Ministro italiano denuncia la violencia contra las minorías cristianas

Franco Frattini en encuentro promovido en el contexto del Sínodo de los Obispos de Oriente Medio

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ROMA, jueves 21 de octubre de 2010 (ZENIT.org).-Publicamos el discurso del Ministro Italiano de los Asuntos Exteriores, Franco Frattini, en ocasión del encuentro celebrado en el Capitolio, sede del Ayuntamiento de Roma, sobre el tema "Oriente Medio. El testimonio cristiano al servicio de la paz", el 19 de octubre de 2010, con motivo de la celebración del Sínodo de Obispos para Oriente Medio.

 


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Gracias en primer lugar por esta nueva ocasión de reflexión. Ya tuve el honor de entrevistarme con los patriarcas y con S.E. el Secretario General del Sínodo. Continuamos pues estas reflexiones en público sobre un tema que los organizadores, como hemos visto, han hecho bien en proponer esta mañana a una asamblea tan cualificada. Creo que es un tema que tiene que encontrarnos a todos conscientes del mismo, pues es crucial para el futuro de nuestro mundo.


El padre Lombardi acaba de decir que es precisamente en Oriente Medio donde el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam no sólo han nacido, sino que se han desarrollado durante muchos siglos en un camino de maduración espiritual que sin duda ha favorecido un desarrollo profundo de ideas, de experiencia y de vida individual y colectiva. Por desgracia, a partir sobre todo de la tragedia que ha cambiado nuestro pasado reciente (el 11 de septiembre), se ha consolidado en el mundo una tendencia a definir de modo exclusivo o, peor, exclusivista las identidades de pertenencia. Hay quien ha hablado, y todavía habla, de conflicto entre religiones y civilizaciones, quien habla de conflicto entre Cristianismo e Islam, entre Islam y Occidente. Estoy convencido de que si hay un enfrentamiento en nuestro mundo es entre tolerancia y diálogo por un lado, e intolerancia y extremismo por otro. Personalmente rechazo la tesis según la cual hoy se está produciendo un enfrentamiento irresoluble entre culturas, religiones y civilizaciones, pero es innegable que el conflicto entre intolerancia y extremismo ha pesado de particular modo sobre los cristianos. A menudo se determina una situación que puede describirse emblemáticamente citando el título de una publicación reciente sobre el argumento: I cristiani e il Medio Oriente. La grande fuga (de Fulvio Scaglione, 2008, p. 235, Edizioni San Paolo, ndr). El título del volumen da una impresión dramática de algo que puede, y podría suceder. El Secretario General, S.E. Mons. Eterovic, nos ha recordado que el número de cristianos en Oriente Medio ya había disminuido el siglo pasado. Hoy está descendiendo dramáticamente. En general, las comunidades cristianas corren el riesgo de reducir su presencia y su difusión territorial.

Aumentan los episodios de violencia contra las minorías cristianas y este es un fenómeno que debemos observar con gran preocupación. He leído un informe reciente sobre las restricciones religiosas, publicado por The Pew Forum on religion and public life, una institución americana fiable. Dicho estudio indica como elemento general que de 100 muertos causados por el odio y la intolerancia religiosa en el mundo, 75 son cristianos. Un porcentaje que nos aterroriza. Son decenas de miles los cristianos objeto cada año de persecuciones, violencias personales, confiscaciones patrimoniales, intimidaciones. Su deseo de vivir en paz y por supuesto en la convivencia con otras religiones se les niega y muchas veces incluso se castiga por el solo hecho de su filiación cristiana.

De las intervenciones de este congreso emerge un cuadro general referido a la situación medio-oriental de gran sufrimiento de las comunidades cristianas agredidas duramente en Iraq, divididas en Líbano, sujetas a las repercusiones de la islamización en muchos países árabes, obligadas en otros lugares a resistir ante los abusos de regímenes autoritarios, de auténticas dictaduras que persiguen y atacan a los cristianos. Creo que no es una expresión demasiado fuerte si digo que la "cristianofobia" hoy es un riesgo creciente y mucho más concreto, que de alguna forma nos ha preocupado en los últimos años, pero que hoy debemos temer cada día. Las comunidades cristianas afrontan hoy un gran desafío, que deriva del hecho de vivir en países donde hay fracturas políticas interiores y crisis internacionales y un desafío que deriva de la presencia a veces fanática de movimientos fundamentalistas e integristas que a menudo tienden a confundir a los cristianos, a los portadores de la fe cristiana, con una caracterización cultural de Occidente que hay que combatir y contrarrestar. Este es un fenómeno particularmente peligroso.

En muchos contextos las comunidades cristianas viven de modo verdaderamente absurdo una condición de aislamiento y marginación, aunque en la historia hayan sido precisamente las iglesias orientales los centros propulsores y de irradiación del Cristianismo. Esto sucede a pesar de que las comunidades cristianas están presentes en el territorio mucho antes de la llegada del Islam. Estos son fenómenos que debemos examinar con preocupación. En algunos casos la mayor participación de las poblaciones en la vida política ha llevado a exasperar tanto los contrastes entre las distintas comunidades como la inspiración identitaria religiosa, que confunde la religión con el estado, reduciendo por tanto el respeto a la libertad y la igualdad de derechos personales, sociales, civiles y religiosos de todas las minorías. No sólo de la minoría cristiana. Creo que este respeto debería ser un indicador de la madurez y del nivel de una democracia.

Estoy convencido de que un análisis político de la presencia cristiana en Oriente Medio se tiene que articular en la dimensión político-internacional (los conflictos abiertos y los latentes); la dimensión simbólico-identitaria (los caracteres principalmente religiosos de algunos movimientos que nacen y, por desgracia, se alimentan en el extremismo) y la dimensión democrática (la de los derechos, es decir, el tema crucial de la libertad religiosa). Tenemos que perseguir el gran objetivo de la paz, que es objetivo de los patriarcas, de la Iglesia, aunque creo que debería serlo de todas las democracias, promoviendo una sinergia entre todas estas dimensiones. Debemos tener una visión de conjunto tanto de los desafíos que tenemos delante, como de la contribución que podemos dar. Necesitamos recomponer un tejido de relaciones entre los estados, dentro de las comunidades y entre las comunidades, con el fin de evitar las heridas tanto de origen antiguo como reciente. Todos estos puntos están planteados de forma muy previsora en el Instrumentum laboris. El documento de participación y de preparación del Sínodo para Oriente Medio aborda unas cuestiones de primera importancia como el conocimiento recíproco entre las religiones monoteístas, la necesidad de un compromiso común por la paz, la concordia, la promoción de los valores espirituales y también ese concepto que me interesa especialmente de la laicidad positiva como aportación de los cristianos a la promoción de una democracia sana, positivamente laica, pero que precisamente por esto debe reconocer el papel de la religión también en la vida pública.Me ha llamado mucho la atención la invitación a los cristianos a no replegarse, a no retroceder ante la adversidad, sino a seguir teniendo un comportamiento activo para difundir un espíritu de reconciliación. Me ha llamado en especial la atención esa hermosísima frase que vuestro documento llama "pedagogía de la paz". Esto quiere decir denunciar la violencia, no importa de dónde venga, en nombre de ese valor que ustedes nos enseñan y que para la fe de nosotros cristianos es fundamental: el perdón. Obviamente es una tarea muy difícil, que requiere valor, pero que es indispensable tanto para recuperar el sentido del diálogo entre los credos como para conseguir la paz.


Por supuesto los cristianos tienen que ser cada vez más conscientes del valor esencial de su presencia en Oriente Medio, un valor ampliamente reconocido. Los cristianos tendrán que ser conscientes también de la importancia de buscar con los musulmanes un acuerdo sobre el modo de hacer frente a esos aspectos que, al igual que el extremismo, amenazan la sociedad. Me refiero al ateísmo, al materialismo y al relativismo. Cristianos, musulmanes y judíos pueden trabajar para alcanzar este común objetivo.
Creo que se necesita un nuevo humanismo para hacer frente a estos fenómenos perversos, porque sólo la centralidad de la persona humana es un antídoto que previene el fanatismo y la intolerancia. Por este motivo la política exterior italiana ve en la promoción de la libertad religiosa un punto fundamental, ya que se trata de un derecho fundamental de cada persona humana. No es una cuestión colectiva, es una cuestión de la persona.

El gobierno italiano ha hecho mucho. Hemos trabajado mucho en la Unión Europea. He presentado una iniciativa de conjunto que lleve a un respaldo europeo a la libertad religiosa, promoviendo los derechos de las personas que pertenecen a las minorías religiosas y pensando obviamente en la minoría cristiana que en muchos países del mundo sufre. Considero que cada estado debe vigilar este problema para evitar la intolerancia.
He procedido también en las Naciones Unidas el pasado mes de septiembre. Tomando la palabra en nombre de Italia he presentado una resolución a la Asamblea General sobre la libertad religiosa y sobre los derechos que tienen todas las minorías a expresar su religión. Espero que llegue un amplio apoyo a esta hipótesis de resolución (casi 30 países han dado su disponibilidad hasta ahora) y por eso hago un llamamiento. No todos los países de la unión Europea han dado todavía este paso. Lo digo con un poco de tristeza, pero espero que se añadan a estos treinta países otros muchos y que dicha resolución sea aprobada en la sesión que se acaba de abrir en la Asamblea General.

También hemos decidido actuar como Gobierno italiano contra una sentencia que todos ustedes conocen bien y con la cual el Tribunal de Estrasburgo ha prohibido la exposición del Crucifijo en los lugares públicos. Estoy convencido -pero es la convicción del Gobierno italiano- de que el Crucifijo representa el derecho a manifestar nuestro credo y que no hay ninguna contradicción entre este símbolo, que es un símbolo de paz y reconciliación, y el estado laico que tutela todas las religiones. Un estado que tutela también mi religión, por tanto tengo el derecho de profesarla también públicamente.
La iniciativa de Italia (la primera ante el Tribunal de Estrasburgo) ha sido apoyada por diez países, pequeños como Chipre y grandes como Rusia. Con gran dolor compruebo que de los países fundadores de la Unión Europea sólo Italia ha firmado este recurso, porque las mismas naciones que quisieron fundar Europa no han compartido con nosotros esta iniciativa de libertad, que es además un pilar de la Carta de Derechos que la Unión Europea ha querido construir.

Nosotros nos interesamos por la condición de los cristianos en Oriente Medio y seguimos con la política exterior italiana la presencia cristiana en Oriente Medio que, a pesar de su disminución general en términos numéricos, representa todavía hoy un elemento fundamental para esos países. Ustedes conocen perfectamente los datos estadísticos correspondientes a la reducción de la presencia de los cristianos, pero nosotros estamos preocupados porque esta reducción está creada muchas veces por la inestabilidad política de esos países, por la falta de perspectivas económicas y por la radicalización que en algunos países se está extendiendo. La presencia cristiana es una gran riqueza para esa región y por esto tiene que ser tutelada siempre. Por este motivo Italia está tan de acuerdo con la iniciativa propiciada por el Sínodo para Oriente Medio dirigida a tutelar la presencia cristiana en las tierras en las que nació el Cristianismo.

Nos interesa mucho este testimonio que, sobre todo en Tierra Santa, llevan a cabo los cristianos y las instituciones católicas activas in situ. Creemos, por ejemplo, que el deseado y por desgracia tardío reglamento de la paz en el conflicto palestino-israelí será sin duda un elemento, cuando llegue la paz, que mejorará enormemente la condición de los cristianos en Tierra Santa, pues contribuirá a preservar ese carácter multiconfesional y multicultural de la ciudad santa de Jerusalén. Este es un tema fundamental que nos afecta a todos los cristianos, así como a los fieles de las demás religiones.
Desde luego pienso en el compromiso de Italia en Líbano, un compromiso que continuará, y que no puede prescindir de la especificidad, también bajo este perfil, de ese país. Recuerdo la definición del Santo Padre que ha llamado a Líbano "país mensaje" precisamente por su ejemplo de coexistencia pacífica entre las religiones, y creo que sin duda Italia debe seguir comprometiéndose para ayudar a Líbano no sólo en las áreas de mayoría cristiana, sino allí donde están todos los que viven en ese país (chiíes, suníes, drusos y obviamente cristianos) precisamente para que sea salvaguardado el carácter multiconfesional de Líbano.

Pienso en los cristianos de Iraq. He visitado varias veces el país y en cada ocasión he pedido que se ponga fin a la violencia y a las persecuciones (recuerdo, en particular, las masacres de Mosul). Asimismo, por lo que se refiere al compromiso del gobierno italiano, querría recordar mis recientes encuentros con el Presidente del Kurdistán iraquí y la misión en Bagdad en cuanto se haya establecido el nuevo gobierno. Insistiré en esa ocasión en el hecho de que la minoría cristiana en Iraq es un elemento esencial para la historia y para la sociedad de ese país.

Pienso en Egipto, país que nosotros amamos y que tiene con Italia una historia importante, diría secular y milenaria. Animamos constantemente al gobierno local a que valorice la comunidad copta que vive en Egipto, en el marco de una igualdad de religiones que, basándose en la Constitución, los amigos egipcios siempre han reafirmado. Recuerdo que el día siguiente a un trágico hecho que llevó a la muerte violenta de cristianos en Egipto, me desplacé hasta el lugar, recibido por el presidente Mubarak, quien una vez más expresó un decidido mensaje político cuando me dijo y repitió públicamente: "Vivimos todos, musulmanes y coptos, bajo una misma bandera de una misma patria basada en el principio de la ciudadanía". Este es el pensamiento que en tierra egipcia creo que se debería repetir y confirmar siempre.

Miramos hacia Turquía, país cuyo proceso de acercamiento a la Unión Europea está apoyado con firmeza por Italia. Lo apoyamos porque animamos un proceso de modernización y de reformas en ese país. Miramos obviamente hacia la comunidad cristiana de Turquía, una comunidad muy reducida, que ha sufrido por la muerte violenta de algunos exponentes de extraordinario valor espiritual. Nuestro recuerdo va obviamente a mons. Padovese. Nosotros animamos Ankara a que dé algunos pasos más para tutelar las minorías religiosas y, en particular, la minoría cristiana. Esperamos que ese referéndum constitucional que sin duda ha hecho dar un paso adelante a Turquía hacia Europa produzca unos beneficios.

Pero nosotros también miramos hacia Irán, un país con el que el mundo intenta por todos los medios abrir un diálogo sobre asuntos delicados, pero donde la comunidad cristiana representa un componente social importante. En el respeto de la autonomía y de la independencia de todos los países y por tanto obviamente también de Irán, observamos con gran atención los ruegos de los cristianos iraníes y la voluntad de todas las minorías que quieren tener un papel en la sociedad.

Termino mis reflexiones con el deseo de que los trabajos del Sínodo para Oriente Medio y el compromiso de las comunidades cristianas en el mundo y de los gobiernos que, como Italia, son sensibles a estas temáticas, puedan actuar para promover la convivencia. Tenemos unos países que son un ejemplo positivo en Oriente Medio. Entre estos se encuentran Siria y el Reino de Jordania. Países que miramos con simpatía también por este elemento que los caracteriza, pero no nos olvidemos de que a nivel de realidad local, a nivel de comunidad, de jóvenes y muy jóvenes, los cristianos y los musulmanes han aprendido desde hace mucho tiempo a vivir y a convivir en paz entre ellos. Evitemos que sean los gobiernos y los conflictos políticos los que dividan lo que en la comunidad a nivel de vida cotidiana muchas veces está unido. Gracias.

[Texto original: italiano]