Al rechazar este don con la desobediencia que llevó al pecado, el hombre ha interrumpido trágicamente el diálogo vital con el Creador. Al «sí» de Dios, fuente de la plenitud de la vida, se le opuso el «no» del hombre, motivado por la orgullosa autosuficiencia, precursora de muerte (Cf. Romanos 5, 19).

Toda la humanidad quedó seriamente involucrada por esta cerrazón a Dios. Sólo María de Nazaret, en previsión de los méritos de Cristo, fue concebida sin culpa original y abierta totalmente al designio divino. De este modo, el Padre celeste pudo realizar en ella el proyecto que tenía para los hombres. La Inmaculada Concepción precede el intercambio armonioso entre el «sí» de Dios y el «sí» que María pronuncia con abandono total, cuando el ángel le lleva el anuncio celeste (Cf. Lucas 1, 38). Su «sí», en nombre de la humanidad, vuelve a abrir al mundo las puertas del Paraíso, gracias a la encarnación del Verbo de Dios en su seno, por obra del Espíritu Santo (Cf. Lucas 1, 35). El proyecto originario de la creación es restaurado de este modo y potenciado en Cristo, y en ese proyecto encuentra su lugar también ella, la Virgen Madre.

3. Aquí está el parte-aguas de la historia: con la Inmaculada Concepción de María comenzó la gran obra de la Redención, que tuvo lugar con la sangre preciosa de Cristo. En Él toda persona está llamada a realizarse en plenitud hasta la perfección de la santidad (Cf. Colosenses 1, 28).

La Inmaculada Concepción es, por tanto, la aurora prometedora del día radiante de Cristo, que con su muerte y resurrección, restablecerá la plena armonía entre Dios y la humanidad. Si Jesús es el manantial de la vida que vence a la muerte, María es la madre cariñosa que sale al paso de las expectativas de sus hijos, obteniendo para ellos la salud del alma y del cuerpo. Este es el mensaje que el Santuario de Lourdes presenta constantemente a devotos y peregrinos. Este es también el significado de las curaciones corporales y espirituales que se registran en la gruta de Massabielle .

Desde el día de la aparición a Bernadette Soubirous, María ha «curado» en ese lugar dolores y enfermedades, restituyendo también a muchos hijos suyos la salud del cuerpo. Sin embargo, ha realizado prodigios mucho más sorprendentes en el espíritu de los creyentes, abriéndoles al encuentro con su hijo, Jesús, respuesta auténtica a las expectativas más profundas del corazón humano. El Espíritu Santo, que la cubrió con su sombra en el momento de la Encarnación del Verbo, transforma el espíritu de innumerables enfermos que recurren a Ella. Incluso cuando no alcanzan el don de la salud corporal, pueden recibir siempre otro bien mucho más importante: la conversión del corazón, fuente de paz y de alegría interior. Este don transforma su existencia y les hace apóstoles de la cruz de Cristo, estandarte de esperanza, a pesar de las pruebas más duras y difíciles.

4. En la carta apostólica «Salvifici doloris» observaba que el sufrimiento pertenece a la vicisitud histórica del hombre, que tiene que aprender a aceptarlo y superarlo (Cf. n. 2: AAS 576 [1984], 202). Pero, ¿cómo puede lograrlo si no es gracias a la cruz de Cristo?

En la muerte y resurrección del Redentor, el sufrimiento humano encuentra su significado más profundo y su valor salvífico. Todo el peso de tribulaciones y dolores de la humanidad está condensado en el misterio de un Dios que, asumiendo nuestra naturaleza humana, se ha aniquilado hasta hacerse «pecado por nosotros» (2 Corintios 5, 21). En el Gólgota, cargó con las culpas de toda criatura humana y, en la soledad del abandono, gritó al Padre: «¿Por qué me has abandonado?» (Mateo 27, 46).

De la paradoja de la Cruz surge la respuesta a nuestros interrogantes más inquietantes. Cristo sufre por nosotros: carga sobre sí el sufrimiento de todos y lo redime. Cristo sufre con nosotros, dándonos la posibilidad de compartir con Él nuestros sufrimientos. Unido al de Cristo, el sufrimiento humano se convierte en medio de salvación. Por este motivo el creyente puede decir con san Pablo: «me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Colosenses 1, 24). El dolor, acogido con fe, se convierte en la puerta para entrar en el misterio del sufrimiento redentor del Señor. Un sufrimiento que ya no quita la paz y la felicidad, pues está iluminado por el fulgor de la resurrección.

5. A los pies de la Cruz sufre en silencio María, participando de manera especial en los sufrimientos del Hijo, y se constituye en madre de la humanidad, dispuesta a interceder para que toda persona pueda obtener la salvación (Cf. Juan Pablo II, carta apostólica «Salvifici doloris» [11 de febrero de 1984], 25: AAS 76 [1984], 235-238).

En Lourdes no es difícil comprender esta participación singular de la Virgen en el papel salvífico de Cristo. El prodigio de la Inmaculada Concepción recuerda a los creyentes una verdad fundamental: sólo es posible alcanzar la salvación participando dócilmente en el proyecto del Padre, quien quiso redimir al mundo a través de la muerte y de la resurrección de su unigénito Hijo. Con el Bautismo, el creyente es integrado en este designio de salvación y es liberado de la culpa original. La enfermedad y la muerte, si bien siguen presentes en la existencia humana, pierden sin embargo su sentido negativo. A la luz de la fe, la muerte del cuerpo, vencida por la de Cristo (Cf. Romanos 6, 4), se convierte en transición obligada hacia la plenitud de la vida inmortal.

6. Nuestra época ha dado grandes pasos en el conocimiento científico de la vida, don fundamental de Dios del que somos sus administradores. La vida debe ser acogida, respetada y defendida desde su inicio hasta su ocaso natural. Junto a ella, debe ser tutelada la familia, cuna de toda vida que nace.

Se habla ya comúnmente de «ingeniería genética» para aludir a las extraordinarias posibilidades que ofrece hoy la ciencia para intervenir sobre las fuentes mismas de la vida. Todo progreso auténtico en este campo no puede dejar de ser alentado, a condición de que respete siempre los derechos y la dignidad de la persona desde su concepción. Nadie, de hecho, puede arrogarse la facultad de destruir o de manipular de manera indiscriminada la vida del ser humano. Los agentes en el campo de la Pastoral de la Salud tienen la tarea específica de sensibilizar a cuantos trabajan en este delicado sector para que se sientan comprometidos a ponerse siempre al servicio de la vida.

Con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo deseo dar las gracias a todos los agentes de las Pastoral de la Salud, en particular a los obispos que en las diferentes conferencias episcopales atienden a este sector, a los capellanes, a los párrocos y a los demás sacerdotes comprometidos en este ámbito, a las órdenes y congregaciones religiosas, a los voluntarios y a cuantos no se cansan de ofrecer su testimonio coherente de la muerte y resurrección del Señor ante los sufrimientos, el dolor y la muerte.

Quisiera extender mi reconocimiento a los agentes sanitarios, al personal médico y paramédico, a los investigadores, en especial a los que se dedican a la realización de nuevas medicinas, y a aquellos que se producen medicinas accesibles a los que tienen menos posibilidades.

Les confío a todos a la Virgen Santísima, venerada en el Santuario de Lourdes en su Inmaculada Concepción. Que ella ayude a todo cristiano a testimoniar que la única respuesta auténtica al dolor, al sufrimiento y a la muerte es Cristo, nuestro Señor, muerto y resucitado por nosotros.

Con estos deseos, le envío a usted, venerado hermano, y a cuantos participan en la celebración de la Jornada del Enfermo, una especial bendición apostólica.

Vaticano, 1 de diciembre de 2003

IOANNES PAULUS II

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]