Nuevos sembradores para la Nueva Evangelización

Comentario al evangelio del Domingo 11 durante el año/B

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P. Jesús Álvarez SSP

ROMA, viernes 15 junio 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos un comentario del padre Jesús Álvarez, paulino, al evangelio de este domingo.

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“Jesús dijo a la gente: Escuchen esta comparación del Reino de Dios. Un hombre esparce la semilla en la tierra, y ya duerma o esté despierto, sea de noche o de día, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da fruto por sí misma: primero la hierba, luego la espiga, y por último la espiga se llena de granos. Y cuando el grano está maduro, se le aplica la hoz, pues ha llegado el tiempo de la siega. Jesús les dijo también: ¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué comparación lo podríamos expresar? Es semejante a una semilla de mostaza; al sembrarla, es la más pequeña de todas las semillas que se echan en la tierra, pero una vez sembrada, crece y crece más que todas las plantas del huerto, y sus ramas se hacen tan grandes, que los pájaros del cielo buscan refugio bajo su sombra”. (Mc. 4, 26-34).

En esta parábola de la semilla, Jesús se refiere a la aparente insignificancia de su misión, compartida con sus seguidores mediante la siembra de la Palabra de Dios, para la construcción de su Reino en la tierra.

La semilla del Reino crecerá de forma incontenible, aunque no sepamos cómo, ni dónde, ni cuándo, pues aunque sea sembrada por manos humanas, es regada, fecundada y madurada por manos divinas, hasta el tiempo de la siega, o el juicio final. La acción misteriosa, lenta y paciente de Dios constituye una invitación a sus colaboradores, para que no cedan a la impaciencia si los resultados no visibles e inmediatos.

La Palabra de Dios y los sacramentos son semilla del Reino de Dios en la tierra: Reino de vida y de verdad, de justicia y de paz, de libertad y de solidaridad, de amor y fraternidad; valores del Reino sembrados por Cristo y sus colaboradores; bienes que transforman a quien los acoge con fe, amor y gratitud, como dones de Dios. Sin embargo, el hombre, en su libertad, puede cerrarse desgraciadamente a la semilla o arrojarla de su corazón y de su vida.

A pesar de todas las apariencias en contrario, el Reino de Dios crece y se desarrolla incesantemente bajo la omnipotente mano divina, con la pobre colaboración humana y a pesar de la cizaña sembrada por el Maligno. Así llegará a ser un gran árbol bajo cuyas ramas se cobijarán todos los que hayan pasado por la vida sembrando el bien, a imitación de Cristo, que puso la condición fundamental para la eficacia de la evangelización: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero sin mí no pueden hacer nada”.

La evangelización se realiza con personas y con medios pobres, pero también con los costosos medios de comunicación social, que Cristo y los Apóstoles usarían hoy para sembrar la Palabra de Dios, por ser más rápidos y eficaces que los usados entonces por ellos: la barca, el cerro, el templo, los areópagos, la escritura… El Espíritu Santo se vale de todos los medios para ”soplar” la salvación allí donde, cuando y como quiere, sin que nadie ni nada pueda limitarle el campo de acción.

Las nuevas técnicas de comunicación son como las modernas sembradoras respecto al sembrador a mano: la predicación oral de presencia física. Y Dios manda la lluvia y hace crecer lo mismo a ambos sembrados, pero entre la siembra a mano y la siembra a máquina, hay una enorme diferencia en mano de obra, tiempo y extensión del sembrado.

A través de los nuevos medios de comunicación social se puede realizar hoy a la letra el mandato de Jesús: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a todas las gentes”. “Lo que les digo al oído, proclámenlo desde los tejados”, que hoy son la radio, televisión, antenas, repetidores, Internet, ordenadores o computadoras, páginas web, redes sociales, la prensa, el cine, los videos…, algunos de los cuales están al alcance de todos, tanto de los obispos y su clero, de las comunidades religiosas e institutos de vida consagrada, así como del laicado.

Es de sabios tomar conciencia del gran honor que Dios nos concede al llamarnos a compartir con Cristo la construcción de su Reino mediante la vida y el ejemplo, la oración y el sacrificio asociado a la cruz de Cristo, la palabra y las obras, y todos los medios de comunicación a nuestro alcance para sembrar la semilla…