Navidad: Dios sufre con el hombre y garantiza la felicidad del hombre

Predicación de un fraile capuchino a Juan Pablo II

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CIUDAD DEL VATICANO, 22 dic 2000 (ZENIT.org).- El año jubilar es una ocasión para proclamar al mundo que Dios sufre con el hombre, pero que al mismo tiempo es garante de su felicidad, aseguró el padre Raniero Cantalamessa en la segunda predicación de adviento pronunciada en presencia de Juan Pablo II.



En efecto, como millones de fieles en todo el mundo, el obispo de Roma se sentó hoy junto a sus colaboradores de la Curia romana para prepararse espiritualmente para la Navidad, escuchando una meditación pronunciada por el fraile capuchino predicador oficial de la Casa Pontificia.

«¿Cómo se puede hablar todavía de Dios después de Auschwitz? ¿Donde estaba Dios en aquellos momentos?», preguntó el predicador papal.

Hasta antes de la Segunda Guerra Mundial, respondió el padre Cantalamessa se decía que Dios estaba con el hombre en el sufrimiento. «Dios estaba ahí, en la horca de un prisionero que era colgado».

Después del drama de Auschwitz, añadió, hemos comprendido que Dios también sufre en los lugares de dolor. «Misteriosamente sufre. No es impasible. Sufre una pasión de amor», añadió.

Ahora bien, esta teología requiere una «enérgica corrección», aclaró el fraile capuchino. «No basta anunciar que también Dios sufre para dar una respuesta al sufrimiento humano. El hombre no busca sólo en Dios a un compañero del propio sufrimiento, sino que busca en él el garante de la propia felicidad».

La parte que le falta a la teología del sufrimiento de Dios es el anuncio de la alegría de Dios, dijo Cantalamessa. La tradición de la Iglesia de occidente posee el antídoto y el correctivo a una doctrina de la Trinidad que, de lo contrario, corre el riesgo de ser fría.

La teología de la Trinidad de la Iglesia en Occidente --este era el tema de la meditación de hoy, la del viernes anterior había sido «La Trinidad de la Iglesia en Oriente» (Cf. Zenit, 15 de diciembre)-- ha dedicado siempre un gran espacio al tema de la alegría de la Trinidad, y ha visto precisamente en el Espíritu Santo la personificación de esta alegría.

Por tanto, explicó el predicador, es necesario aunar la teología del sufrimiento de Dios con la teología de la felicidad de Dios: «Alegría y dolor se mezclan casi juntos. De hecho, no son dos cosas yuxtapuestas. Con frecuencia, una está en la otra, es decir, hay una alegría que nace precisamente del dolor, cuando se vive por amor. La alegría de sacrificarse por la persona amada».

El año jubilar es una buena ocasión para gritar al mundo que la Trinidad es, ante todo gozo y felicidad; propuso el padre Raniero Cantalamessa.

Todos quieren ser felices, y si pocos lo son, se debe al «trágico error» del hombre de divinizar sus propias pequeñeces, y sus frágiles experiencias de amor. El verdadero «Himno a la alegría» es el «Magnificat» de la Virgen María. Quien busca a Dios encuentra la alegría, concluyó el predicador pontificio.