"Necesitamos testigos que ante tanta injusticia digan ¿Dónde está Dios?"

El presidente de los obispos venezolanos en la fiesta de san Sebastián

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SAN CRISTÓBAL, domingo 23 de enero de 2011 (ZENIT.org).- El presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana Ubaldo Santana dijo en la fiesta de san Sebastián en San Cristóbal, Venezuela, que hemos superado los tiempos iniciales de la Iglesia en cuanto a mártires.

Afirmó que es lícito desear el martirio, pero no exponerse innecesariamente. Dijo también que hacen falta “testigos que ante tanta mentira, injusticia y corrupción puedan responder al grito de los jóvenes y de los pobres que le preguntan a la Iglesia como el salmista: ‘¿Dónde está tu Dios?’”.

En la catedral de San Cristóbal, Táchira, Venezuela, se celebró la fiesta de san Sebastián con una eucaristía presidida por monseñor Ubaldo Santa, presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Maracaibo. Concelebraron el obispo de San Cristóbal Mario Moronta, el auxiliar de Mérida Luis Márquez, y sacerdotes del clero tachirense.

El presidente de la Conferencia Episcopal alabó la “saludable y antigua costumbre” de colocar instituciones, organismos y ciudades bajo el patronazgo de Jesucristo, de su madre la Virgen María, y de los santos de la Iglesia. Recordó que así ocurrió con las villas y poblados en Venezuela desde la llegada de los conquistadores y la labor evangelizadora de los misioneros y los curas doctrineros.

La devoción a San Sebastián fue introducida muy pronto por soldados y predicadores en Venezuela “para defender a los pobladores de los estragos de las flechas envenenadas, de la peste y del cólera” y es uno de los lazos que hermanan a estas dos Iglesias locales”, subrayó el arzobispo de Maracaibo.

“Celebrar un santo en la Iglesia católica es celebrar la gloria del Padre que se ha manifestado en Jesucristo Nuestro Señor y se irradia en la santa Iglesia y sobre los bautizados”. “No tiene sentido alguno celebrar a un santo si esa fiesta no nos lleva a mirar hacia Jesús, iniciador y consumador de nuestra fe (Cf He 12,1) y hacia una mayor compenetración con él”, explicó.

Hizo una catequesis sobre los mártires del imperio romano. Recordó que, en el derecho romano, el que se negaba a dar culto a los dioses y al emperador, era reo de muerte y debía de ser ejecutado de manera pública e infamante. Hubo quienes se acobardaron y apostataron de su fe, los llamados ‘lapsi’, pero fueron más “los que arrostraron con valor los peores tormentos y rubricaron con la muerte su fidelidad a Jesucristo y su pertenencia a la Iglesia.

A ellos se les dio el título por excelencia de título de testigos, de mártires”, señaló monseñor Santana. “Apegados a la enseñanza de su maestro aprovecharon los juicios públicos para dar testimonio de su fe”.

San Sebastián era el comandante de la cohorte imperial de Diocleciano y, sin temer las consecuencias, ejerció la caridad, con los encarcelados, con sus soldados y sus familias. Denunciado, fue condenado a ser asaeteado. La Iglesia reconoció el gran valor de su testimonio, lo introdujo desde muy temprano en el catálogo de los mártires, y registró su nombre en el Canon romano, junto con el papa Fabián.

“Un aspecto singular de su testimonio y santidad es el empeño que puso en afrontar el martirio”, subrayó monseñor Santana. Después de sobrevivir al primer suplicio, se presentó espontáneamente a los tribunales para declarar su fe y ser sometido nuevamente al martirio.

“¿Es lícito desear el martirio, pedírselo a Dios?”, se preguntó el presidente de los obispos venezolanos.  “Sí, ciertamente pues es el acto más perfecto de la caridad, el que más directamente se asemeja a la pasión de Jesús, asimila más íntimamente a su obra redentora y produce ubérrimos frutos para el mártir y para la comunidad cristiana”, respondió.

Pero, precisó, “¿Es lícito no solamente desear sino procurar y buscar el martirio a toda costa como Sebastián? Como regla general hay que decir que no. Se corre el riesgo de caer en la presunción, en la falsa humildad y en la complicidad con el crimen del perseguidor. Sin embargo su caso es una excepción”.

Recordó que la popularidad de este santo tiene que ver con que fue sepultado en una catacumba de la Via Appia Antica, cerca de los cuerpos de los apóstoles Pedro y Pablo. Cuándo éstos fueron trasladados a la basílica vaticana, sus reliquias continuaron atrayendo peregrinos. “He tenido la dicha de celebrar varias veces la eucaristía en la capilla erigida allí en su honor”, aseguró monseñor Santana.

“Cuándo se habla de los mártires y del martirio se tiende a pensar que esta forma de expresar la fe es cosa del pasado”, dijo. Pero no es así, dijo citando un estudio de 2002 que calcula los mártires, en los dos milenios de cristianismo, en 70 millones, de ellos 45 millones y medio, el 65%, en el siglo XX.

“Hemos vuelto pues a los tiempos iniciales de la Iglesia: si bien hay muchos que reniegan de su fe hay muchos también y quizá más, que la proclaman de forma heroica hasta el derramamiento de su sangre”, recalcó. La gran mayoría de esos mártires contemporáneos “fueron sacrificados por odio a la fe cristiana”.

Esta fiesta, dijo, es “una invitación de gran actualidad a reasumir con decisión el compromiso cristiano de dar testimonio de Jesucristo en medio de las realidades en las que nos encontramos inmersos”. Recordó los compromisos de la Iglesia tachirense en su segundo Sínodo, en cuanto a “una decidida acción apostólica” y su vigoroso llamamiento a “asumir la radicalidad de la vida cristiana y a responder, según los estados de vida y los carismas recibidos, a la vocación universal a la santidad”.

Citó los testigos que ha producido esta Iglesia local: los siervos de Dios monseñor Tomás Antonio Sanmiguel, primer obispo de la diócesis; la madre Israel Bogotá Baquero, religiosa carmelita de la Madre Candelaria; el ama de casa María Geralda Guerrero de Piñero; y la madre Lucía del Niño Jesús y de la Santa faz, fundadora del Carmelo Descalzo en Venezuela.

“La Iglesia de hoy necesita cristianos que sean testigos valientes del Señor, que acojan con gozo y perseverancia la Palabra de Dios como buena noticia de salvación y renueven con su vocación bautismal la juventud de la Iglesia y alienten con su compromiso la transformación de la realidad. Testigos que ante tanta mentira, injusticia y corrupción puedan responder al grito de los jóvenes y de los pobres que le preguntan a la Iglesia como el salmista: “¿Dónde está tu Dios?”, exhortó.

“Las nuevas generaciones tienen sed de cristianos auténticos, que crean en lo que anuncian y vivan lo que creen”, aseguró. “Tomemos en serio nuestra condición cristiana, imprimamos más fuerza y dinamismo a nuestra vida de fe”. “No basta llamarse cristianos católicos, hay que vivir como tales, Y esa vida se debe reflejar en nuestras conductas personales, familiares, sociales, económicas y políticas”.

Nuestro pueblo espera “un compromiso más serio y coherente con los pequeños, con los pobres, con los excluidos, con los que sufren toda clase de maltratos y humillaciones en su cuerpo y en su alma. Está esperando un trabajo más consistente por la paz, la justicia, los derechos humanos, la convivencia fraterna, el desarrollo integral del hombre”, insistió. Y concluyó exhortando a volver la mirada hacia Jesús, el Señor, el Testigo por excelencia (Ap 1,5) y el “modelo del testimonio cristiano”.