Obispos de Managua evocan el testimonio del sacerdote asesinado

El padre Marlon Ernesto Pupiro García

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MANAGUA, domingo 4 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje de los obispos de la arquidiócesis de Managua en recuerdo del testimonio del sacerdote asesinado Marlon Ernesto Pupiro García.

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«SI EL GRANO DE TRIGO NO CAE EN TIERRA Y MUERE,
ALLÍ QUEDA ÉL SOLO, PERO SI MUERE, DA MUCHO FRUTO» (Jn 12,24)

A nuestros Sacerdotes, Religiosos (as), agentes de pastoral, pueblo católico, hermanos en la fe cristiana, nicaragüenses, hombres y mujeres de buena voluntad:

Memorial de amor y de fe

1. Al finalizar el novenario de misas en sufragio de nuestro amado hijo el Padre Marlon Ernesto Pupiro García, deseamos manifestar nuestro profundo dolor por la pérdida irreparable de este presbítero ejemplar, elegido por Cristo y amado por su pueblo. Las lágrimas derramadas en estos días por todo el pueblo de Dios, como expresión de amor por el P. Marlon, víctima de un horrendo crimen, han sido un auténtico «bautismo de lágrimas» en el que Dios nos ha sumergido, liberándonos del temor a la muerte, fortaleciendo nuestros lazos fraternos como Iglesia y haciéndonos crecer en la fe en la vida eterna.

2. Con la convicción de fe que nos lleva a afirmar sin vacilar que «el que cree en Cristo aunque muera vivirá» (Jn 11,27), deseamos hacer memoria de la vida y del ministerio de este «siervo bueno» que ya ha entrado en «el gozo de su Señor» (Mt 25,21). El P. Marlon fue un hombre que vivió su fe y su vida espiritual a través del ejercicio ejemplar de su ministerio sacerdotal. Proclamando la Palabra de Dios, no sólo educó cristianamente a su pueblo, sino que él mismo se alimentó diariamente de la Palabra de vida; celebrando cada día la Eucaristía con su comunidad parroquial hizo de la muerte y la resurrección de Cristo su camino; escuchando y atendiendo con caridad a su pueblo y cargando con sus dolores y preocupaciones, mostró siempre el rostro del «buen pastor que daba la vida por las ovejas» (cf. Jn 10,11).

3. El ministerio sacerdotal del P. Marlon Pupiro se distinguió siempre por la sencillez, la alegría y la fidelidad con que lo vivió. No podemos olvidar su sonrisa límpida, su disponibilidad al servicio y su corazón abierto de par en par hacia sus obispos, sus hermanos sacerdotes, los seminaristas y, sobre todo, hacia el pueblo de Dios a él encomendado. Nos hemos sentido edificados por el pueblo de la Concha y demás comunidades del país que se han mostrado fieles y solidarias a sus pastores. Su cariño y respeto hacia el padre Marlon son la mejor muestra del testimonio que dejó nuestro querido sacerdote.

Perdónalos porque no saben lo que hacen

4. Hemos vivido horrorizados e impotentes la tragedia de la muerte del P. Marlon, que ha sido asesinado de una manera cruel y brutal. Sus verdugos se han ensañado en forma sádica e inhumana contra su cuerpo indefenso. Nosotros, como Obispos, estando en todo momento junto a la parroquia
Inmaculada Concepción de La Concha y a todo el pueblo de Dios de la Arquidiócesis que lo llora consternada, hemos padecido en lo hondo del corazón el dolor y la indignación ante hecho tan atroz como inexplicable. En medio de situación tan angustiante hemos vuelto la mirada a Cristo Crucificado y hemos invitado a todos nuestros fieles a hacer lo mismo. Nuestro Señor, torturado y crucificado en la Cruz, no se deja vencer por el odio y la violencia sufrida en su cuerpo inocente, ni cede a la tentación de «devolver mal por mal» (Rom 12,17), sino que muere respondiendo al odio con amor, ofreciendo el perdón a quienes no lo han pedido y orando por sus verdugos con estas palabras: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

5. Conscientes de que imitar a Cristo es una gracia del Espíritu Santo, exhortamos a todos nuestros fieles que vivamos la gracia del perdón que hemos recibido inmerecidamente de parte de Dios, ofreciéndolo ahora en nombre de Cristo a quienes han sido agentes de iniquidad, que desoyendo el mandato divino: «no matarás», han privado vilmente de la existencia a nuestro amado hermano el P. Marlon Pupiro. Comprendemos y acompañamos las exigencias de justicia del pueblo de Dios ante este crimen, pero recordamos a nuestros fieles abstenerse de todo acto violento, pues «todo
cristiano tiene la obligación de excluir la venganza y estar dispuesto al perdón y al amor de los enemigos», pues «no hay justicia sin perdón» (Pastores Gregis, 67).

La justicia

6. El perdón, sin embargo, no excluye la justicia. El Papa Benedicto XVI nos ha recordado, en efecto, que «la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los derechos de las personas y de los pueblos» (Caritas in Veritate, 6). Se atenta contra la justicia cuando se atropellan los derechos de los otros, sobre todo el derecho por excelencia de todo ser humano, que es el derecho a la vida. Por eso el mayor acto de injusticia es el homicidio. Y cuando la justicia ha sido quebrantada, hay que restablecerla. En primer lugar para asegurar que nuestra sociedad no
se construya sobre la impunidad o el encubrimiento cobarde de los eventuales actores intelectuales. Demasiado se ha pisoteado ya el derecho y la justicia en nuestra patria, para que permitamos que Nicaragua se siga hundiendo a causa de la irracionalidad y la violencia, en donde prevalece no la fuerza del derecho sino el derecho de la fuerza. En segundo lugar, el restablecimiento de la justicia, lejos de ser un acto de venganza o de odio, es el camino que se ofrece a los responsables de este asesinato, para que a través de una pena proporcional al delito cometido, tengan la ocasión de tomar conciencia del mal cometido, puedan rehacerse como personas y abrirse a la misericordia divina.

La verdad

7. Como Obispos de la Arquidiócesis de Managua, fieles a nuestra misión de pastores, servidores de Cristo y del Evangelio y en plena comunión con el dolor y la indignación del pueblo de Dios, condenamos el vil asesinato del P. Marlon Pupiro y exigimos de la Policía Nacional y de la Fiscalía General de la República que se esclarezca la verdad de este atroz crimen.

El móvil del mismo, las evidencias mostradas y la reconstrucción de los hechos ofrecidos en la versión oficial, presentan elementos inconsistentes e inverosímiles que no nos convencen ni a nosotros como Obispos, ni al pueblo de Dios que clama justicia. Todo se ha fundamentado casi
exclusivamente en la declaración de un criminal, que fue dejando huellas y evidencias
de su crimen por todas partes de forma inexplicable y en un recorrido macabro de tonos novelescos. Aunque reconocemos la diligencia y prontitud con que la Policía Nacional ha actuado en el caso, le exigimos que haga públicas todas las informaciones y evidencias que tenga en su poder, que todavía no han sido dadas a conocer y que ayudarían a conocer toda la verdad. No queremos que la Policía Nacional se guarde ninguna información sobre el caso. Queremos que se sepa todo, exigimos que se llegue hasta el fondo de las investigaciones hasta el esclarecimiento total.

8. Demandamos además que ningún grupo se aproveche de este doloroso acontecimiento con fines políticos y que se respete la memoria de nuestro hijo fallecido. Exigimos, finalmente, que tampoco se intente en el proceso judicial que está por iniciar proteger a personas o grupos que puedan
estar implicados directa o indirectamente en este asesinato. No exigimos nada más que la verdad: « La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad (cf Jn 8,32) (…). Por eso la Iglesia la busca, la anuncia incansablemente y la reconoce allí donde se manifieste. Para la iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable» (Caritas in Veritate, 9).

Un grano de trigo

9. Para nadie es un secreto que Nicaragua y los nicaragüenses estamos viviendo un momento de crisis social y política sumamente grave y peligrosa. Exhortamos a todos los nicaragüenses a no permitir que el irrespeto a los derechos humanos, la impunidad, la inseguridad ciudadana y la
manipulación del derecho se vuelvan prácticas habituales en nuestra sociedad.

10. A nuestros sacerdotes, religiosos (as) y laicos, que hoy lloran la pérdida de un sacerdote de la Arquidiócesis tan querido, como lo fue el P. Marlon Pupiro, los invitamos a renovar su fe en Cristo Resucitado vencedor de la muerte y a no dejarse dominar por el miedo ante fuerzas tenebrosas que amenazan con la violencia y la muerte. Los exhortamos a vivir esta tragedia como una experiencia de Dios, en profunda comunión de fe y amor con Cristo Crucificado. Escuchemos la voz elocuente de la sangre de nuestro hermano asesinado, que clama justicia al cielo, pero que es también –a imagen de Cristo- «un grano de trigo» que ha caído en tierra y ha muerto, sabiendo que su recuerdo de sacerdote ejemplar y su intercesión desde el cielo darán «mucho fruto» (Jn 12,24) para que todos en la Arquidiócesis crezcamos en fidelidad para vivir el Evangelio y en valentía profética para anunciarlo en nuestra sociedad.

Conclusión

11. Que María, Nuestra Señora de Monserrat, Patrona de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de la Concha, consuele a esta comunidad parroquial en su dolor y la acompañe para que siga siendo una comunidad viva, fraterna, ejemplar y misionera. Y que a todos los que formamos esta
Iglesia que peregrina en la Arquidiócesis de Managua nos ayude a asumir la dolorosa cruz que ahora pesa en nuestro corazón, con la misma fe y esperanza con que ella estuvo al lado de su Hijo Crucificado.

Dado en la ciudad de La Concepción, departamento de Masaya, a los días del mes de septiembre de dos mil once.

+ Mons. Leopoldo José Brenes

Arzobispo de Managua Obispo

+ Mons. Silvio Báez
Auxiliar y Vicario General