¿Necesita la empresa del humanismo... y la búsqueda de la santidad?

Entrevista a Paolo Pugni, gerente de «Adwice»

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ROMA, martes, 15 febrero 2005 (ZENIT.org).- La búsqueda de valores, en definitiva virtudes, compensa al mundo empresarial, reconoce Paolo Pugni, autor de «Lavoro e responsabilità. L’umanesimo alla conquista del business per un’etica del management» («Trabajo y responsabilidad. El humanismo a la conquista del “business” para una ética del “management”») (Ed. Ares, Milán 2004), agotado en poco tiempo.



Actualmente gerente de «Adwice», Pugni ha desempeñado muchas funciones en su carrera profesional: desde técnico y vendedor a director de marketing, antes de pasar al mundo de la consultoría y del desarrollo de recursos humanos.

Toma como modelo para la dirección algunos personajes históricos como Ghandi, Churchill, Shakespeare, Shackelton e incluso entrenadores de fútbol, para llegar a proponer un camino donde el trabajo se convierte en camino de santidad.

Y es que «para ser buenos directivos, pero también buenos empleados, está bien perseguir la santidad», afirma en esta entrevista concedida a Zenit.

--¿De dónde le viene esta idea del camino de la santidad a través del trabajo?

--Paolo Pugni: Por un lado me parece que no hay nada nuevo respecto a lo que el magisterio de la Iglesia enseña, y que un santo como Josemaría Escrivá de Balaguer comenzó a decir hacer unos ochenta años, esto es, que el trabajo es instrumento y campo de santificación para el hombre. Si queremos ir por grados, diría que la razón de fondo es que creo fuertemente en la Providencia.

--¿En qué sentido? ¿Qué tiene que ver la Providencia con su provocación?

--Paolo Pugni: Ante todo gracias por usar el término provocación: es exactamente lo que he repetido varias veces en el texto. No querría justamente que alguien creyera que mi pretensión es la de transformar las empresas en seminarios, o que quisiera que junto al currículum los seleccionadores pidieran a los candidatos la presentación de una carta de recomendación del párroco o el certificado de Confirmación.

Lo que intento decir refiriéndome a la Providencia es que me parece que nuestra sociedad está yendo verdaderamente mal: los valores se pulverizan, las voluntades se oscurecen, familia y escuela renuncian a educar por demasiado esfuerzo y además porque no es gratificante ni popular. Resulta de ello una sociedad dominada por tardo-adolescentes que permanecen prisioneros de su triángulo de las Bermudas, con algunas variaciones.

Si para un adolescente los tres vértices del agujero negro son sillón, nevera y televisión (hoy también en la versión hi-tech de ordenador o «Play Station»), para un tardo-adolescente incluso cuarentón se convierten en cama, trabajo y diversión. Permítame un inciso: querría que quedara claro que estoy exagerando en los matices para poder resaltar la situación, ¡no condenar a toda una sociedad! Dicho esto, un mundo de egoístas, centrados en la propia satisfacción, parece no funcionar en la empresa. Las empresas de hoy necesitan ética y valores.

--¿Pero cómo? ¿No se caracteriza el mundo económico por el cinismo y la corrupción?

--Paolo Pugni: No, diría que no. De eso casi hay en todas partes. Es cierto. Y la búsqueda del beneficio no rima siempre con humanismo. Pero es también cierto que cada vez con más frecuencia las empresas hablan de ética, de código de conducta, de valores. Porque lo necesitan: por un lado para reconquistar la confianza de mercados e inversores tras los escándalos del inicio del milenio, por otro porque se han dado cuenta de que la dimensión que hoy cuenta para hacer negocios es la relacional, humana, directa. Y para establecer relaciones francas y profundas con los clientes se necesitan personas ricas en humanidad.

He aquí en qué sentido digo que la Providencia está en la labor. Las empresas hoy, me lo confirma mi experiencia profesional, más que buscar talentos ricos en competencias técnicas, buscan talentos que sean igualmente ricos, si no más, en valores humanos, virtud: de lo que tienen necesidad es de personas que sepan escuchar, sonreír, trabajar juntas, tener paciencia, saber hacer sacrificios, saber pedir perdón, saber reconocer las propias responsabilidades, saberse dedicar con pasión a la satisfacción de sus clientes y de sus colegas.

El mundo del trabajo está dando indicaciones y mostrando un modelo que está a años luz del del hombre. Le pongo un ejemplo: una de las primeras reglas del marketing es «no dar jamás a un producto un nombre que pueda parecer repugnante a los clientes». Pero ha habido años recientes en los que perfumes de marca se llamaban «Egoísta» y «Arrogancia». Evidentemente porque egoísmo y arrogancia eran percibidos como valores. Hoy veo aparecer en los principios y en los valores de muchas empresas la palabra humildad: un gran cambio, ¿no le parece?

--¿Así que la salvación viene del «business»?

--Paolo Pugni: No he dicho eso. He dicho que si por lo menos un elemento nuevo viene a turbar esta aparente marcha nihilista hacia la disolución, ya es algo. Un punto de apoyo más para influir en la sociedad.

--De acuerdo; pero ¿por qué las empresas habrían de tener necesidad de santos?

--Paolo Pugni: Las cualidades requeridas hoy a un buen directivo están muy centradas en la capacidad de comunicar, de hacer trabajar a los demás y de trabajar con los demás. Esto pide cualidades humanas que no son otra cosa que las virtudes. Ahora, sabemos que intentar ser «perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» no es una empresa fácil. Cuesta trabajo. Y el trabajo se hace sólo si hay una fuerte motivación.

Si vemos qué dijo Abraham Maslow a propósito de la motivación, descubrimos que en el vértice de su famosa pirámide de necesidades está la autorrealización, o bien la estima de uno mismo. Para obtener este resultado estamos dispuestos a cualquier sacrificio. Pues bien, yo digo: añadamos un nuevo grado a la escala de Maslow y digamos que la necesidad suma del hombre no es la de obtener la estima de sí mismo, sino la de Dios: agradar a Dios. Ésta es la santidad.

Y se ha explicado claramente que esto se debe y se puede obtener en el ámbito profesional: santificar el trabajo, santificarse con el trabajo, santificar a los demás en el trabajo. La «Laborem exercens» habla claro: el trabajo es para el hombre y no al contrario, porque mediante el trabajo el hombre puede contribuir a la Creación, así como Dios ordenó a Adán, poniéndole en el jardín del Edén «para que lo cultivase» mucho antes de la expulsión.

Al ofrecer a Dios su trabajo, desarrollado con perfección humana, sin mancha así como está prescrito para todo ofrecimiento elevado a la divinidad, inevitablemente el hombre favorece la propia empresa.

--¿Es un modelo que funciona?

--Paolo Pugni: Con seguridad, sí; en el libro se cuentan muchos casos de todo el mundo en los cuales una aproximación basada en la centralidad de la persona ha producido resultados clamorosos: desde «Cisco» a «Technogym», de «SCJohnson Wax» a «Southwestern Airlines», la política de la persona humana compensa, cómo no.