Mercados y moralidad

Se debate sobre el papel del propio interés

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ROMA, viernes, 19 enero 2007 (ZENIT.org).- Los temas económicos ocupan gran parte de los sumarios ofrecidos por los medios y los comentaristas. No faltan tampoco reflexiones sobre la desigualdad y la necesidad de más oportunidades para los países en desarrollo.



Resultan de interés, entre los muchos análisis sobre el tema, un par de libros recientes. El primero es «The Moral Ecology of Markets: Assessing Claims about Markets and Justice», del economista y teólogo Daniel Finn.

Se critica a la economía de mercado por muchos defectos, pero en medio de este debate la mayoría de los economistas prefieren concentrarse en el análisis empírico, dejando de lado las cuestiones sobre juicios morales. No obstante, observa Finn, la moralidad forma parte ineludible de nuestras vidas diarias.

Un problema que surge a la hora de debatir sobre la moralidad en la economía es la gran diversidad de posturas. Los puntos y presupuestos iniciales varían ampliamente, según el lugar que se ocupe en el espectro político. Finn espera lograr en su libro un marco común en el que examinar los temas claves relacionados con la economía de mercado.

Comienza sosteniendo que una análisis adecuado de los mercados, sea desde una perspectiva de apoyo o de crítica, debe incluir la consideración de las implicaciones morales. El punto de partida más obvio para esto es considerar el concepto del propio interés.

Los defensores del mercado, explicaba Finn, siguen los pasos de Adam Smith, y consideran que se pueden lograr buenos resultados a partir de los complejos sistemas de interacción humana aunque los individuos no pretendan generar dichos buenos resultados. El egoísmo y la avaricia existen, sin duda, pero a través de la mediación de los mercados, el propio interés sirve para el bien.

¿Santos o pecadores?
El concepto del propio interés no carece de críticos, continúa Finn. Por ejemplo, una teoría que no hace distinción entre la Madre Teresa y un ladrón – considerando que ambos actúan por la perspectiva de su propio interés – resulta deficiente. Una descripción del mundo que no pueda distinguir entre vicio y virtud, santo o pecador, mártir o asesino, carece de una seria discapacidad para describir las realidades de la vida.

Otros críticos del propio interés apuntan a problemas como las grandes desigualdades de riqueza, y la insuficiente protección del débil como prueba de las limitaciones de un sistema basado en el seguimiento del propio interés.

Creo que aquí resulta más claro si decimos: Los defensores del mercado libre responden, observa Finn, sosteniendo que es erróneo echar la culpa de todos los males de nuestra sociedad al mercado, ya que pueden provenir de diversas causas y de factores culturales.

Pero los defensores del mercado se enfrentan a mayores dificultades a la hora de responder a la acusación de que el sistema basado en el propio interés fomenta la avaricia. Los defensores del mercado apuntan a su papel en la promoción de virtudes como el trabajo duro, la iniciativa y la creatividad, pero los críticos sostienen que el hábito utilitarista de basar el actuar en el propio interés tiende a extenderse a todas las áreas de la vida, minando en ocasiones la moralidad de la que el mismo mercado depende.

Cuando se llega a problemas económicos como la asignación y distribución de recursos el libre mercado tiene muchas ventajas, concluye Finn. Pero la producción económica es sólo una parte de nuestras vidas y la aplicación de un comportamiento basado en el propio interés a otras áreas puede crear problemas.

Incluso dentro de la realidad económica, actuar únicamente por el propio interés puede a veces no ser suficiente. Finn cita el caso de un consumidor que se enfrenta a la opción de escoger entre dos productos, uno más barato que el otro porque se produce en una fábrica donde se explota a los trabajadores. El propio interés llevaría al consumidor a optar por el producto más barato, pero, si el producto tiene éxito en la venta de estos productos, podría estarse apoyando el que existan condiciones laborales de explotación.

Esto lleva a Finn a concluir que es erróneo suponer automáticamente que siempre es moralmente correcto o erróneo actuar por el propio interés. La evolución moral de cada acción en el mercado depende de una serie de factores relacionados con el contexto y los resultados.

De igual forma, al hacer un juicio sobre el mercado mismo, Finn apunta que no es una simple elección entre el libre mercado y el sistema centralizado de planificación. En la práctica, los mercados existen dentro de un complejo sistema de fronteras, o «vallas» como las denomina, en cuanto a su operación. La decisión de donde se ponen estas vallas dependerá de una situación a otra. Además, los mercados existen dentro de un contexto social, político y cultura que no puede ignorarse.

Teología económica
Otro libro publicado hace poco sobre el tema de los mercados es «Adam’s Fallacy: A Guide to Economic Theology», de Duncan Foley, profesor de economía en la New School for Social Research.

Como Finn, este autor examina en detalle el concepto del propio interés relacionado con los mercados, si bien de una forma más histórica y menos rigurosamente analítica. El Adam a que se refiere Foley es Adam Smith, autor del texto de economía clásica La Riqueza de las Naciones.

La falacia, según Foley, «radica en la idea de que es posible separar la esfera económica de la vida, en la que el perseguir el propio interés se guía por leyes objetivas para un resultado socialmente beneficioso, del resto de la vida social, en el que perseguir el propio interés resulta problemático moralmente y ha de sopesarse enfrentado a otros fines».

En su análisis de cómo actúan los mercados, Foley admite que el concepto de perseguir el propio interés propuesto por Smith tiene mucho sentido y realismo, pero describirlo como un bien positivo, sostiene, es otra cuestión. La mayor parte del libro se dedica a una síntesis de ideas económicas presentadas por algunos pensadores económicos en los últimos dos siglos.

Foley, concluyendo, comenta que Smith mismo se percata mejor que muchos pensadores económicos que le siguieron de los límites del propio interés y el mercado. Además de defender las ventajas del sistema de mercado, Smith también reconocía la necesidad de instituciones políticas que canalizaran y controlaran las operaciones de capital.

El capitalismo contemporáneo es un sistema que tiene éxito en la creación de riqueza, pero, sostiene Foley, no es una suerte de proceso automático inherente a la naturaleza humana. Las instituciones económicas son frágiles y contingentes y es necesario afinarlas y guiarlas. Además, comprender cómo trabaja la economía no significa que sometamos nuestro juicio moral a la lógica del mercado. El desarrollo económico trae consigo muchos cambios para la sociedad y la cultura, pero sería un error aceptar todos estos cambios como algo inevitable.

Caridad
En el espíritu de buscar complementar y afinar la operatividad de un sistema de mercado, la Iglesia católica propone la virtud de la caridad. Benedicto XVI, en su encíclica «Deus Caritas Est», explicaba que: «Esto significa que la construcción de un orden social y estatal justo, mediante el cual se da a cada uno lo que le corresponde, es una tarea fundamental que debe afrontar de nuevo cada generación» (No. 28).

Ésta es esencialmente una tarea política, en la que la Iglesia no desempeña un papel directo, afirmaba el Papa. Aunque la Iglesia puede contribuir a este esfuerzo. «Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar».

Uno de los argumentos presentados por la Iglesia tiene que ver con el papel del amor. «No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor», indicaba el Pontífice. «Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre». Algo a tener en mente cuando se considera cómo actúan los mercados.

Por el padre John Flynn