Muere la enferma de sida que lloró en los brazos del Papa

La foto de la joven nigeriana dio la vuelta al mundo

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RIMINI, 21 mar 2001 (ZENIT.org).- Ha fallecido Anna Eneonoja, la joven nigeriana que el 24 de mayo pasado se echó de rodillas en los brazos del Papa con el rostro bañado de lágrimas. Aquel momento, que fue inmortalizado por las cámaras de televisión, se convirtió en una de las imágenes símbolo del Jubileo.



La noticia fue comunicada ayer por el Oresete Benzi, fundador de la asociación Juan XXIII, quien había liberado a Anna de la esclavitud de la prostitución en las calles italianas.

La mujer, de algo más de treinta años murió en el hospital Cutugno de Nápoles, devorada por el sida, «mientras estaba volviendo a la vida», en una casa de acogida de la asociación del padre Benzi en la región de Campania (Italia).

Recordando aquel conmovedor encuentro, con motivo del Jubileo de los marginados, el fundador de la asociación Juan XXIII relata lo que Ana dijo a Juan Pablo II: «Papá, libera a las chicas que están en la calle como yo... Me he enfermado en la calle... Papá, la vida en la calle es asquerosa, es fea, es dura. Papá, en la calle hay muchas mujeres jóvenes pero también niñas... Papá, libera a las niñas de la calle... Santo Padre, somos esclavas en busca de libertad».

Con lágrimas en los ojos, citando el beso evangélico del leproso, el padre Benzi comenta: «El Papa visiblemente conmovido le acariciaba el pelo como a una hija y ella le besó las manos. Luego nos bendijo».

«En aquella ocasión --añade-- dije al Papa que Ana representaba a todas las mujeres que han abandonado la prostitución, poniendo en peligro la propia vida, y a tantísimas chicas y niñas que todavía son esclavas de la explotación sexual, en manos de criminales sin escrúpulos».

La terrible historia de Ana, cuyo nombre hasta ahora había permanecido oculto a los medios de comunicación con el seudónimo de Miriam, empezó hace once años cuando dejó Nigeria, dos hijas pequeñas y 51 hermanos. El padre tenía nueve mujeres. Llegó engañada a Italia, como tantas otras chicas de su país, por quien le había prometido un trabajo honrado.

Al llegar a Europa, pasó a formar parte de una de las muchas «rutas de las esclavas».. En Roma, acabó en el
hospital a causa del sida. Una asistente social le dio el teléfono del padre Benzi.

«Anna --relata el sacerdote-- me llamó directamente, un mes antes de la audiencia papal, y fue acogida enseguida en nuestra comunidad, en una casa hogar de Salerno, en la región italiana de Campania. Hablé muchas veces con ella. Lloraba por sus hijas que quedaron en Nigeria, por las humillaciones sufridas en la calle, por la enfermedad contraída, e incluso por haber pecado contra la fe cristiana. Desde su tumba, ese llanto convierte hoy más que nunca en una dura denuncia contra quien permite que en nuestro país haya todavía 50.000 chicas en manos de las bandas de la prostitución, y entre ellas 20.000 nigerianas».

En los últimos diez años, el padre Benzi y su asociación han arrancado a unas dos mil prostitutas de la calle, de las que 200 están actualmente en casas hogar «en un camino de recuperación». Entre el más de medio millón de prostitutas en los países de la Unión Europea, 50.000 provienen de Nigeria.

Por ello, el mes pasado, el padre Benzi se hizo «embajador de las esclavas de la prostitución», interviniendo en la capital de Nigeria ante la primera conferencia panafricana sobre el tema, invitado por el Gobierno del país y huésped de la Embajada de Italia.

En colaboración con el Gobierno de Nigeria, la Embajada italiana y las Iglesias locales, el sacerdote de Rimini está organizando para el próximo mayo un encuentro en Abuja, la capital nigeriana, «para coordinar una acción concreta con el fin de liberar a las 50.000 mujeres nigerianas que, como Ana, corren el riesgo de morir de sida y, sobre todo, de vivir en Europa en situación de esclavitud».

Los funerales de Anna Eneonoja tendrán lugar mañana, a las 10,30 a.m, en la histórica Iglesia de los Santos Apóstoles de Roma, presididos por el padre Oreste Benzi, con la participación de una amplia delegación de la comunidad Juan XXIII, en la que se incluyen mujeres como Anna, que lograron abandonar la calle y «volver a la vida nueva».