Mientras en Colombia haya injusticia no habrá paz

Entrevista con monseñor Guillermo Orozco Montoya, Obispo de Girardota

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ROMA, Domingo 20 mayo 2012 (ZENIT.org).- A pesar de de la belleza que presenta Colombia, este país cuenta con una historia de más de 40 años de violencia y lucha armada, de secuestros y muchas vidas perdidas. El narcotráfico, las guerrillas, el desempleo y el desplazamiento forzado, son algunos de los grandes problemas por los que este país tiene que luchar desde hace décadas. Maria Lozano entrevista a monseñor Guillermo Orozco Montoya, obispo de Girardota para el programa semanal Donde Dios Llora, en cooperación con Ayuda a la Iglesia Necesitada.

Usted nació en 1946, época en la que comenzaban unos años de mucha violencia en Colombia, esa época se denominó justo con este nombre: “La Violencia”, desde esos años -finales de los cuarenta - hasta ahora Colombia casi no ha podido ver la paz. Una persona que ha crecido siempre viviendo o escuchando este mensaje de violencia, de terror, ¿no tiene una sed, un anhelo grandioso de paz?
El anhelo siempre pasa permanentemente por la cabeza, ese pensamiento: “¿cuándo será que tenemos paz en Colombia?” Y eso lo experimenta todo colombiano, porque en alguna manera directa o indirectamente hemos padecido del flagelo de la guerra y sobre todo en los últimos tiempos cuando nos sentíamos todos secuestrados, donde lo estábamos prácticamente porque no podíamos salir ya con tranquilidad a ningún pueblo, porque de repente aparecía la guerrilla que se llevaba un grupo completo al secuestro…

De esta realidad hablaremos un poquito más tarde, primero yo quería preguntarle, ¿cómo fue su vocación sacerdotal?, ¿cómo descubrió su llamada?
Esa es una pregunta que me han hecho más de una vez y apenas aprendí a responderla hace unos años, exactamente 17 años después de mi ordenación. Antes cuando me preguntaban la historia de mi vocación les respondía “yo no tengo historia”, pero después supe por alguien que mi mamá le pedía al señor todos los días un hijo sacerdote. A mi simplemente me gustó desde pequeño ser sacerdote y llegué a ser sacerdote, pero luego conocí incluso una bella oración de la madre por un hijo sacerdote que mi madre guardaba y comprendí que ella pedía al señor un hijo sacerdote y lo obtuvo.

Monseñor, desde mitad del 2009 es usted obispo de Girardota cerca de Medellín más o menos ¿no? al norte de Medellín.
Muy cerca, son 30 minutos, 40 minutos en automóvil, en carro, de Medellín a Girardota.

Pero anteriormente estaba usted en San José de Guaviare que está a más de 400 kilómetros al sur de Bogotá.
Casi 800 kilómetros de Medellín…

…casi 800 kilómetros de Medellín. Una realidad absolutamente diferente…
…si, cuando me nombraron obispo, el señor Nuncio me dijo: “Monseñor se le cambió su vida”, y yo le dije “si, se me cambió la vida”. Primero porque yo no estaba acostumbrado a trabajar en una zona de misión y menos en una zona de presencia guerrillera como lo es Guaviare con tanto problema. Sin embargo yo llegué con la convicción de que iba con una misión que el señor me había encomendado y estuve 4 años, me sentí muy bien, nunca tuve miedo a pesar de los problemas. En el Guaviare estaba el problema del narcotráfico, de la siembra de la coca, no tan intensamente como antes, porque el gobierno la está persiguiendo… pero la guerrilla se dedicó a obligar al campesino a sembrar la coca para poder ellos negociarla y existían amenazas permanentes de la guerrilla a quienes no pagaban la extorsión.

¿Le afectó esto también personalmente durante sus años en el Guaviare?
Yo personalmente también fui amenazado por la guerrilla porque me pedían un dinero. La diócesis tiene una finca, un ganado con el cual sostiene las parroquias, gran parte de lo que sale allí es para pagar los gastos de la diócesis. La guerrilla decía que yo por cada cabeza de ganado tenía que pagarle algo y yo les dije “ni un solo centavo, porque nosotros no evangelizamos hablando de justicia y hablando de la honestidad por un lado y al mismo tiempo apoyamos a los violentos”. Entonces me dijeron: “se puede quedar en San José pero cuídese porque si no paga es objetivo militar”.

Pero la situación ha mejorado en los últimos años…
Donde estoy ahora en Girardota, ya había estado hace 17 años como rector y en esa época había guerrilla, había paramilitares, la situación era en cierta parte parecida a la del Guaviare, aunque no tan crítica. Pero eso era antes, ahora, después de 8 años del gobierno anterior con la política de la seguridad democrática, la guerrilla quedó arrinconada otra vez en la selva y salió de los pueblos. Sin embargo quedaron los problemas, y ahí en mi diócesis hay mucha pobreza, las consecuencias de tantas muertes y tantas venganzas, pero puede uno trabajar con tranquilidad que es muy distinto.

El narcotráfico desde los años 80 ha cambiado la vida de toda Colombia. ¿Cómo ha influido el hecho de que el narcotráfico haya tomado tanto auge en Colombia?
Lo que ha cambiado es la mentalidad en lo referente a los valores sobre todo en la juventud. Cuando un muchacho sabe que consigue dinero fácil a través de la coca, se va imponiendo la cultura del dinero fácil, de la ilegalidad y la cultura de la muerte. De ahí nació por ejemplo lo que llamamos el sicariato, que eran los muchachos que contrataban los narcotraficantes para vengarse de sus enemigos o de los que no pagaban. Yo recuerdo más de una vez que hacían entrevistas a estos muchachos sobre ¿qué significaba para ellos matar?, ¿si no les costaba mucho? Las respuestas tan frías lo dejaban a uno asustado: “no, matar el primero o el segundo costaba mucho, pero ya se va acostumbrando uno…” Es la costumbre a vivir en la ilegalidad y la adquisición del dinero fácil… Sobre todo gente que no ha tenido nada, porque eso le pasa sobre todo a la gente pobre, de repente puede tenerlo todo: podían tener un carro último modelo, motos y como ellos decían - y se escucha permanentemente- “darle a la mamá o a la viuda una casita”…

Por lo que me está contando es también la cultura de la muerte que está invadiendo estos países, porque el valor de la vida es mínimo.
En Colombia, es una secuela grande que ha dejado el narcotráfico como cultura. Uno mira la televisión y todos los días matan a un estudiante por robarle un celular, porque no le prestó mil pesos, y le dan una puñalada… Eso es fruto precisamente de esa cultura donde se sabe que amenazando a los demás pueden deshacerse de ellos. Nosotros también hemos sido afectados por eso, por ejemplo yo acabo de mandar a un sacerdote a una zona de misión y a los 15 días ya estaba de regreso porque le llegó un mensaje - supuestamente de un guerrillero - donde le decía “usted no es bienvenido, tiene 8 días para desaparecer o lo desaparecemos”, luego se supo que no era de la guerrilla, porque la guerrilla conoce el trabajo de los sacerdotes y al obispo le dijeron que contra él no había nada que podía regresar, pero así recibe uno en cualquier sitio, no solamente esas zonas. Me infunden miedo, yo puedo permanecer allí, correr el riesgo porque puede ser simplemente una amenaza, simple amenaza sin ninguna trascendencia, pero también puede ser alguien que quiere deshacerse de uno. Esa es la cultura, o mejor dicho la subcultura de la muerte.

¿Cuál es la respuesta de la iglesia? ¿Cómo intenta transmitir una cultura de vida, del valor de la vida, de la vida humana, sea quien sea?
Yo creo que lo fundamental es el tema de valores, porque donde hay crisis cuando no hay valores. Pero ahí viene el problema: ¿dónde se genera una cultura de valores si no es en la familia? y si ya en la familia hay problemas, nosotros tenemos que comenzar a trabajar desde la base de la familia. Yo personalmente como obispo me he dedicado y lo inicié en el Guaviare, a un trabajo fundamental con las parejas - no solamente las casadas, también las que están en unión libre – tratando temas como aprender a convivir en pareja, a reconciliarse, a rescatar los valores de la vida de pareja y por tanto a formar en valores a los hijos.

En Colombia existe la llamada Comisión de Conciliación Nacional, ¿qué es esta iniciativa?, ¿de quién parte?, creo que la iglesia católica forma parte de esta comisión.
No, no solamente forma parte sino que la iniciativa nació de la iglesia, concretamente la Comisión Episcopal Colombiana creó la Comisión de Conciliación Nacional que busca simplemente, como la palabra dice, conciliar a las dos partes, buscar un encuentro entre el gobierno y los grupos armados.

Y la comisión ha presentado hace relativamente poco un Acuerdo Nacional de Paz y Reconciliación. ¿Qué puntos, porque creo que hay un mínimo de puntos, serían necesarios para que se alcanzara una situación de paz en Colombia?
La comisión más bien propició ese acuerdo, pero aquí hubo participación de todo el país, de todas las clases sociales, de todos los grupos, de todos los credos… Fueron como más de 300 mesas de trabajo con más de 7500 líderes del país que a su vez se volvían multiplicadores de ese trabajo. Así se llegó a un acuerdo sobre los mínimos que se necesitarían para poder obtener paz en Colombia. Se hablan de 8 mínimos. Yo podría resaltar algunos ellos. Por ejemplo se habla de una política de reconciliación y paz que lleve a la negociación.

¿A que se refiere?
Pues por ejemplo ahora con este gobierno con muy buena voluntad se habla de la Ley de Tierras y la Ley de Víctimas. ¿Qué es la Ley de Tierras? Que el gobierno se compromete con los que hayan sido privados de sus tierras, a devolverles las tierras. Ya sea porque las recupere de los que se las han arrebatado o porque les asigne tierras que el gobierno mismo compra, pero justo ahí esta el dilema…¿Dónde está el dinero para eso? Son miles de millones porque están hablando de los afectados a partir del año 1980 - si se van más atrás imagínese…

¿Y la Ley de Víctimas?
La Ley de Victimas trata que estas puedan tener acceso a todo aquello a lo cual debido a la violencia no pudieron tener acceso: que tengan acceso a una vida más digna, que se les dé casa para vivir, que se les dé salud y seguridad social, que se les dé oportunidades para estudio. Si el gobierno logra hacer eso, eso al largo plazo, pues se ha dado un paso muy grande y eso facilita la reconciliación porque, ahí es donde viene el papel de la iglesia de ayudar a la gente a perdonar a personas que tienen voluntad de paz y que lo manifiestan en este caso a través del gobierno cuando quiere compensar a esta gente por los daños que han recibido.

¿Y ese seria lo que llaman un “mínimo”?
Exacto, otro mínimo es la equidad en el acceso a las oportunidades para obtener una vida digna para todos los colombianos. Aquí en Colombia se habla de las dos Colombias: de los que viven en los suburbios y los que viven en la ciudad, los que viven en zonas marginadas y los que viven en zonas ricas. Así se trata de lograr la equidad en los derechos, en las oportunidades, de educación con cobertura completa para todos y de calidad, una reforma agraria integral y así por el estilo.

Claro, eso sería un plan que abarca muchísimo, pero que sería el futuro dijéramos de la nueva Colombia.
Y que sería lo que prepararía el ambiente para quitarle todos los argumentos a los violentos por un lado y para facilitar una reconciliación.

Me recuerda que el Beato Juan Pablo II estuvo de visita en Colombia hace 25 años y también su mensaje fue un mensaje de paz y reconciliación, pero además me recuerdo también que Pablo VI estuvo también en Colombia...
Si, Pablo VI estuvo en Colombia, en el año 1968, y dejó una frase que no olvidamos: “mientras en Colombia haya injusticia no habrá paz”. De eso se ha hablado mucho porque el problema no es solo de injusticia, nosotros vemos países donde hay mayor injusticia que en Colombia y sin embargo no hay ese problema de violencia que hay en Colombia…Sin lugar a dudas, muchos de los problemas se generan por la corrupción, porque el problema número uno de Colombia sin lugar a dudas es la corrupción.

Buscar la justicia y revalorizar el don de la vida serían las bases para ese nuevo orden, para crear una sociedad pacífica ¿no?
Yo diría en una palabra, rescatar los valores, volver a los valores del evangelio, el respeto por la vida, la dignidad y el respeto del otro. Necesitamos una evangelización o una cultura que lleve a la tolerancia y a la fe en Dios… Porque la fe en Dios es precisamente una de las razonas por las cuales, a pesar de las circunstancias, el país sigue siendo un país viable. Llegó un momento en el que se decía que se había vuelto inviable y que a pesar de los problemas hoy Colombia aparece como el cuarto país del mundo con la gente más feliz con la vida...

Y uno de los países con más vocaciones en la iglesia…Porque hemos hablado mucho de las sombras, no se habló tanto de las luces de Colombia. Pero es uno de los países que genera más vocaciones para todo el mundo, hay muchos sacerdotes y religiosas colombianos por todo el mundo.
Así es y entre nosotros los obispos tenemos un gran anhelo y lo estamos sembrando en los seminaristas: que las vocaciones no solamente estén para responder a las necesidades nuestras, sino para salir y abrirse al mundo. Un ejemplo concreto, mi diócesis tiene 400 sacerdotes y la mitad de ellos están de misioneros en África, en Europa y en otros países de América Latina.

La entrevista fue conducida por María Lozano para el programa semanal de radio y televisión Donde Dios Llora, realizado en cooperación con Ayuda a la Iglesia Necesitada.

Mas información: info@DondeDiosLlora.org / www.acn-intl.org