Obispos holandeses: Las consecuencias de la eutanasia serán dramáticas

Los médicos no verán la necesidad de estar junto a los enfermos terminales

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CIUDAD DEL VATICANO, 3 dic 2000 (ZENIT.org).- Los obispos holandeses «deploran profundamente» la aprobación de la ley sobre la eutanasia por parte de la Cámara baja.



La Conferencia Episcopal teme que se difunda la idea de que las acciones que ponen fin a la vida son «socialmente normales» y «suplican» a los políticos y los miembros de organismos gubernamentales que «abandonen este camino».

Los obispos, en un documento publicado el 2 de diciembre por la edición cotidiana en italiano de «L´Osservatore Romano», diario oficioso de la Santa Sede, califican de «ruptura legislativa inaceptable» la despenalización y legalización del suicidio médicamente asistido.

Casos específicos en los que se decide el final de tratamientos, para evitar el ensañamiento terapéutico, afirman los obispos holandeses, «deberían quedar directamente sujetos al juicio de la fiscalía».

La legalización de actos que ponen fin a la vida «contradice el principio según el cual la vida humana debe ser protegida, un principio que ha sido siempre determinante en nuestra sociedad».

Los obispos holandeses subrayan que «no existe un derecho a la eutanasia», que «nadie tiene el poder de determinar la vida o la muerte» y que «la presencia o la ausencia de instrucciones escritas no modifica el valor de la tutela de la vida de una persona que no está en grado de expresar su propia voluntad».

Según los obispos, los médicos «serán sometidos a una presión social cada vez más fuerte a fin de que practiquen el suicidio asistido, como si fuera parte de su responsabilidad de médicos», y además decaerá cada vez más «la disponibilidad emotiva para asistir a los enfermos en estado terminal, a aliviar y compartir su sufrimiento».

«En torno al enfermo --añaden los obispos holandeses-- se podrá crear un clima que los hará sentirse obligados a aliviar a los otros del peso en que se han convertido a causa de las terapias intensivas a largo plazo» y enfermos y familiares que no quieren la eutanasia, antes o después podrían sentirse «en el deber de justificar su postura contraria».

Los prelados subrayan que «la muerte a petición» no tiene nada que ver con la interrupción de la «prolongación artificial de la vida» pues en esos casos no se trata de la eliminación de una vida humana, sino la constatación de que ha llegado a su ocaso natural.