Monseñor Sgreccia: Ha sido lícito el soporte vital en muerte cerebral para salvar un embarazo

El prelado comenta un caso límite, ocurrido por primera vez en Italia

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ROMA/MILÁN, miércoles, 14 junio 2006 (ZENIT.org).- Lejos de ser un encarnizamiento terapéutico o un tratamiento desproporcionado, la ayuda médica para que una mujer embarazada, a la que sobrevivo la muerte cerebral, haya podido dar a luz ha sido un «acto no sólo éticamente lícito, sino necesario», explica el presidente de la Academia Pontificia para la Vida.



Midió veinticinco centímetros y pesó 713 gramos tras el parto por cesárea a las 29 semanas de gestación. Se trata de la niña que nació el sábado en el hospital milanés de Niguarda. Su madre estaba en situación de muerte cerebral, según los datos recogidos por el diario italiano «La Stampa».

El caso es la primera vez que ocurre en Italia; en el mundo se han registrado una decena más. Después de la cesárea, se procedió a la extracción de órganos de la madre para su donación.

Italiana de 38 años, la madre del bebé llevaba 78 días ingresada, clínicamente muerta, por la rotura de un aneurisma cerebral. Fue mantenida en condiciones de equilibrio circulatorio para permitir que prosiguiera la gestación de la niña de entonces 17 semanas, una edad muy corta para hacerla nacer, pero suficiente para tener esperanzas en que el embarazo prosiguiera.

«Salvar a la niña ha sido un acto no solo éticamente lícito, sino necesario --declaró el arzobispo Elio Screccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida--. No se podía actuar de otra manera, ni desde el punto de vista científico ni moral».

Habría sido encarnizamiento terapéutico «si no hubiera habido una vida que podía ser salvada», puntualizó en declaraciones a «La Stampa».

Pero «se ha aplicado una práctica bien conocida y justificada en los manuales de ética: el organismo materno y el niño es como si fueran una única entidad», recordó.

«No podemos más que expresar aprecio por el embarazo llevado a término por una madre en estado de muerte cerebral. La madre estaba ingresada por aneurisma» «desde hace más de dos meses y la pequeña ha nacido a la semana 29ª» de gestación; «desde el momento del ingreso las condiciones de la paciente eran desesperadas», explica el prelado italiano.

«En ese punto la cuestión prioritaria pasó a ser la supervivencia de la niña. Y, en efecto, día tras día los médicos controlaron las condiciones de salud de la niña y practicaron la asistencia necesaria con el objeto de superar la semana 29ª de embarazo para minimizar el riesgo de sufrimiento fetal», prosiguió.

De acuerdo con monseñor Sgreccia, se trata de una situación límite que en la literatura clínica está documentada en un número muy reducido de casos.

«Sin sombra de dudas las conclusiones de científicos y expertos en moral coinciden --subraya--. La posibilidad de salvar al bebé imponía que se continuara con la asistencia mecánica de la madre».

Y justifica esta práctica médica --«si no hubiera sido posible salvar al bebé habría sido encarnizamiento terapéutico»-- «precisamente la edad gestacional. Entre la madre y el bebé existe una unidad simbiótica que hace indispensable la prosecución de los tratamientos médicos. Detener las máquinas equivalía a condenar a muerte al bebé», por lo que «hizo bien el equipo sanitario en proceder de esta forma hasta la cesárea».

Así que el caso carece de elementos contradictorios con cuanto enseña la Iglesia: «no estamos en presencia de encarnizamiento terapéutico ni tratamientos desproporcionados», confirmó monseñor Sgreccia.

«Frente a la posibilidad de salvar al bebé, no se podía dejar de mantener con vida artificialmente a la madre sin que al mismo tiempo se impidiera al bebé ver la luz», sintetizó.

«La vida, la vida de los hombres y de las mujeres, de los niños, de los ancianos, no es un valor que afecte sólo a los creyentes. Es precisamente la razón la que lo reconoce. Ciencia y ética en casos de este tipo nos sugieren el mismo comportamiento que hay que mantener», concluyó.